Barbarella: liberación sexual en el espacio exterior

Natalia Martínez Alcalde: @NataliaMa2

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En cuestiones familiares, las odiseas al espacio gozaban de un escenario bastante similar al de la guerra. Hay una avalancha de filmes hollywoodenses sobre misiones dedicadas a “salvar a la humanidad completa” a través de algún intrincado viaje espacial, en los que la mujer espera atenta con los pies siempre fijos sobre pavimento estadounidense. “Científicos de la NASA sugirieron que la gran incertidumbre del cuerpo femenino, especialmente durante la menstruación, la hacía incapacitada para formar parte de las labores astronáuticas,” asegura Lisa Sparks en su libro Swinging Single: Representing Sexuality in the 1960s. Como es de esperarse, ante dicha formulación científica varios políticos arremetieron calificando a la participación femenina en el espacio como un riesgo nacional, alimentando el eterno mito de que las mujeres somos demasiado emocionales para manejar con coherencia misiones de dicho nivel. Sin embargo, en esa misma década un francés llamado Jean-Claude Forest dibujaba a forma de cómic una serie de aventuras intergalácticas, de naves, científicos y alienígenas. El principal distintivo: el género del protagonista. Una astronauta sexy, rubia, de una belleza estelar, que descubre los distintos matices de su sexualidad hasta entonces bajo el estigma del tabú. Era así como alguien del otro lado del charco comenzaba a darle forma a mi adorada Barbarella.

Barbarella se publicó como una tira cómica semi-pornográfica para la revista francesa V magazine en el año 1962. Después de su rotundo éxito, fue traducida al inglés y publicada en Estados Unidos. Cinco años más tarde, el cineasta francés Roger Vadim adaptó el cómic al guión cinematográfico describiendo a la heroína como “una sensual Alicia en el país de las maravillas del futuro”. El equipo de Barbarella consideró que Hollywood estaba listo para una historia fuera de los cánones de lo formulario que le diera la espalda al sentido de la eterna pureza femenina y se atreviera a celebrar a la mujer a través de la exploración de su propia sexualidad. En 1968, un año antes de que Neil Armstrong pisara la luna, la primera astronauta de la historia mediática, encarnada por una hermosa Jane Fonda, llegaba a la pantalla grande para quedarse grabada en el imaginario popular.

La trama podría parecer tan absurda, tan Ionesquiana, que cautiva a todo amante de lo ilógico y asusta a cuantos no sepan jugar sin un claro esquema de reglas y convenciones. A fin de cuentas, ¿Qué se puede esperar de un francés de los sesentas?

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Jane Fonda es Barbarella

En el año 40,000, una astronauta rubia es enviada al espacio por el presidente de la República (Claude Dauphin) para localizar a un terrible científico llamado Durand Durand (Milo O’Shea). Siendo completamente ajena al sexo – en la Tierra se utilizan pastillas a método de reproducción y el acto sexual es visto como una mera distracción –, Barbarella sostiene relaciones por primera vez en su vida con Mark Hand (Ugo Tognazzi) después de que su nave se estrella en el planeta SoGo, lo que desencadena un número de encuentros sexuales y aventuras con diversos personajes intergalácticos.

Barbarella podría bien ser considerada una mujer modelo de la época de la liberación sexual. Hablamos de los ideales de los 60s: las protestas pacifistas en contra de la guerra de Vietnam, el nacimiento de la segunda ola del feminismo con publicaciones como Mística de la feminidad de Betty Friedan y la ya nombrada revolución sexual que se caracteriza por la aceptación creciente del sexo fuera de las normas tradicionales. Esta misma faceta de la trama, como es de esperarse, derivó en gritos de angustia y la exigencia de censura por parte de un número elevado de estadounidenses. Algunos catalogaron la interpretación de Jane Fonda como “sexy y atrevida”, muchos otros detestaron el filme, tachándolo de basura estrafalaria, colorida y adolescente. No en vano nos estamos refiriendo a una de las 100 peores películas de la historia y, al mismo tiempo, una de las más grandes películas de culto.

