Prostitución en pantalla: el primer oficio en el último arte

David Azar: @DavidAzar93

belle de jour
Belle de Jour (1967) de Luis Buñuel

La prostitución es considerada el oficio más antiguo en toda la historia de la humanidad. Incluso, se cree que se practicaba en las antiguas civilizaciones para intercambiar recursos, antes de existir el dinero como un medio regulador de bienes.

Esta práctica tan singular ha ido evolucionando al paso de los siglos, pasando por diversos filtros sociales, ideológicos, religiosos, filosóficos e incluso clínicos, dándole todo tipo de visos y connotaciones dependiendo del lugar y el tiempo a que se refiera uno. El acercamiento a la prostitución es algo muy estudiado y la gama de factores que incitan a la persona a esta práctica (con todas sus variaciones) es sumamente amplia. Hay de todo: prostitutas callejeras, las escort o damas de compañía, gigolós, proxenetas, call girls, etc. La lista es interminable para las características y ramas de este oficio.

La cámara, ojo omnipresente que todo lo documenta, no ha dejado escapar este fenómeno tan común y evolutivo; el séptimo arte ha realizado diferentes portarretratos de la “vida galante” basándose en diferentes interpretaciones con diversos enfoques de acuerdo al autor encargado. Tenemos todo tipo de aderezos para esta inmensa ensalada cultural: necesidad económica, estado anímico, venganzas retorcidas, impulsos sexuales y, a mi parecer la más deliciosa al apetito del espectador, la curiosidad.

Hoy vengo a exponerles, queridos lectores y entusiastas del cine, tres filmes que exploran esta temática de maneras muy diversas entre sí: Osaka Elegy (1936) de Kenji Mizoguchi retrata la prostitución como última opción en la desesperada situación de una mujer por ayudar a sus más cercanos; Belle de Jour (1967), del período francés de Luis Buñuel, presenta la casi perpetua curiosidad de una dama de alta sociedad por descubrir los secretos que este servicio ofrece; y Sleeping Beauty (2011), de la emergente Julia Leigh, nos introduce en la misteriosa obsesión de una colegiala que se ve sumergida en un mundo de excentricidades eróticas sostenido por clientes muy acaudalados. Estas tres cintas, aun cuando tienen la prostitución como tema central, son muy diferentes entre sí en aspectos tanto técnicos como culturales.

Osaka Elegy (1936)

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Todos hemos escuchado alguna vez el nombre del director japonés más célebre en el mundo y arquitecto que construyó el puente que une la pantalla japonesa con el público de Occidente (gracias al triunfo de su filme Rashomon (1950) en el Festival de Venecia): Akira Kurosawa. Pues así como el director de Los Siete Samurái (1954) fue un elemento clave en la construcción del cine nipón, hay otros dos pilares que no solo son igual de esenciales, sino que además empezaron su carrera antes que Kurosawa: el maestro del cine contemplativo, Yasujiro Ozu, y el artista nato del cual les voy a platicar un poco: el señor Kenji Mizoguchi.

Mizoguchi nació en Tokio en 1898, hijo de un carpintero, en un entorno humilde que seguramente tuvo un impacto en su trabajo. Así como el tema central en la filmografía de Ozu es el núcleo familiar del Japón moderno y Kurosawa se va más por la adaptación de piezas literarias de occidente (desde Shakespeare hasta Dostoievski) y las épicas de samurái, Mizoguchi tiene como fundamento el sufrimiento de la mujer en casi toda su obra, la cual consta en alrededor de cien filmes.

Antes de consolidarse como figura inmortal del cine japonés con obras como La Vida de Oharu (1952 ) y El Intendente Sansho (1954), Mizoguchi realizó Osaka Elegy en el año 1936. Además de ser bien recibida por la crítica, esta película fue su primer éxito comercial en Japón, y la que él considera su primer esfuerzo serio como director de cine, a pesar de haber filmado más de cincuenta cintas antes de este periodo.

