Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha: El despiadado rostro de la impunidad hecho película.

Natalia Martínez: @NataliaMa2

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“(…) la ciudad está enferma. A otros les espera el deber de cuidar y de educar. ¡A nosotros el deber de reprimir! ¡La represión es nuestra vacuna! ¡La represión es civilización!” – Il Dottore, Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto.

Son dos los grupos que deben coexistir para que el orden social funcione. Así como lo explica Hobbes en Leviatán, las masas, conscientes de que la violencia es parte inexorable de la esencia humana y respondiendo a su instinto de conservación, crean un contrato en el que la mayoría de los individuos ceden su libertad a una autoridad que dirima entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. En un intento por hacer que la vida en sociedad funcione, nos fraccionamos entre los que obedecen la ley y los pocos que hacen valer la ley. Yo, ciudadano civil, obedezco y soy vigilado. Tú, policía, juez, alcalde, gobernador, senador, diputado; tu historia es diferente a la mía. Tú vigilas, le agregas una que otra nueva regla al juego, haces cumplir la ley.

¿Qué sucede, entonces, cuando uno de ésos que rigen por encima de lo legal, que preservan los estatutos sociales, que juzgan y condenan al criminal, comete un delito? Digamos, por ejemplo, el traspaso de millones del erario público a su cuenta personal para mantenerse a él mismo y a sus demás amistades, los vínculos económicos con el crimen organizado, el mandar matar a varios periodistas por haberlo intentado inculpar o (¿Por qué no?) un homicidio pasional que sabe a thriller.

A ése que ha tenido el privilegio de redactar y hacer valer la ley ¿Quién lo juzga? ¿Quién lo vigila? ¿Quién lo condena? ¿Será que hace y deshace gozando de inmunidad legal? ¿A quién obedece la autoridad? Cuestionarse esto no hace más que reafirmar la escalofriante teoría del panóptico de Michel Foucault. La sociedad, para el filósofo francés, se parece bastante a una unidad carceralia que se construye en torno a un panóptico que todo lo ve. El vigilante hace del encarcelado una cosa a vigilar, a controlar, a la que imponer disciplina. El vigilante ve, pero no es visto. El encarcelado es visto, pero no ve.

***

Allí está él. El jefe del departamento de homicidios de Roma camina erguido, su expresión dura parece inmutable. La majestuosa música de Ennio Morricone, acompaña los movimientos corpóreos del comisario. Éste entra a un inmueble barroco, un apartamento desordenado, caótico, hogar de una bella mujer joven y de cabello oscuro. En pleno encuentro sexual, el sujeto asfixia a su amante. Ella cae muerta. Él se lava las manos, se viste. Comienza a repartir, relajado, pruebas de su culpabilidad de esquina a esquina.

El filme Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto (Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha, 1970) de Elio Petri, nos presenta un estudio exhaustivo, preciso pero grotesco de la impunidad con la que ejercitan sus funciones muchos de los miembros de la esfera del poder. El personaje principal del filme es el inspector jefe del departamento de homicidios de Roma, Il Dottore. Es un fascista sin nombre, representante de la institución, carismático, despiadado que busca, a como dé lugar, hacer cumplir la ley. Magníficamente personificado por Gian Maria Volonté, este oficial decide demostrar el teorema del poder estrangulando a su caótica amante. Deja, voluntariamente, una cadena de pistas que no hacen más que inculparlo, en manos de los investigadores de su propio departamento. Con cinismo, este electrizante personaje quiere reafirmar su condición de indemnidad ante la ley, de ciudadano incapaz de ser juzgado, libre de toda sospecha.

“El cine no es para las élites, sino para la masa. Hablar para una élite intelectual es como no hablar para nadie. No considero que pueda hacerse una revolución por medio del cine. Creo, en cambio, en un proceso dialéctico que debe comenzar entre las grandes masas, por medio de las películas y otros medios posibles.”-  Elio Petri

Es importante que nos situemos en la época en que fue filmada esta obra maestra. Indagine surge después de la fiebre estudiantil del año 1968 y durante los famosos Anni di Piombo en Italia, un periodo de turbulencia social y política marcado por graves incidentes debido a la lucha entre conservadores e izquierdistas. Petri, tras su participación activa en los levantamientos estudiantiles, apunta en el filme su esperpento en dirección a la policía. Los primeros a cargo de la reprimenda ante cualquier indicio de insurrección.

