Nymphomaniac: la autodestrucción del ser

David Azar: @DavidAzar93

“Perhaps the only difference between me and other people is that I’ve always demanded more from the sunset, more spectacular colors when the sun hit the horizon.”

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Después de ser tanta la controversia al rededor de la última película de l’enfant terrible del cine contemporáneo, Lars von Trier se propuso a realizar un proyecto muy ambicioso, tan ambicioso que su corte final sobrepasaría las cinco horas de metraje -y se dividiría en dos volúmenes-: Nymphomaniac (2013).

El director danés es bien conocido por su estilo de expresar la psique humana, especialmente nuestro lado oscuro como la depresión y la desesperanza, fuertemente proyectadas en filmes como Breaking The Waves (1998) y Dancer In The Dark (2000). Lo que von Trier hace con Nymphomaniac es una ensalada de emociones humanas a la que agrega el abstracto concepto de la moralidad, explorado de una manera muy cruda. Finalmente, von Trier adereza con una doble narración que se cuenta paralelamente, donde se descubre a una protagonista incomprendida y lastimada, pero de pie ante las adversidades. Ella nos cuenta su historia.

A pesar de estar dividida en dos volúmenes, me voy a referir a Nymphomaniac como si fuera una sola cinta para aterrizar mejor el análisis. La película sigue la historia de Joe (Charlotte Gainsbourg), una ninfómana que cuenta su atormentada vida a Seligman (Stellan Skarsgård), un soltero de sesenta años, ávido lector y de mente abierta, después de que éste la recoja de un callejón donde la encontró golpeada e inconsciente. La vida de Joe se cuenta a partir de su niñez, cuando descubre sus genitales y lo bien que se siente el estimularlos. Desde el segmento de la niñez y adolescencia de Joe hasta el final de su historia, von Trier introduce alegorías vestidas de datos curiosos y culturales aportados por el personaje de Seligman, gráficamente interpretadas en pantalla. La narración se acompaña de metáforas visuales que interpretan los procesos por los que Joe vive. Un ejemplo muy interesante es el de la pesca con mosca (tipo de pesca en la que el anzuelo se adorna con plumas y no con carnada orgánica) interpretando la cacería de hombres que Joe lleva a cabo en la escena del tren. La escena en la que Joe le entrega su virginidad a Jerôme (Shia LaBeouf) es acompañada por la alegoría de la secuencia de Fibonacci que sugiere Seligman.

Poco a poco descubrimos a dos personajes que entre ellos se van complementando de manera auténtica a pesar de sus diferentes personalidades: Joe es fría y ruda, Seligman es pasivo y cálido. Joe se considera un mal ser humano y se lo advierte a Seligman, y adopta una actitud a la defensiva aunque fue ella la que tuvo la iniciativa por contar su historia. Joe conoce en Seligman un tipo de persona que no había conocido antes, una persona comprensible que mira sus relatos con puntos de vista distintos a las personas que ella ha conocido; la hace sentir cómoda.

Los relatos de la Joe joven (Stacy Martin) nos recuerdan a esos pensamientos analíticos que todos hemos tenido alguna vez: el concepto del amor, el sexo, la satisfacción y la culpa. Sucede lo inesperado: después de pasar una adolescencia repleta de sexo sin afecto, de haber fundado una sociedad secreta con sus amigas ninfas que despreciaba el concepto del amor, acusándolo del gran culpable de la mayoría de crímenes y resentimientos en el mundo, y después de referirse al amor como “sexo con celos incluidos”, Joe se enamora perdida e inexplicablemente de Jerôme. Este segmento de la vida de Joe es visualmente exquisito: planos a detalle de las manos de Jerôme acomodando objetos de su escritorio al azar, moviéndolos de un lado a otro con un swing particular, acariciando los objetos de oficina; toda esta secuencia es sutilmente acompañada con la voz en off de Joe, quien le explica a Seligman cómo es que, de una manera que ella no comprendía, se sentía sumamente atraída a la forma inconsciente y elegante en la que Jerôme movía esos cuerpos inertes, queriendo ser Joe uno de ellos, deseando ser recogida de un lugar y puesta en otro por las manos de Jerôme. Von Trier tiene esa habilidad de explorar el inconsciente humano y plasmarlo en la pantalla. Es como si el director navegara por la cabeza de los seres humanos para salir con respuestas que todos reconocemos pero no pensamos con precisión, como esos pequeños y aparentemente insignificantes detalles que nos atraen de una persona.

