La La Land: una carta de amor al músical hecha película

Natalia Martínez A: @NataliaMa2

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En Madrid hacía más frio de lo normal el día en que se estrenó el filme más esperado del año, ése del que todo el mundo habla, la película del director de Whiplash (2014), Damien Cazelle: La La Land (2016). Sabía que valía la pena dejar la calefacción de mi piso, abrirme paso entre la niebla, ser abrazada por un panorama invernal carente de color, sentir cómo las orejas se me congelan y, en fin, todo lo que involucra caminar por la calle a -3 grados centígrados, para ser testigo de la cinta que despertó el furor de la crítica y el público. Emprendí mi camino. Me senté en esa butaca, rodeada de desconocidos, para redescubrir mi amor por el cine, por la ficción, por el arte, para reanimar mis ilusiones de artista entumecidas por una vida laboral que poco juega a su favor, para reposicionar al enamoramiento como la fuerza capaz de hacernos percibir lo simple y cotidiano como algo mágico.

La La Land es la última película del anteriormente mencionado y músico frustrado, Damien Chazelle; el joven director de la premiada Whiplash (2014), que se centra en la intensa relación entre un estricto profesor de música y su alumno de batería, y Guy and Madeline on a Park Bench (2009), un musical muy al estilo de la Nouvelle Vague. El director y guionista, en cada uno de sus filmes, nos ha presentado personajes masculinos cuya principal fuerza motora es la música, el jazz.

La película nos presenta una historia que per sé no se separa mucho de la clásica estructura de un simple cuento de amor, en la que se encuentran dos artistas soñadores y frustrados: el pianista Sebastian (Ryan Gosling) y la actriz Mia (Emma Stone). Comienzan por no tolerarse, claro, para pasar después a darse cuenta de las muchas coincidencias que existen entre ambos y el valor y la fuerza que el uno le puede dar a las metas y los sueños del otro. Una base simple, una historia como muchas otras pero que se vuelve contagiosa y mágica. ¿Qué hizo, entonces, Chazelle para entregar semejante obra maestra, meritoria de 14 nominaciones a los premios de la Academia?

Al igual que la ganadora del Óscar a Mejor Película The Artist (2011), La La Land nos muestra, a través de un diseño de producción que conjuga lo vintage con lo actual, así como cortes y movimientos de cámara parecidos a los de los años 50’s, la nostalgia por una industria cinematográfica que se dedicaba más a vender fantasías musicales que a fabricar superhéroes o remakes y reboots al por mayor. En un mundo en el que la humanidad se encuentra sumida en la inextinguible testarudez por la autodestrucción; ¿Quién no va a querer sumergirse en esos mundos paralelos tan llenos de color y música? La ficción es y siempre será el mecanismo de escape por excelencia de la humanidad. La nostalgia es básica en tiempos de incertidumbre.

El casting fue otra carta muy bien jugada, y por casting nos referimos principalmente a la manera en que Emma Stone convierte a un personaje, en principio blando y carente de profundidad, en alguien complejo pero encantador, con quien cualquier otra joven aspirante a artista se podría sentir identificada. Su escena, Audition (The Fools Who Dream), es, hasta hoy, la interpretación más poderosa que ha realizado en su carrera. El septiembre pasado, Stone ganó la Copa Volpi a Mejor Actriz en el Festival de Venecia.

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Otro elemento, ya muy mencionado, es, sin lugar a dudas, la inclusión casi protagónica de la música en la narración del filme. La La Land sí es un musical, pero no encaja con las reglas del juego seguidas por la mayoría de los musicales. Gran parte de la historia trascurre fuera del plano sonoro. Es Sebastian quien, con su música, explica cuál debe ser el sentimiento del público en cada escena. Las canciones funcionan, pues, como la guía emocional del espectador. Sin embargo, no son las que narran la historia, como pasa en la mayoría de los musicales a los que estamos acostumbrados.

“La música es capaz de evocar el núcleo mismo, el núcleo de las estructuras cerebrales responsables y creadoras de nuestro universo emocional.” – Stefan Koelsch, profesor de psicología musical de la Universidad de Bergen, Noruega.

Damien Chazelle nos cautiva con su obra maestra. Nos enseña los colores tan vívidos con los que presencian el mundo los enamorados. Crea una película que se convierte en el himno de las parejas de artistas, que mano a mano, intentan realizar los sueños más descabellados. Retrata a los que idealizan, fantasean despiertos, a esos que aspiran a, con el arte, hacer de este mundo un lugar más habitable. Se la dedica, así como canta Mia, a los tontos que sueñan, a las mentes desastrosas, a los locos con corazones rotos.

“A bit of madness is key, to give us new colors to see. Who knows where it will lead us? And that’s why they need us.”

La La Land es una carta de amor al cine musical, a la música, al arte. Pero es también una carta de amor, así, a secas; Chazelle, uniendo lo anteriormente dicho y más, hace una fiel recreación de lo que es estar enamorado: la magia, las miradas, los colores, el sentir que nuestra vida se parece a las películas de ese Hollywood clásico. ¡Sí, eso fue: una carta de amor! Porque al final, todos recordamos a alguien al ver La La Land, y esa persona a la que imaginaste mientras veías el filme, es… dejémoslo así, ustedes saben lo que esa persona representa.

“Who knows? Is this the start of something wonderful? Or one more dream, that I cannot make true?”.

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