Akira; entre la innovación del anime y la distopía nuclear

Jose Hernández: @josechj7

Akira Tyler Stout
Póster de Akira, diseño de Tyler Stout

Empezando el 2017 (o probablemente en algún punto del año pasado) me di la tarea de ver Regular Show (J.G. Quintel, 2010-2017) de principio a fin; una serie animada que rápidamente se posicionó entre una de mis favoritas. Cuando se acercaba la fecha de Halloween, Regular Show solía hacer un episodio especial en el que el “cast” aparecía disfrazado de diversos personajes de la cultura pop: Samus Aran de la franquicia Metroid (Nintendo, 1986-), Beatrix Kiddo de Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003), Snake Plisen de Escape from New York (John Carpenter, 1981), por mencionar tan solo algunos.

Mientras veía el especial de Halloween de la octava temporada (episodio 19-20), el atuendo de los dos personajes principales llamó mi atención por dos razones: lucían increíbles y no tenía idea de a qué hacían alusión. Tras terminar el episodio, investigué al respecto y descubrí que se trataba de una animación japonesa. Estos no referían a la Princesa Mononoke (1997), como suponía inicialmente, si no al hito del anime Akira (1988).

El mangaka, escritor y director japonés Katsushiro Ōtomo dio vida a Akira como un manga en el año 1984. Su éxito fue tal que llegó a los Estados Unidos de la mano de Marvel Comics como encargada de los derechos de publicación. Aún con tremenda recepción, Ōtomo sabía que su obra daba para más, por lo que decidió dirigir su adaptación cinematográfica a finales de aquella década.

Akira 1

Akira se sitúa en el año 2019, en Neo-Tokio, treinta años después de que una enorme explosión destruyese la otrora capital de Japón. Esta nueva urbe logró regenerar e hipermodernizar su infraestructura, pero sus habitantes viven una desestabilización social que deriva en confrontaciones entre estudiantes, terroristas rebeldes y el gobierno. Entre los estudiantes encontramos a Shotaro Kaneda, líder de Los Cápsulas, una banda de motociclistas a la que también pertenece su amigo de la infancia (y compañero de orfanato) Tetsuo Shima. Después de una riña con la banda rival Los Payasos, Tetsuo sufre un accidente cuando intenta no atropellar a un niño que se encuentra en medio del asfalto. El infante, que resulta tener poderes psíquicos, y es también objeto de pruebas científicas por el gobierno, hace explotar la moto de Tetsuo y activa en él una especie de poderes similares. Acto seguido, llegan los militares a la escena, recuperando a su experimento en fuga y encontrando en Tetsuo un nuevo conejillo de indias. El objetivo de los uniformados y científicos es encontrar un sujeto de igual o mayor poder que Akira, quien causó la explosión que cambió sus vidas treinta años atrás.

La banda sonora, a cargo de Shōji Yamashiro y el colectivo Geinoh Yamashirogumi, acentúa los momentos de tensión con una mezcla de elementos folclóricos tradicionales de Japón y otros más progresivos. A pesar de algunos percances en su producción -la música fue compuesta antes de que el equipo viese el corte final de la película, teniendo que reescribir las piezas de modo que cuadrara con las escenas-, el resultado final terminó siendo uno de los elementos más emblemáticos de la cinta.

Combinando música y animación, Akira se convirtió rápidamente en una figura de culto dentro del ciberpunk. Este subgénero de la ciencia ficción comprende historias en contextos donde la alta tecnología domina a la sociedad, degradando la calidad de vida a una distopía. Entre los ejemplos más comunes del cine ciberpunk encontramos Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Death Machine (Stephen Norrington, 1994), Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995) y Robocop (Paul Verhoeven, 1987), por nombrar algunos títulos. Akira nos presenta una enorme urbe plagada de rascacielos y cuyas calles están repletas de anarquistas y marginados; los escenarios lúgubres y desalentadores son la norma en este universo.

No obstante la naturaleza estética del ciberpunk, Akira cuenta con una paleta de color compuesta por 327 tonos diferentes, de los cuales 50 fueron creados exclusivamente para el proyecto. El filme también incluyó técnicas de animación innovadoras para el Japón de la época, como grabar los diálogos antes de realizar los dibujos, logrando de esta manera una sincronía casi perfecta en los labios de los personajes, al igual que un diseño más preciso en sus gestos. El ambicioso proyecto de Katsushiro Ōtomo se logró en colaboración con el grupo denominado “El Comité AKIRA” que unía los esfuerzos de ocho de las empresas de entretenimiento más prestigiosas del país oriental. Cuando Ōtomo solicitó la ayuda de Steven Spielberg y George Lucas para la distribución del filme en Estados Unidos, éstos se negaron, creyendo que el producto no sería bien recibido por la audiencia estadounidense. Con una recaudación de 49 millones de dólares al rededor del mundo, Akira demostró que lo anterior no podía estar más alejado de la realidad.

Por otro lado, la cinta también logró una gran apertura en el mercado occidental de productos como el anime y el manga; la positiva recepción en este lado del mundo de series animadas como Dragon Ball Z (Toei Animations, 1989-1996) y Cowboy Bebop (Shinichirō Watanabe, 1998-1999), o incluso de las muchas producciones de Studio Ghibli, se deben en parte al éxito que Akira significó en su momento. Pero tal vez la característica más interesante de Akira es su resonancia en la actualidad. El filme nos ilustra una serie de nefastas consecuencias a raíz de la negligencia en el uso de la energía nuclear. De la mano de Tetsuo, somos testigos de un escenario ficticio que nos invita a la especulación en una realidad donde aún existe una tensión entre las grandes potencias del mundo en materia de armamento nuclear. Contaminación por donde mires, familias desintegradas y una sociedad que no aguanta un mundo post apocalíptico, todo por unos cuantos que jugaron con un poder que no comprendían; científicos y políticos que pensaban ser dioses e intentaron controlar a AKIRA.

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