La vida de Adèle: el azul que pintó Kechiche

David Azar: @DavidAzar93

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Después de meses de espera, llegó la tan celebrada acreedora a la Palme D’Or de la edición número 66 del Festival de Cannes: La vie d’Adèle (2013), o como se tradujo en nuestro país, “La Vida de Adèle”. La elegí un domingo, dos días después de su estreno, en la tan fiel a mis esperanzas Cineteca Nacional, acompañado de mis cinco sentidos y nadie más. Y es que suelo esperar mucho de quien gana el mayor premio en el mayor certamen cinematográfico del mundo, pero debo admitir que en esta ocasión en especial no sentía tal fuerza. Tal vez porque el trabajo del tunecino Abdelatif Kechiche, director y co-guionista de la obra, era algo totalmente desconocido para mi o tan sólo porque las pocas cintas que había visto de la selección oficial del año pasado, contra la que compitió ésta misma, no me había dejado un buen sabor de boca (excepto por el rico drama “De Tal Padre, Tal Hijo” del muy nombrado realizador japonés Hirokazu Koreeda, acreedor al Premio del Jurado en el mismo festival).

Kechiche decidió mostrarnos con fuerza, desde el principio de la película, un estilo subjetivo en el que sugiere que nos adentremos lo más que se pueda no sólo en la vida de la protagonista, Adèle (personificada por Adèle Exarchopoulos), sino en la de todos los personajes alrededor de su mundo. El director nos pinta la cinta con muchos Close ups para no dejarnos escapar de los sentimientos de Adèle, de los cuales despierta uno muy importante que perdurará a lo largo de la cinta: la confusión. La anterior es una técnica persistente en las tres horas de metraje. Uno debería sentir, hasta cierto punto, algo de claustrofobia, pero supongo que es aquí cuando la magia del director sale a la luz en una de sus muchas facetas, puesto que nunca nos molesta estar tan cerca de los rostros de estos personajes. Al contrario, queremos acampar ahí y saber qué piensan, qué sienten. La confusión es el demonio mayor de Adèle, mismo que le exorciza Emma (encarnada por Lea Seydoux, también brindando una actuación de primera), la única que, después de un par de intentos fallidos con otros dos personajes, hace sentir cómoda a nuestra protagonista con besos apasionados y platicas filosóficas que parecen penetrar en lo más profundo de un alma que no encuentra su lugar. Estos dos primeros intentos fallidos vienen presentados con la forma de un muchacho un año mayor que Adèle, estudiante en la misma escuela y aparentemente uno de los galanes más cotizados de la misma; y una amiga suya que en “un arranque” despierta con un beso una tormenta de dudas y sentimientos irreconocibles en la cabeza de Adèle. Una vez idealizada, Adèle va en busca de un segundo encuentro con su amiga y este será rechazado. Nuestra protagonista queda deshecha y su confusión incrementa a consecuencia de esto, lo que yo identifico como el primer disparo significativo de la película.

Emma se cruza en el camino de Adèle. La primera interacción cobra vida en un juego de miradas que, nuevamente por el manejo tan cercano a las reacciones que captura Kechiche con su lente, logra encender una chispa muy viva que se irá propagando cuando Adèle se aventure en los misterios de los gay bar para encontrarla. Esta chispa crecerá todavía más cuando se despiden en su primer encuentro en el parque que se convertirá en un símbolo de intimidad de la pareja. Yo diría que esta chispa obtiene su mayor brillo cuando se da el primer beso, escena que precede a una de las escenas eróticas mas explicitas de sexo lésbico que he visto (se necesita ver tanto la cinta en general como esta escena en particular sin inhibiciones y prejuicios, ya que esta escena está cargada de muchísima energía sexual muy bien justificada). Se conoce que en la escena del primer contacto visual entre ambas, el temperamento del director voló por los cielos por no encontrar satisfacción en ninguna de su sinnúmero de tomas filmadas, lo cual lo llevó a tirar el monitor en un ataque de rabia, según contaron las actrices.

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A partir de este punto la vida es de color rosa, lo cual es irónico porque es más bien representada literalmente con el color del titulo: el azul. Este color está presente todo el tiempo (cortesía del buen diseño de producción). Kechiche hizo justicia con su adaptación al darle un papel esencial a este color: es la confusión, el amor, la pasión, los celos, las inhibiciones, la confianza y la euforia de Adèle. La siguiente hora y cacho se ve envuelta en un círculo de amor, erotismo y cariño que contagia sin importar la preferencia sexual del espectador. Esto tiene un fin, y se presenta sugerido en lo que se convirtió en mi escena favorita de la película: la presentación y festejo de las pinturas de Emma, inspiradas en el cuerpo de su ahora musa Adèle. Es en esta escena donde empieza un sigiloso ataque de celos manejado con sublime elegancia por Kechiche; después de varias copas de brindis nos encontramos a Adèle bailando muy superficialmente con un invitado mientras cela a Emma, quien abraza de manera sospechosa a Lise, su ex pareja. Es increíble la manera en que Kechiche cubre la escena, por medio de un ingenioso cambio de foco entre Adèle con su mirada confundida y el proyector de la fiesta que proyecta una película vieja. Aquí lo interesante es como la película proyectada detrás de Adèle, por medio de sus personajes, logra expresar de manera sincronizada todo lo que ella no puede por la impotencia y miedo que sus celos le causan. Lo demás prefiero dejarlo a a cargo del espectador, pero digamos que se va opacando el cálido color azul de la vida de Adèle, y volvemos a cruzarnos con la ironía cuando Kechiche, inteligentemente, hace que el personaje de Emma cambie su cabello de color azul a su color natural cuando los indicios de los problemas en la relación empiezan a salir a flote. Una muy bella pero también ingeniosa metáfora que inconscientemente nos llega directo a la cabeza.

La vie d’Adèle me dejó con un buen sabor de boca que el resto de la selección oficial en la que compitió no me supo dejar. También hizo que ahora en adelante le siguiera la pista a tres personas: el director, Abdelatif Kechiche, y las maravillosas actrices, Adèle Exarchopoulos y Lea Seydoux. Eso sí, sentí un ligero tropiezo en los últimos veinte minutos del metraje, los cuales sentí innecesarios pues no hacen más que reiterar lo ocurrido; la historia ya había concluido, no había necesidad de arrastrar la vista de los espectadores durante esas dos o tres últimas escenas, en especial la que cierra la película. Ya la verán y ya sabrán si están de acuerdo conmigo. Lo que sí puedo decirles con mucho afán es que no deberían perderse esta película. Un romance con mucha energía, pintado de un azul cálido, como lo dice su nombre.

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