La película es un análisis desde todos los ángulos del personaje principal. La narración se suministra entre el trabajo del Dottore como autoridad irrefutable, la investigación del crimen y recuerdos que nos develan cómo era su romance con Augusta Terzi, la mujer a la que asesinó. Petri nos presenta así al protagonista de la trama, uno de los personajes más paradójicos y seductores de la historia del cine. Un asesino que cree irrefutablemente en la ley, Dostoievskiano, que ejerce un poder absoluto mediante la intimidación, un ser que jamás será llamado culpable a pesar de que todos los indicios lo apunten.

El homicidio sucede el mismo día en que el Dottore es nominado como el nuevo jefe de policías. En su discurso, una de las escenas emblemáticas del filme, proclama que “la libertad amenaza a los poderes tradicionales, a la autoridad constituida. Estamos aquí para hacer valer la ley, que es inmutable, tallada en el tiempo”. Una manera de hablar y elección de palabras que recuerda a la de Juan Domingo Perón y la de Augusto Pinochet, en el que el protagonista sitúa a los manifestantes, a los que muestran cualquier tipo de rebelión contra la autoridad, al nivel de un homicida.

“El uso de la libertad intenta convertir a cualquier ciudadano en un juez, nos impide desarrollar libremente nuestras funciones sacrosantas.”– Il Dottore, Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto.

Con esta obra Elio Petri deja frío a su público. Le hace ver que la impunidad es el primero de los males de una sociedad. Un ciudadano, que según la ley debe ser juzgado como cualquier otro, pero que goza de la posición idónea para mancharse de sangre su camisa blanca, gritar su culpabilidad a los siete vientos y aun así no tener represaría alguna. El director nos presenta una película que es de admirar desde todos los ángulos: por su calidad de cine convencional, por sus tintes de giallo, por la tan acertada música de Ennio Morricone, la interpretación de Volonté, por su fotografía y su trama, por el guion, por su denuncia clara y audible que le da un giro de tuerca nunca antes visto al género policiaco. Por su punto de vista sarcástico pero Orwelliano de un poder que está dispuesto a todo por mantener la disciplina.

Ha pasado casi medio siglo desde que Elio Petri llevó a la gran pantalla su obra maestra. Casi medio siglo y seguimos escuchando en la voz de Il Dottore a muchos de los representantes de la autoridad. Ha pasado casi medio siglo y la etiqueta de inmunidad sigue llenando de tranquilidad las mentes retorcidas de los que dictan la ley. La neurosis del poder que dibuja Petri, por lo menos en mi país, sigue latente. La arbitrariedad, la impunidad, se manifiesta escondida detrás del logotipo de partidos políticos con ilusorios discursos de progreso que a final de cuentas se mantienen a costa del sudor de sus compatriotas, se disfraza del policía que omite su multa a cambio de un billete de cuatro dígitos, de un juez que deja libre a un violador porque es su pariente o el hijo de su amigo. Se manifiesta en el número de ladrones, criminales, asesinos, que gozan de un poder que los libera de consecuencias legales.

El cine, así como cualquier otra forma de arte, debe denunciar y hacer ver lo que tanto nos gustaría ignorar. Esta obra maestra de la cinematografía italiana es un estudio exhaustivo del poder y sus técnicas de represión. ¡Es una maravilla del séptimo arte!

El ciudadano civil debe premeditar cada acción, ya que si arremete contra la ley puede ser aspirante a la condena. Hay a quienes se les permite actuar como se les dé la gana, destruir, abusar de su nivel de autoridad, hacer y deshacer. Lo más peligroso de ésos pocos insolentes, neuróticos del poder, como Il Dottore, es que son muy conscientes de su calidad de ciudadanos al di sopra di ogni sospetto.

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One thought on “Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha: El despiadado rostro de la impunidad hecho película.

  1. Fernando Ollero Butler 10 mayo, 2017 / 4:54 pm

    Lo que nos muestra Petri en su magnífico filme es una sociedad que se haya a cuatro pasos del fascismo, y entre todos los factores que conforman el camino que acaba inexorablemente en la negación activa de las libertades ciudadanas, elige la impunidad del amplio círculo dirigente para moverse a su antojo en todos los escenarios posibles, ya legales o ilegales. Es la puesta en escena de la “erótica del poder”, según la cuál, el poder y quien lo ejerce transmiten al ciudadano su condición de intocables sea cual sea la actividad que desarrollen al margen de las instituciones del Estado o incluso dentro de ellas.