El capítulo Delirium, donde Joe visita a su moribundo padre (Christian Slater) en el hospital, es uno de los más poderosos de toda la película. Hay una conexión íntima entre ambos personajes, y es que puede parecer muy obvio por ser una relación padre-hija, pero quien haya visto la película entenderá que va más allá del tradicional vínculo familiar. Joe, desde muy pequeña, ha encontrado el cariño, la compresión y el cobijo bajo su padre, y nadie más. No se logra entender con total claridad si el padre supo que tenía una hija ninfómana, pero la sensación de que esta duda flota en el aire hace más interesante al personaje y a la relación entre ambos. Para Joe, su padre representaba seguridad y serenidad, y el verlo agonizar en la habitación de aquel sombrío hospital, fuertemente ambientado en un blanco y negro, lo acentúa de maravilla. Joe se ve desesperada y busca refugio en el sexo, pero ni este logra curar el vacío que la ausencia de su padre conlleva. Su madre (Connie Nielsen) nunca jugó el mismo papel que su padre, el de guardián y amigo; lo podemos percibir en la escena donde ambas contemplan el cuerpo inerte del padre. El último plano del segmento, un plano a detalle por entre las piernas de Joe con la silueta del cuerpo de su padre fuera de foco y la gota de lubricación que Joe expide deslizándose por su muslo, es de excelente composición fotográfica, así como una yuxtaposición de placer (lubricación) y dolor (pérdida de un ser querido); otra metáfora visual.

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Es ingenioso como von Trier encuentra lo necesario en el baúl de la cultura general para representar los conflictos que Joe vive. El danés ejecuta efectivamente la técnica de split screen junto con la melodía de Bach que paralelamente Seligman reproduce en su en la habitación y da lugar a otra yuxtaposición de imágenes metafóricas, esta vez con felinos, masajes, erotismo, órganos musicales y sexo pasional; la edición hace de esta escena una joya visual.

La cinta evoluciona de manera cada vez más oscura desde Joe se sumerge en una exploración sexual tenebrosa de sí misma. La protagonista no logra encontrar satisfacción sexual y recurre a K (Jamie Bell), un personaje misterioso que presta sus servicios para brindar placer a mujeres sadomasoquistas; el elemento de la confusión, de acuerdo a la película, como principio básico de la desesperación.

Von Trier recrea una de las escenas más celebres de una de sus películas anteriores, una especie de homenaje a sí mismo, un regalo especial para sus conocedores y simpatizantes: Marcel (el bebé de Joe y Jerôme) se las arregla para salir de su corral mientras Joe está en una de las sesiones de K. Marcel se acerca al balcón, que da lugar a una noche de invierno y a un barandal no muy alto cubierto de nieve, acompañado de la mismísima música que von Trier usó para la escena recreada. La escena emula un momento clave de Antichrist (2009), pues es la escena introductoria de esta película la que el director recrea: el hijo de la pareja protagonista de la historia (interpretados por Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe) se despierta en medio de una noche de invierno, escapa de su corral y sube por una ventana que se encuentra abierta, mientras que sus padres están teniendo sexo en la regadera. El niño se para sobre el borde de la ventana, resbala y cae del edificio a una gran altura. La secuencia se presenta en slow motion, de la misma manera que se presenta en la recreación. Intuimos, los que ya hemos visto Antichrist, lo que pasará a continuación. La tensión da calor con este juego maquiavélico que von Trier nos preparó, pero realmente quema cuando finalmente nos engaña, con Jerôme a tiempo en casa al rescate de su hijo. Joe se enfrenta a las consecuencias de su irresponsabilidad: Jerôme pone un ultimátum en el que Joe deberá elegir por su familia o la búsqueda autodestructiva de sus deseos sexuales.

Es así como vamos atando cabos y descubriendo el egoísmo, o tal vez necesidad, de nuestra protagonista. Seligman, siempre noble, justifica las faltas de Joe, buscando una explicación dentro del ilimitado mundo de la psicología humana para justificar sus acciones. El hecho de que Seligman sea virgen y asexual hace de la relación de ambos personajes un choque muy contrastado de personalidades: ninfa/asexual (como un blanco y negro).

Uno de los segmentos con carga moral más fuerte de toda la película es cuando Joe visita a uno de los sujetos que le debe dinero a L (Willem Dafoe); un trabajo más. El deudor resulta ser un tipo difícil de leer psicológicamente para Joe. Al atarlo a una silla, Joe comienza a contar en voz alta relatos de carácter sexual de todo tipo: heterosexuales, homosexuales, sadomasoquistas, etc. El hombre no responde sexualmente a ninguno de ellos: no logra una erección, lo que no permite a Joe saber que tipo de orientación sexual o deseos de esta índole tenga la victima. Joe recurre a un último recurso: relata una fantasía pedófila. El deudor empieza a reaccionar incómodamente; comienza a sentir un estimulo sexual y finalmente logra tener una erección. Joe descubre su obscuro secreto y lo desenmascara frente a sus colegas. Joe se percata del sufrimiento del deudor y le complace con sexo oral. Joe le comenta a Seligman que sintió una lástima muy grande porque esta persona ha vivido toda su vida con una maldición que él nunca pidió: ser pedófilo. Explica que el cinco porciento de los pedófilos suele cumplir sus fantasías al abusar sexualmente de los niños, pero el noventa y cinco por ciento restante, por seguir un código moral establecido por la sociedad o por no destruirle la vida a un niño, vive atormentado por no poder satisfacer sus deseos sexuales, pues reconoce la monstruosidad en éstos. Le efectuó sexo oral como un regalo, como una gratificación por haber aguantado ese dolor durante toda su vida con la finalidad de no destruir la de alguien más. Este es uno de los actos más humanos de toda la película; un acto de corazón representado en una situación demasiado controversial. Von Trier lo sabía, y se la jugó valientemente.