Pero, ¿Por qué películas tan malas y baratas generan una base de seguidores tan fieles? ¿Qué hay en la mente de estos espectadores del cine chatarra? El hilo conductor de todos ellos: su capacidad crítica. Sorpresivamente, los amantes de los filmes de serie B (o películas de explotación) suelen ser gente bastante inteligente. Por lo mismo no me sorprendí al leer sobre el estudio de Keyvan Sarkhosh, de la Universidad de Frankfurt, publicado en el periódico Poetics. “Podría parecer paradójico que algunos deliberadamente viesen filmes malos, embarazosos o incluso trastornados, y disfrutarlo”. Barbarella, pues, junto con muchos otros filmes de culto, puede ser catalogada como una forma de Paracinema, género que se crea con todo tipo de manifestaciones cinematográficas fuera de lo convencional. Curiosamente los pocos amigos que tengo que disfrutan de cine de explotación como bien podrían disfrutar del canon de obras maestras del cine mundial. ¿Casualidad? Al final, lo que hace que ellos disfruten de películas como Barbarella es justamente eso: la naturaleza transgresiva del filme, su subversión a los estándares cinematográficos o sociales. La ironía, el sarcasmo.

“El buen gusto no es simplemente el buen gusto, hay un buen gusto en el mal gusto” – Susan Sontag.

Lo cierto es que el filme y las aventuras sexuales de nuestra astronauta pueden ser leídos desde perspectivas muy diversas. Siendo feminista, bien se le puede odiar, por su naturaleza siempre tan femenil, tan ingenua, tan emocional, tan damisela en peligro esperando a ser rescatada por un hombre. Se le puede detestar también por su falta de coherencia cinematográfica, por su baja calidad en efectos especiales, por su absurdísimo y el diseño de producción tan Kitsch, colorido, exagerado. Desde un punto de vista religioso, se le puede condenar por su impudicia, por ser una mala influencia para muchas mujeres. “Una fantasía enferma y de mano pesada, con desnudos y representaciones gráficas de sadismo” gritó el NCOMP (National Catholic Office for Motion Pictures) militando por su censura. Barbarella es más bien una fantasía extravagante que contiene un nivel desvergonzado de sátira hacia el aún indefinido rol de la mujer en la sociedad, hacia la liberación sexual, hacia la emoción por los avances de la NASA, hacia el pudor religioso, y hacia el género de la ciencia ficción, el cual comenzaba a gozar de un prestigio nunca antes visto – ese mismo año se estrenaron 2001: A Space Odyssey (Stanley Kubrick, 1968) y Planet of the Apes (Franklin K. Schaffner, 1968).

Cierro contándoles la simple razón por la que cuando alguien me pregunta quién es mi superhéroe preferido, respondo sin chistar que es Barbarella. Esta heroína usa el sexo como el arma que la llevará a resolver los enigmas de la galaxia y salvar a la República. En una de las escenas más importantes, Durand Durand mete a la protagonista desnuda en su máquina ‘el Orgasmatron’ (por el nombre ya se imaginarán lo que ésta hace). Barbarella disfruta tanto la experiencia que destruye el aparato. “¿Pero qué tipo de niña eres? ¿¡No tienes vergüenza!?” grita el patriarcal científico.

Lo que, desde mi perspectiva, hace a Barbarella una superheroína no es el usar sus atributos sexuales como el arma que le permite resolver los problemas del espacio exterior, sino lo que dijo el mismo Durand Durand cuando ella rompió el Orgasmatron: su renuncia a la ética sexual impuesta a la mujer. Lo que la hace tan especial es su capacidad de disfrutar, aun siendo ingenuamente femenina, bella y rubia, sexy y atractiva. Su gritar sin tapujos a los cuatro vientos: “Oh, this is nice!”

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Barbarella en el Orgasmatron

Fuentes:

Radner H. & Lucket M (Ed.). (1999). Swinging Single: Representing Sexuality in the 1960s. Londres: University of Minnesota Press.

Sarkhosh, K. & Menninghaus, W. (2016). Enjoying Trash Films: Underlying Features, Viewing Stances, and Experiential Response Dimensions. Poetics, Vol.  57, p. 40-54.

Sontag, S. (1984). Contra la interpretación y otros ensayos. Barcelona: Seix Barral.

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