Zama: de un lento y tropical descenso a la locura

Jean Carlo Medina: @jeanmedina21

Daniel Giménez Cacho es Don Diego de Zama

Un timbre musical que parece descender infinitamente suena en el fondo. Don Diego de Zama (Daniel Giménez Cacho), ligeramente desalineado y con sudor en la frente, acaba de recibir noticias que le saben más a sentencia: a la Corona Española le tomará al menos otro par de años dar la orden para su traslado. La melodía descendiente se refleja en la mirada de Don Diego, hombre que lleva años atrapado en un limbo burocrático a las orillas de un rio paraguayo, lejos de su familia, esperando el momento en que le den orden de regresar. Para completar la escena, una llama entra a la habitación y se posa, inmutable, detrás de nuestro protagonista. Cabe mencionar que durante su larga espera Zama parece, poco a poco, estar perdiendo la cordura.

Ahora una bocanada de aire fresco. Zama (2017) es el cuarto largometraje de Lucrecia Martel, directora argentina que ha encabezado ya varios filmes reconocidos, ninguno de los cuales he tenido la fortuna de ver. No obstante, su genio se reconoce en la adaptación del libro del mismo nombre de Antonio de Benedetto, originalmente publicado en 1956. La novela sigue las desventuras del titular Don Diego de Zama, a lo largo de su estadía en un puesto fronterizo en Paraguay en algún momento del siglo XVIII. De manera acertada, Martel no menciona este contexto ni proporciona información adicional a lo largo de su película. Los espectadores sólo sabemos lo que sabe, o cree saber, Don Diego. Esto último es clave, pues Zama se concentra en colocar a la audiencia en el espacio mental del desventurado personaje principal. El tono musical descendiente, una ilusión auditiva conocida como la ‘escala de Shepard’*, se repetirá un par de ocasiones a lo largo del filme, cual indicador del hundimiento del protagonista—y por tanto del espectador, que comparte su mirada—, en un paisaje cada vez más violento y surreal. El primer plano de la cinta, por ejemplo, pareciera un cliché: vemos al colonizador, con sombrero de tricornio y espada corta en cintura, de pie en una playa y con la mirada en el ocaso. A sus espaldas un grupo de nativos semidesnudos pescan y hablan en una lengua nativa. Don Diego, mirando furtivamente hacia la cámara y hacia el grupo detrás de él, se acomoda y refina la pose, esperando de alguna manera ser reconocido por la figura de autoridad que le han dicho que es, o que quisiera ser. Lo que es más, en el fondo sabemos que el protagonista no ve el río con sabia contemplación, sino con un ferviente deseo de ver la barcaza que lo sacará del purgatorio en vida en que se encuentra. La imagen épica de colonizador en tierras incivilizadas es diestramente subvertida y ridiculizada. Don Diego es un personaje absurdo que se niega a perder la dignidad, incluso cuando los dados cósmicos caen constantemente en su contra. En otro episodio temprano un grupo de mujeres bañándose en la playa gritan ‘¡Mirón!’ al notar a Zama espiándolas desde detrás de un arbusto. Esta será la posición del personaje central durante su estadía; un mirón de las actividades de gobernadores, esposas de oficiales, comerciantes, e incluso de su propio hijo bastardo con una mujer indígena. ¿En qué nos convierte a nosotros, entonces? ¿Somos efectivamente la audiencia de Zama los mirones de un mirón? En varios momentos es evidente que Don Diego se miente a sí mismo, y por ende a nosotros; durante sus intercambios con otros personajes se repiten diálogos y frases, generando tanto en el protagonista como en el espectador un sentimiento de déjà vu. Como testigos dependemos completamente de la mirada del corregidor, y estamos a la merced de sus propios delirios y alucinaciones.

Hacia la segunda mitad del filme, Zama se resigna a completar una misión imposible: capturar al temible bandido Vicuña Porto (Matheus Nachtergaele), un hombre acusado de todos los males que azotan a la comunidad, y que ha sido capturado y ejecutado ya varias veces por las autoridades. Es en búsqueda de este bandido fantasma que las aventuras de Don Diego devienen en pesadilla, y que el filme despega hacia secuencias sensorialmente abrumadoras frente a un enigmático paisaje sudamericano. Cada vez se vuelve más difícil distinguir entre realidad y ficción, entre hombres y nombres, entre civilizados e incivilizados.

Zama es más que nada un filme sensual. Los planos largos en el paisaje paraguayo transmiten el calor húmedo que se precipita como sudor en los cuerpos de colonizadores y colonizados por igual. La actuación de Daniel Giménez Cacho como el personaje titular resalta por su moderación, dependiendo muchas veces en miradas sutiles y silencios profundos para transmitir el complejo y confuso estado mental de Don Diego. Asimismo, la impecable dirección de Martel favorece decisiones que provocan disonancia cognitiva, desde coloridas composiciones visuales que apelan al sinsentido surreal, hasta el ya mencionado uso de la escala de Shepard— este último un elemento que, en su versión ascendente, ha sido utilizado por Christopher Nolan para mantener un climax sostenido, mientras que Martel usa la variación descendiente para generar extrañeza y malestar. También es digna de resaltar la selección musical, compuesta en su mayoría por piezas instrumentales del dúo cincuentero Los Indios Tabajaras. Las aletargadas y tropicales guitarras son al mismo tiempo anacrónicas y efectivas. El sonido del purgatorio sería, finalmente, un playlist infinito de música de sala de espera.

En manos de otro realizador Zama correría el riesgo e hundirse por sus pretensiones literarias; es la hábil traducción audiovisual de Martel que convierte a este filme en una experiencia audiovisual que, más que una mirada racional requiere de dejarse llevar río arriba, y lentamente descender al perturbado pero lúcido corazón de Don Diego de Zama.

*La escala de Shepard es una ilusión auditiva que consiste en un tono que parece ascender o descender en perpetuidad, aunque en realidad no lo está haciendo (semejante a la ilusión óptica de lineas que ascienden en los postes de barberos a la antigua).

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