Llegado a este punto, el panorama es más claro: los impulsos de Joe por satisfacer sus deseos sexuales no hacen más que arrastrarla a un mundo cada vez más siniestro, pasando por el hecho de tener más de diez relaciones sexuales al día, recurrir al sadomasoquismo, abandonar a su familia e involucrarse en el crimen organizado. El mensaje moral es evidente: el vicio lleva a la autodestrucción.

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Una alegoría visual más en la película es cuando Seligman y Joe contemplan la pequeña luz en la pared del edificio cada uno en una ventana, y Joe pregunta a Seligman de dónde proviene una luz tan pequeña. Esta luz es el único testigo del sol para Seligman, quien cree que es el fragmento que logra colarse en esa pared después de pasar por ventanas, edificios y torres. No estoy seguro del significado de esta metáfora que Von Trier coloca al final, pero mi representación es la siguiente: el sol representa al ser humano; las ventanas, edificios y torres por las que tendrá que atravesar representan la vida misma (obstáculos, conflictos); la mancha de luz restante que se posa en la pared es lo que resta de ese ser humano, el resultado de todas sus vivencias.

El final de la cinta resulta predecible para unos y enfermizamente impredecible para otros. Contemplamos un plano fijo en la puerta de la habitación en que Joe duerme, y vemos como Seligman entra por ella, se acerca lentamente hacia la cama y, con tan sólo bajar el ángulo de la cámara un par de centímetros, vemos la parte inferior de su cuerpo desnuda; su pene sostenido por su mano. El shock es innegable para cualquier espectador, espere lo que espere. Seligman destapa el cuerpo de Joe de entre las sábanas y pega su cuerpo lentamente con el de ella, tratando de lograr una erección para poder penetrarla. Joe despierta y mira fija y asustada a Seligman, quien le regala una sonrisa. En un plano rápido, Joe estira su brazo en busca de la pistola que traía con ella y Von Trier nos apaga los ojos, transportándonos a la oscuridad de una pantalla negra en la que el audio sigue vivo y nos sirve de guía. Escuchamos a Joe quitándole el segura a la pistola y a un Seligman muy siniestro reclamarle que “se ha cogido miles de hombres”. Lo siguiente es el sonido de un disparo y los pasos de Joe saliendo del departamento de Seligman.

¿Qué nos quiere decir Von Trier con este final tan arriesgado? Y digo arriesgado porque arriesga una película tan conmovedora, cual montaña rusa de emociones, a ser despreciada por su público. Mucha gente despreciará el final y quizás también toda la película sólo por esta última escena, y tengo que admitirlo, yo casi lo hago en la catarsis que me causó. Después de unas cuantas horas de digerir el filme, lo analicé por un momento desde el punto de vista de un ser humano real con sus características reales: este es un final necesario que von Trier construyó desde el primer fotograma. Seligman es la representación del vicio último, el egoísmo y la búsqueda de la satisfacción propia, sin importar que tan perfecto parecía su personaje. Lo impresionante es que von Trier haya escogido al personaje más noble y de mejor moral como su arma secreta para reflejar el lado más perverso del ser humano. En otras palabras, el acto final fuer cortesía de un Seligman que pasó de ser  controlado por el súper yo que Freud sugiere, a un Seligman completamente dominado por el ello de la psique humana, aquel que se deja llevar por instintivos animales y actos salvajes (SEXO).

Nymphomaniac es, a grosso modo, un estudio meticuloso del egoísmo y la autodestrucción que éste arrastra consigo. Von Trier supo extraer el lado que no nos gusta de nosotros, y nos lo puso en una vitrina sin complejos y sin miedos, como suele ser su estilo. La recomiendo mucho, tanto por el análisis que representa del ser humano como por la grata experiencia cinematográfica que se nos obsequia, resumida en sus grandes actuaciones (con una actuación infravalorada de Shia LaBeouf), excelente fotografía (a cargo del chileno Manuel Alberto Claro) y la siempre ambiciosa puesta en escena tan visual de Von Trier.

Hubo algo, sin embargo, que me sacudió fuera del mundo que von Trier creó: el cambio de actor para un Jerôme más adulto. El hecho de contar con dos actrices para personificar dos etapas de la vida de Joe, las cuales encarnan Stacy Martin y Charlotte Gainsbourg, puede no pasar desapercibido en cuanto al parecido físico, pero se perdona por las grandes actuaciones que ambas actrices brindaron. No es el caso con el cambio de Shia LaBeouf por Michäel Pas; en mi opinión fue totalmente innecesario.

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