Bajo el cielo Mexicano: La grandeza de la fotografía de Gabriel Figueroa

Natalia Martínez: @Nataliama2

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María Candelaria (1943) de Emilio Fernández.

La cinematografía es el idioma que utiliza el séptimo arte para comunicarse. Sí. Toda historia nace de una idea, de un guión, pero en el particular caso del cine, la cámara es la herramienta que provee la imagen en movimiento, el lenguaje que utiliza esta manifestación artística para llegar a sus miles y miles de aficionados. Los encuadres, la luz haciendo juego con la sombra, los ángulos, los movimientos de cámara y la paleta de colores constituyen elementos de este lenguaje articulado. Es importante considerar a la cinematografía como lo que es: no solamente la elección inerte de un encuadre, sino miles, millones de encuadres, uno después de otro, que al sumarse logran dar un cuerpo y una forma coherente a la historia que se desea trasmitir.

No lo pensamos, atribuimos ese mar de emociones que despierta en nosotros el cine a la brillantez de los diálogos o a las actuaciones: no se nos ocurre pensar que tal vez es el juego de luces, la velocidad de la cámara, el ángulo desde el que se presenta. La belleza y potencia del cine radica en su cinematografía.

“Estoy seguro de que si algún mérito tengo, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida.” – Gabriel Figueroa.

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Nació en la Ciudad de México en 1907. Su madre murió al darlo a luz, por lo que creció bajo el cuidado de sus tías. Tras haber estudiado pintura, en 1935, los estudios CLASA lo enviaron a estudiar cinematografía a Hollywood, donde se convierte en el pupilo de Gregg Toland, director de fotografía de Citizen Kane (Orson Welles, 1941).

Un año después vuelve a México para encargarse de la fotografía del melodrama Allá en el Rancho Grande (Fernando de Fuentes, 1936). Con solo un filme como cinematógrafo, Figueroa enamoró los corazones del público internacional con su manera de capturar a México, logrando el primer reconocimiento internacional para la imagen latinoamericana en el Festival Internacional de Venecia (1938). 

Se dice que el trabajo de Figueroa está fuertemente influenciado por el muralismo. “Fui el único director de fotografía que tuvo tal conexión con los muralistas. Siempre encontré en ellos lo que quería, ellos miraron mis películas, gustándoles y criticándolas. Decían que mis películas eran murales en movimiento.” Aprendió del muralismo y de sus exponentes la esencia que emana nuestra cultura. E intentó transportar el ímpetu que caracteriza la pintura muralista, al cine.  

En los años cuarenta, Figueroa realizó su primer trabajo bajo la dirección del Indio Fernández, Flor silvestre (1943), en la que se comienza apreciar la influencia que había impreso tanto Rivera como Siqueiros en la imagen del fotógrafo.

La gran fotografía del filme María Candelaria (1943), se consiguió utilizando filtros infrarrojos, para lograr así darle a la imagen un efecto tridimensional y aumentar la intensidad del contraste entre las sombras y la luz de los planos.

Fue con este filme que los encuadres de Figueroa en el exterior se convirtieron en un verdadero hito, se comenzó a hablar de la majestuosidad de sus cielos o de la belleza de sus nubes. Al fotógrafo le encantaba enmarcar a los personajes de la manera más natural posible: con el cielo. Los cielos de María Candelaria se llevaron el premio a la Mejor fotografía en Cannes, en 1942.

María Candelaria (1943) de Emilio Fernández.

En 1946, se llevó una vez más el premio a la mejor cinematografía de Venecia por la película La Perla. La historia de Quino, un clavadista que tras descubrir una perla en el fondo del mar, mata a un sujeto que se la intentó robar. Huye del rancho con su esposa Juana y su hijo. La película trata del viaje que realiza esta humilde familia para lograr darle una mejor educación a su hijo. Considerado por muchos críticos, un homenaje al indigenismo latinoamericano. El filme Enamorada (1946) y éste, contienen las tomas favoritas de Figueroa.

La perla (1946) de Emilio Fernández.

Enamorada posee una emoción plástica fabulosa, con todas las sombras alargadas de los soldados que están proyectados en la casa de ella, y ella corriendo en medio de las sombras. Es muy impresionante esa escena.” – Gabriel Figueroa.

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Fotograma de Enamorada (1946) de Emilio Fernández

Entre las casi 200 producciones en las que trabajó, Figueroa retrató a actores y actrices como María Felix, Pedro Armendáriz y Dolores del Río. Fue un exponente valioso para los más grandes directores de la época de oro del cine nacional: Alejandro Galindo Mientras México duerme (1938), Roberto Gavaldón, Camelia (1954) y el español Luis Buñuel, Él (1952).

Lo apodaron el mago de la luz por sus claroscuros. Un pintor obsesionado con las sombras que se forman bajo el cielo mexicano. Con la sutilidad del blanco y negro captó, bajo las nubes, nuestros más bellos paisajes y rostros. La fotografía de Gabriel Figueroa, acatada a la realidad de nuestro pueblo, llenó de potencia y convirtió la imagen de la época de oro del cine mexicano en un emblema que se quedaría para siempre en el imaginario de nuestro país.

… La percepción épica de las masas (el pueblo como escultura en movimiento), la galería de los rostros significativos, la revelación de la estética popular (la belleza en la pobreza), el uso de la luz como el relato dentro del relato, donde afloran las verdades subterráneas”. – Carlos Monsivais.

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