En Osaka Elegy seguimos la historia de Ayako, una joven secretaria en una compañía farmacéutica que lucha por obtener la suma necesaria para pagar la deuda de su padre y la colegiatura de su hermano, quien ya está por graduarse. Cuando todas las opciones se ven agotadas, Ayako se ve obligada a dejarse llevar por las proposiciones indecorosas de su jefe, el señor Asai, para convertirse en su amante con el compromiso de encargarse de sus deudas adjunto al trato. Al ir por este camino, los problemas de Ayako se multiplican: la señora Asai descubre el romance y humilla y amenaza a nuestra protagonista; Nishimura, el colega galán de Ayako y excelente partido, se aleja cada vez más de las posibilidades de matrimonio tan anheladas por ésta; el padre de Ayako antepone la decepción por encima de la gratitud, y convence a sus hermanos de la misma decisión.

Osaka Elegy, entre muchas otras cosas, es un vivo retrato del sacrificio y la condición moral de la mujer en una sociedad tan conservadora como la de Japón en esa época. Ayako es la protagonista que mueve la historia y también el espectador de la misma; ella es la única que ve toda la extensión del cuadro y se queda con la información verídica, mientras que el resto de los personajes la juzgarán sin ver más allá de lo que sus percepciones los limitan.

Si nos adentramos un poco en la cultura japonesa para un análisis más completo del filme, es pertinente mencionar el papel de giri. Este valor nipón, sin traducción literal al Español, denota la obligación social de servir a un superior (padres, jefes, ancianos, maestros, etc.) por medio de la devoción del sacrificio. Ayako se rige bajo este principio a lo largo de la película al caer en la prostitución para traerle paz a su padre y un futuro profesionalmente estable a su hermano, quienes, además de ser mayores que ella, son los hombres de la casa y es mejor visto ante la sociedad que ellos no pasen pesares. La reflexión que el espectador ejerce después de ver la película se profundiza aún más al descubrir que la realidad no está tan alejada de la ficción; la hermana mayor de Mizoguchi se vio obligada a prostituirse cuando él era un niño, con el fin de sacar adelante a sus dos hermanos menores.

Belle de Jour (1967)

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La siguiente película aterriza en la pantalla con una joven actriz que pronto se convertiría en el ícono femenino del cine francés: Catherine Deneuve. Después de realizar un grosso cuerpo de trabajo en México con títulos memorables como Los Olvidados (1950) y El ángel exterminador (1962), el director español y pionero del cine surrealista Luis Buñuel, regresa a la cuna del séptimo arte para filmar una serie de películas –las más famosas siendo Le Charme Discret de la Bourgeoisie (1972) y Cet Obscur Objet du Désir (1977)- que conformarían su último período cinematográfico. Dentro de éstas, encontramos el filme a analizar: Belle de Jour.

La cinta cuenta la historia de Séverine, una joven muy bella que a pesar de contar con la vida que cualquier mujer burguesa desearía -recién casada con un apuesto y exitoso doctor y rodeada del glamour parisino- no es feliz con las circunstancias que le rodean. Séverine es virgen y, por alguna razón escondida mediante pistas que Buñuel nos arroja, le repugna la idea de tener relaciones sexuales con su marido. Mientras la curiosidad mata al gato, a nuestra protagonista la lleva a un burdel donde decide experimentar los misterios del “acto indecente” a costa de otros hombres. Buñuel lleva a nuestra protagonista por un laberinto de deseos y temores a través de diferentes tipos de clientes; Séverine ama su nueva vida secreta al grado de convertirla en otra identidad. Como suele ser costumbre en su cine, Buñuel introduce mucho simbolismo visual, mofándose de la religión y los esquemas de los que se conforma.

