Festival de Cine Coreano en la Ciudad de México

David Azar: @DavidAzar93

El cine coreano ha tenido un boom impresionante que empezó a finales de los años noventas y que si tuviera que describir con tan sólo una palabra, sería la palabra intenso. Es una experiencia visual y auditiva cual deporte extremo; cineastas coreanos que actualmente gozan de renombre internacional como Park Chan-Wook, Bong Joon-Ho, Lee Chang-Dong y Kim Ki-Duk son creadores de historias que, con el solo hecho de recordar la primera vez que las digerimos, sentimos de nuevo ese hormigueo que caracteriza a los amantes del séptimo arte al salir satisfechos de la sala de cine. Películas con giros inesperados y técnicas visuales exquisitas como Oldboy (Park Chan-Wook, 2003) y I Saw The Devil (Kim Jee-Woon, 2010), o películas construidas al rededor atmósferas místicas y trascendentales como Las estaciones de la vida (Kim Ki-Duk, 2003) y Pinceladas de fuego (Im Kwon-Taek, 2002) son algunas características que presume este cine emergente.

Tan fuerte ha sido el reflector sobre la cinematografía de este país asiático que México, por medio del Centro Cultural de Corea y Cinepolis, se puso manos a la obra para empapar una que otra pantalla con la esencia de este país: por si no lo sabían aún, el Festival de Cine Coreano se llevó a cabo del 25 de septiembre al 1 de octubre en la Ciudad de México y trajo consigo cuatro largometrajes: Los ladrones (Choi Dong-Hoon, 2012), Todo sobre mi mujer (Min Kyu-Dong, 2012), Confesiones de un asesino (Jeong Byeong-Gil, 2012) y Antes de la boda (Hong Ji-Yeong, 2013).

Debido a los deberes que a un cinéfilo obstruyen en su camino, un servidor tuvo la oportunidad de ver solamente dos películas que afortunadamente, si mi instinto no me engaña, fueron las que más valieron la pena del Festival: la divertidísima Los ladrones y el thriller Confesiones de un asesino.

Como mencioné antes: intenso.

Los ladrones

The Thieves gira en torno a una banda profesional de ladrones de Corea del Sur compuesta por: Popie (Jung-Jae Lee, Hanyo), Yenicall (Gianna Jun, Blood: El último vampiro), Chewingum (Hae-suk Kim, Bakjwi) y Zampano (Soo-hyun Kim, Chang-Pi-Hae). Con el fin de olvidar su último golpe, el grupo viajará a Macao para llevar a cabo un lucrativo trabajo: deberán robar un valioso diamante conocido como “Lágrima del Sol”, a un despiadado criminal llamado Wei Hong (Guk-Seo Ki, Ahbuwei Wang). La joya se encuentra en la habitación de un reconocido casino. La banda de malhechores descubrirá que el antiguo socio de Popie (que acaba de salir de prisión) está detrás de este nuevo trabajo. Como entre los ladrones no existe el honor, cada uno de ellos intentará llevar a cabo su propio plan para alzarse con el preciado botín. (vía Cinepolis)

Los ladrones es un espectáculo desde el primer fotograma hasta el primer indicio de los créditos finales. Cuenta con el glamour y estilo de Ocean’s Eleven (Steven Soderbergh, 2001) y el ingenio y adrenalina de Nueve Reinas (Fabián Bielinsky, 2000). La fórmula que Choi emplea en su cinta es efectiva: personajes bien pulidos; escenarios , que abarcan desde Busan y Hong Kong hasta Macao; y un guión muy pensado con el número de giros necesarios para traer al espectador sudando entre los secretos y las trampas de la trama. La comedia está a la par de las secuencias de acción, haciendo de Los ladrones un entretenimiento visual con la cantidad necesaria de complejidad y ritmo que se necesita dentro de sus dos horas y quince minutos de metraje. No por algo se encuentra entre las cinco películas coreanas más taquillera de todos los tiempos.

Confesiones de un asesino

Un hombre, familiar de una de las víctimas de un asesino en serie de 10 mujeres, salta de un edificio delante del detective encargado del caso. Dos años más tarde, un hombre llamado Lee Doo-seok publica un libro titulado “Confession of Murder” (Confesiones de un asesino) haciéndose responsable de los asesinatos ocurridos 17 años atrás. Su libro se convierte en un gran éxito, pero aparece otro hombre que afirma ser el verdadero culpable. (vía Cinepolis)

Cinismo y confusión son la base de este thriller tan cargado de intensidad que Byong-Gil construye alrededor de dos dimensiones de espectadores: nosotros y los ficticios, dentro del filme. Muchos diríamos a primera vista que la síntesis de la película son los motivos del verdadero asesino, revelados al final de la historia, o el deseo de venganza (algo tan presente y creativo en el cine coreano) del detective Choi (Jeong Jae-Yeong). Sin embargo, yo tengo otra opinión al respecto: la síntesis, Byong-Gil demuestra, es el grado de morbosidad y cinismo que la gente puede cultivar alrededor de una noticia; todo el público coreano sigue intensamente de cerca la cobertura de los los hechos, desde la publicación del libro de memorias del asesino hasta los debates del final. No cabe duda que la controversia vende, y la manera en que los televidentes y fans son presentados en la película llega a rayar la moral. Aquí el drama recae en dos vertientes: la manipulación de los medios, siempre al alcance de lo que la gente desea ver, dejando de lado cualquier noción de ética; y el hambre del público, anhelando que la historia torne cada vez más perturbadora. El resultado no es solamente una película emocionante, sino un estudio de la relación de los medios y las masas que, aunque llevado al extremo, vale la pena tener presente. Por consecuente, desde un ángulo muy poco convencional, Confesiones de un asesino es una película humana, si tomamos en cuenta la conducta de la gente.

Puedo concluir firmemente que quedé satisfecho con el Festival. Espero que los espacios de cine alternativo, como el comentado en este artículo, sigan creciendo con frecuencia. Recordemos que estas dinámicas, como cualquier otra en el mundo del mercado, trabajan por medio de la oferta-demanda. Así que pidamos más cine, hablemos de lo que queremos ver en las salas, y mientras tanto disfrutemos los espacios que ya tenemos.

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