    La coyuntura socio-política de la República Italiana en el momento en que Petri nos la explica era insostenible. El poder había llegado demasiado lejos en la violación de las leyes que garantizaban las libertades democráticas y necesitaba de pretextos para no flaquear en su encarnizada batalla contra la libertad de los ciudadanos. El sistema electoral, que fragmentaba el Parlamento italiano en un sinnúmero de formaciones políticas, muchas de ellas -como el partido radical de Panetta o el partido socialista de Betino Craxi- alcanzaban una sustanciosa representación parlamentaria habiendo obtenido en las urnas apenas un 2% de los votos populares, lo que aseguraba al mayoritario -aunque no hegemónico- partido de la Democracia Cristiana suficientes apoyos parlamentarios para cerrar el paso al poderoso Partido Comunista Italiano, el partido de Gramsci, de Longo, del gran Togliatti, cuya muerte constituyó la enésima provocación del poder político amaestrado y corrupto al único partido democrático del espectro político italiano, lo que llevó a escribir al periodista más afamado de Italia que “los comunistas saludan con el puño en alto, pero son los únicos en Italia que pueden abrir la mano sin temor a que de ella caigan monedas al suelo”. El hecho merece ser narrado para mostrar la repugnante actitud de los democristianos, siempre a las órdenes del Vaticano y de la Mafia. El caso es que los partidos confesionales vieron en el entierro de Togliatti la gran oportunidad para demostrar que lo que realmente anhelaba el PCI era tomar el poder por las malas, aprovechando que dos millones de comunistas y simpatizantes iban a darse cita en Roma para despedir a su líder carismático. La prensa de derechas aireó en primera página esta ciega consigna Vaticana. Pero hete aquí que los comunistas, una masa enorme que desfiló sin apenas banderas y en silencio, se limitaron a llorar la muerte de su secretario general. Había que seguir provocando, y los párrocos de todas las iglesias de Roma recibieron la orden de echar las campanas de sus templos al vuelo tocando a gloria como cuando se celebra un acontecimiento feliz. Pero los comunistas hicieron oídos sordos a las campanadas y continuaron su marcha pacífica.

    A todo esto, la conexión DC-Mafia-Opus-Vaticano se hacía cada día más evidente, pero como constituían el núcleo del poder y el poder es omnímodo y vanidoso, la trama criminal continuó con sus actividades delictivas, que incluían la trata de blancas, la corrupción de menores, el tráfico de drogas, el de influencias, los delitos económicos, los secuestros, los asesinatos, etc, etc. Y así hasta el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro, el único dirigente democristiano partidario de un compromiso con los comunistas y de la formación de un gobierno de concentración que incluyera a estos últimos, suficiente para que sus compañeros de secta decidieran asesinarlo, atribuyendo el hecho a una oscura organización ultra izquierdista, las Brigadas Rojas, que nunca desmintieron su participación. Las lagrimas y los golpes de pecho, el cadáver de Moro apareciendo en la maleta de un coche, hicieron de toda Italia un mentidero de enormes proporciones, con un ambiente viciado y pregolpista -la policía y los servicios de inteligencia también formaban parte de la trama.

    Así las cosas, un grupo de fiscales jóvenes se reúne en secreto y acuerda iniciar una investigación para poner fin a la situación. Los fiscales decidieron llamar al caso Tangentópolis y ese nombre comenzó a recorrer Italia como un reguero de pólvora. Y los fiscales jóvenes, limpios de polvo y paja, lo consiguieron, y consiguieron tanto, que el Parlamento quedó vacío de parlamentarios; solo los comunistas ocupaban los escaños de la bancada izquierda del hemiciclo. Todos los partidos salvo el comunista y el radical, estaban complicados en la trama y fueron disueltos sin contemplaciones. Otra República renovada ocupó el lugar de la anterior, se purgó a la policía, se disolvieron los servicios secretos e Italia comenzó una nueva vida sin la opresión de un poder corrupto hasta las raíces.

    Perdona la lección sobre los últimos cincuenta años de nuestro país casi hermano, pero era necesario ilustrarte la vida de Italia en los años del plomo. Esos en los que un jefe de policía asesinaba a una mujer, a la sazón, su amante, por el mero hecho de demostrar al país, que él y sus más cercanos eran intocables y estaban por encima del bien y del mal. Y en este contexto, precisamente en este, sitúa Petri la acción de su enorme película.

    Tu texto es cada vez más fluido y rico; si he tenido algo que ver en ello, me felicito y me doy unas palmadas en la espalda

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