A pesar de ser reconocido como un surrealista, no todo el cine de Buñuel va ligado a esta corriente artística. Sin embargo, el andaluz ha declarado que siempre habrá algo de surrealismo, aunque sea una pizca, en todas sus películas. En este caso podemos tener en cuenta dos elementos: los flashbacks en los que Buñuel pretende regalarnos unos vistazos a la infancia de Séverine con la intención de resolver a modo de detective algunas cuestiones de su vida adulta, sin percatarse totalmente de su verosimilitud; y el final del filme, la resolución que desafía cualquier lógica y pretende hacer que el espectador formule su propia interpretación.

Séverine logra un balance suficientemente estable cuando se deja envolver por un cliente en especial: Marcel (Pierre Clémenti). Por un lado tenemos el amor auténtico y cariñoso de su esposo, ese amor fiel al que uno puede confiar su vida, y por el otro tenemos la atracción pasional con Marcel, donde todos los deseos carnales tienen lugar.

Belle de Jour explora los impulsos del ser humano, la curiosidad por lo desconocido y la contracorriente de lo socialmente inaceptable. Es la viva imagen del sexo como algo que puede convertirse en un espiral adictivo en donde se pretenden satisfacer las fantasías  más recónditas; bien pudo nuestra protagonista haber buscado realizar sus fantasías en el rostro de la infidelidad, pero prefirió envolverse en el oficio más antiguo del mundo. Como dato curioso: el vestuario de Catherine Deneuve a lo largo de la cinta está a cargo de un joven, pero notablemente talentoso Yves Saint Laurent.

A pesar de ser uno de los papeles más emblemáticos y representativos en la filmografía de Deneuve, la actriz recuerda con inconformidad y desprecio el haber trabajado en esta película por el trato de su personaje.

Sleeping Beauty (2011)

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Sleeping Beauty, nuestra tercera y última película en la lista, es la incursión en el mundo del cine por parte de la realizadora británica Julia Leigh. La cinta se estrenó en la 64 edición del Festival de Cannes. El filme provocó las reacciones esperadas por parte de su realizadora: la temática que aborda la cinta es el mundo de las excentricidades sexuales y su relación con lo costosas y tenebrosas que pueden llegar a ser.

Lucy (Emily Browning) es una colegiala que trabaja en una oficina haciendo fotocopias, en un café como mesera y como sexoservidora por sí misma en algunos bares de primera categoría. Gracias a un anuncio de trabajo, Lucy descubre un universo laboral muy excéntrico y secreto: servicio de catering en lencería para gente muy adinerada. Clara, su superior, va introduciendo a nuestra protagonista a una serie de servicios cada vez más misteriosos, hasta llegar al grado de ser participe en un servicio sexual de lo más bizarro. El nuevo trabajo de Lucy consta en beber un té que la adormece para luego ser introducida a una cama dentro de una habitación lujosa donde el cliente tiene permitido hacer con ella lo que desee… menos penetrarla. Al ignorar todo lo que se lleva a cabo dentro de esa habitación, Lucy se arma de valor y arremete contra sus promesas laborales con tal de averiguar qué es lo que sucede mientras ella duerme. Las respuestas pueden ser perturbadoras para muchos espectadores, pues además la película se lleva con un ritmo muy lento y elegante que, con poco diálogo, se las ingenia para crear una atmósfera inyectada de tensión y ambigüedad que pondrá a la audiencia al filo de su asiento.

Leigh, siendo ella misma novelista, afirma haberse inspirado en muchos textos literarios para la preparación de Sleeping Beauty, como la novela japonesa La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata, Memorias de mis putas tristes de Gabriel García Márquez, y algunos cuentos de hadas de los hermanos Grimm y Charles Perrault.

El oficio más antiguo del mundo es un tema que siempre contará con material fresco en el cine. Por más bizarro, intenso, o tabú que pueda llegar a parecer, las diferentes visiones del séptimo arte encontrarán su audiencia. La imaginación siempre será el motor del cine, y como dijo Octavio Paz: “En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación.”

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