Trono de sangre: La visión de Kurosawa en la tragedia Shakespeariana

David Azar: @DavidAzar93

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Desde los inicios de su aspecto narrativo, el cine ha encontrado en el teatro y en la literatura una gran fuente de inspiración para sus historias. Adaptaciones de los grandes clásicos literarios han pasado infinidad de veces por la gran pantalla en diferentes estilos y formatos, atrayendo a la audiencia una y otra vez a pesar de conocer estos relatos de pies a cabeza. Historias con las que estamos familiarizados, vistas en el escenario o leídas en prosa, no cesan de asombrarnos cuando se proyectan en una sala oscura rodeados de desconocidos, todos inmersos en el ritual colectivo que implica asistir al cine.

El realizador japonés Akira Kurosawa fue, como ejemplo de todo lo anterior, un maestro a la hora de adaptar al cine grandes tragedias del canon de la literatura universal. Se sabe que era muy afín a las novelas rusas, por lo que incluso llegó a filmar el clásico de Fiodor Dostoyevski El idiota (1951), en la cual situó la historia de su setting original a una cultura totalmente diferente: la japonesa. Del mismo modo Kurosawa realizó lo que sería quizás su adaptación mejor lograda, Trono de sangre (1957), una de las películas más representativas en su filmografía. Esta cinta constituyó un gran reto para el cineasta al adaptar una de las obras literarias más célebres de la historia: Macbeth de William Shakespeare. El tema central de esta adaptación permanece el mismo que el de la tragedia original, es decir, la corrupción del hombre por su hambre de poder. Sin embargo, en esta ocasión Kurosawa se aleja de las tierras altas de Escocia, y en su lugar nos transporta al Japón feudal, con una puesta en escena inspirada en la tradición teatral japonesa conocida como . No obstante la popularidad de la tragedia de Shakespeare, Kurosawa realiza algunos cambios en la historia sin alterar su esencia. El realizador japonés juega con elementos que apoyan la ambientación japonesa y el dramatismo de su adaptación como los cambios de personajes y hechos ocurrentes que hacen de Trono de sangre una adaptación muy peculiar.

Kurosawa concentra la carga dramática en los personajes principales de la obra Washizu y Asaji, los equivalentes de Macbeth y Lady Macbeth, respectivamente. Tenemos al mítico actor japonés Toshiro Mifune en el papel protagónico, una de las firmas características del director. Mifune encarna a Washizu con una energía muy bien distribuida en las escenas, mientras que Isuzu Yamada le brinda la manipulación corruptora que define el personaje de Asaji. Aún cuando la importancia de la obra recae en los hombros de estos personajes, Kurosawa adorna la parte visual con amplios paisajes de su natal Japón y grandes elementos de producción. Vemos decenas de extras con armaduras, lanzas y caballos al son de la guerra, todo con una balanceada precisión que adereza los planos del fotógrafo Asakazu Nakai, sin caer en estos recursos como espectáculo sin trasfondo.

Kurosawa y Nakai hacen uso de otra herramienta elemental por medio de la fotografía: la composición de la imagen cuando vemos a los personajes en los interiores. La selección de cuadros, donde la cámara amplía el espacio de las habitaciones y arrincona a los personajes, sirve como una metáfora del aislamiento de éstos y sus obscuros pensamientos. Esta técnica funciona cuando observamos a Washizu ser corrompido con hambre de poder por las sugerencias de Asaji. Curiosamente, Asaji nunca ve directamente a su esposo cuando se dirige a él y, en algunos otros casos, está fuera de cuadro. Esta técnica evoca la idea de la voz maligna de la consciencia de Washizu, proveniente de su interior. El lenguaje visual de Kurosawa es muy fluido si estos planos se analizan a detalle. Además, el cineasta emplea otros elementos técnicos para crear diferentes sensaciones. Cuando Washizu y Miki se encuentran con la bruja del bosque, el uso del humo artificial crea una atmosfera onírica que compacta de manera efectiva con la idea tenebrosa de la bruja. Otra ejemplo es cuando la parvada de cuervos entra al castillo de Washizu previo a la batalla final; este recurso, además de ilustrar el mal augurio dentro de la mitología de la obra, forma parte de la genialidad de Kurosawa para contarnos la historia sin acceder al diálogo de los personajes.

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A diferencia de otras adaptaciones de Macbeth, Washizu/Macbeth, tarda en perder totalmente la cordura y carga con el peso de la culpa de las acciones que Asaji le comanda. Kurosawa juega con la sensibilidad a través de Washizu, particularmente en la escena de su encuentro con Miki después de haber asesinado al señor Tsuzuki; Mifune logra evocar con desesperación la incomodidad que siente al mirar a su mejor amigo a los ojos. Washizu enloquece por completo cuando realmente hay una confrontación de consciencia en la orden que dio de asesinar a su mejor amigo. Esta vez no hay intentos de manipulación que lo obstruyan de su mente; ya se ha convertido en un lunático hambriento de poder. Asaji también sufre el castigo, y Kurosawa lo representa genialmente con ella perdiéndose en un limbo mental donde no logra “limpiarse la sangre de las manos”.

La obra Shakespeare gira en torno a la complejidad de los sentimientos humanos y su traducción en acciones pasionales. Como añadidura, Kurosawa le inyecta a su adaptación una noción espiritual de justicia muy tradicional de la cultura japonesa. Los castigos impuestos a Washizu dan la impresión de ser por mandato divino, gracias a detalles concretos como las apariciones de la bruja o la parvada de cuervos. Sin embargo, es el colectivo quien castiga a Washizu cuando descubre todos los crímenes que el tirano cometió. Los soldados (emulando el rol de la sociedad) funge como juez y verdugo al ser ellos quienes han sufrido como un conjunto por la culpa de un individuo, y esto es un marcaje cultural que podemos rescatar de Japón. La perspectiva de la historia es entonces un elemento característico en Trono de sangre; no es en sí la bruja quien nos cuenta la historia, sino la ética, de alguna manera encarnada en este personaje. El mensaje, transmitido por medio de una canción que abarca la síntesis de la obra con una letra poética, se escucha al principio y al final de la película, abarcando así una lectura a priori y otro diferente a posteriori. Trono de sangre es un enseñanza de las repercusiones tanto personales como colectivas cuando el individuo perteneciente al grupo pretende sacar ventaja de su situación para hacerse de poder. Sin embargo, el mensaje no se transmite como un sermón, sino poéticamente a través de una serie de eventos que gradualmente saca el lado más corrupto del más correcto de los hombres. La síntesis de la película es la naturaleza ambiciosa del ser humano, llamado “mortal” desde la perspectiva del personaje mitológico de la bruja del bosque.

Shakespeare seguirá dando frutos a través del cine, algunos serán buenos y algunos otros no tanto, pero por ahora nos podemos enfocar en este legado que ya tenemos en nuestras manos, y podemos decir que Kurosawa no sólo realizó una excelente adaptación de Macbeth, sino una gran película.

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