Mary and Max: De Australia, con amor

Jose Hernández: @josechj7

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Como ya ha sido costumbre con algunos de mis textos, éste es sobre una película que en un principio no quería ver. A inicios de junio mi amigo estaba por cumplir años y una amiga insistió en que debíamos ver este filme en la reunión que tendríamos en su casa. Miré el trailer y aunque disfruto del Stop Motion: Fantastic Mr. Fox (2009), Chicken Run, (2000), Wallace & Gromit (2005) y The Nightmare Before Christmas (1993) [ese último tenía que mencionarlo de cajón], el aspecto visual del filme que querían ver no llamaba mucho mi atención. Sin embargo, como vivimos en una democracia, cada quien se puso cómodo y disfrutamos del primer largometraje del director australiano Adam Elliot: Mary and Max (2009).

La película nos presenta una historia de amistad entre una niña de Melbourne, Australia, y un hombre de “La Gran Manzana”: Nueva York, Estados Unidos. Mary Daisy Dinkle (con la voz de Toni Collette) es una pequeña de 8 años amante de la leche condensada y fanática de la serie de TV “Los Noblets”, quien sufre de baja autoestima propiciada, entre otras cosas, por su ambiente familiar. Su padre le es prácticamente indiferente y se dedica sólo a su trabajo y a disecar aves que encuentra muertas en la carretera; su madre, que es con quien generalmente convive, es una alcohólica y cleptómana a la que tampoco parece importarle mucho el bienestar de Mary.

Un día, acompañando a su madre para el “día de compras” en el que su mamá solía “tomar prestados” diversos objetos, Mary encuentra un directorio de Nueva York y decide enviar una carta a una dirección al azar para preguntar cómo nacían los bebés en América, ya que su abuelo le había dicho que en Australia los bebés eran encontrados al fondo de los tarros de cerveza. La carta tenía como destinatario a Max Jerry Horowitz (con la voz de Philip Seymour Hoffman), un hombre de 44 años con sobrepeso, soltero, sin amigos; un alma solitaria que encontraba personas interesantes, pero incomprensibles.

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Ambos desarrollan una fuerte amistad a pesar de que la madre de Mary no esté de acuerdo con ello, pero esto se resuelve cuando Mary le dice a Max que envíe sus cartas con el vecino de enfrente, un señor de la tercera edad y con miedo al exterior (enfermedad que Mary reconoce como homofobia) a quien ella solía entregar su correo. Desde sus primeros minutos, la película no titubea en mostrar su ácido humor.

Mary and Max es biográfica según su director, pero el éxito de ella radica en la precisa construcción de sus personajes, que apoyados en un excelente guión logran que la audiencia empatice con ellos, a través de diferentes eventos significantes: la muerte de un ser querido, el rechazo, alcoholismo, ansiedad, traición y enojo, entre otras situaciones.

Para crear las animaciones de más de 200 personajes (dentro de las que aplaudo la precisión de las expresiones faciales), Adam Elliot contó con un equipo de cinco escultores a quienes tuvo que redactar una guía para que pudiesen lograr su estilo, en el que destaca la ausencia de las líneas rectas mientras que la utilería tiene el aspecto de estar arrojada, golpeada, maltratada en la escena.

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Sam Elliot, detrás de las escenas de Mary and Max

También el voice acting destaca en el filme, logrando plasmar con veracidad cada emoción en los personajes mientras escuchamos las voces de Barry Humphries (narrador), Collette (Mary adulta), Bethany Whitmore (Mary de niña) y Seymour Hoffman (Max), a quién irónicamente el director nunca llegó a conocer en persona durante el rodaje; a razón del limitado presupuesto del proyecto, el actor tuvo que grabar su voz desde un estudio en Nueva York.

Uno de los aspectos principales del filme (y de lo más interesante, en mi opinión) es la psicología, donde el síndrome de Asperger es objeto de desarrollo a lo largo de la historia.

Mary and Max tiene un corte depresivo, desde la paleta de colores que no parece variar mucho entre tonos de café y gris, pero es justamente en bajo esta estética que se esconden momentos de dicha y felicidad, conducidos por Mary y su eterno amigo por correspondencia, Max.

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Distopía: filmes que auguran un futuro pesimista.

Natalia Martínez: @NataliaMa2

¿Cómo será el futuro? Esta pregunta resuena a cada rato en la mente de los que aún perciben extenso el sendero de la vida, de los jóvenes conscientes del crecimiento tecnológico que ha logrado alterar toda regla de conducta social, de los padres novatos que toman la mano diminuta de su bebé para ayudarle a dar los primeros pasos. ¿Cómo será el futuro? Nos preguntamos muchos de repente, esperando con ansias que la pregunta se esfume y no aparezca en meses. Y es que al enumerar las vicisitudes de este presente tan revoltoso, tan caluroso, tan sensacionalista, tan tecnológico, tan irracional, sumergido en un sistema que convierte al individuo en engranajes que solo sirven para mantener la economía “estable” y sin blasón que nos defienda de la incertidumbre, tendemos a agachar la cabeza y pintar ese porvenir con tintes de pesimismo: al estilo desesperado del Grito de Münch.

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¿Cómo será el futuro? ¿Menos contacto físico? ¿Más realidad virtual? ¿Calentamiento global? ¿Armas nucleares? ¿Sobrepoblación? ¿Totalitarismo? ¿Qué nos espera?  Saca el aire, deja caer los hombros. Tranquilo. Como lo leíste en el título, este artículo habla de la distopía y ésta, a diferencia de la utopía, es una predicción pesimista de nuestro porvenir.

A lo largo de la historia muchos escritores y pensadores han intentado relatar la manera de llegar al futuro ideal, entre ellos podemos encontrar a Platón y a, claro, Tomás Moro. El progreso científico, social y político de la modernidad, nos hizo creer que ese futuro de paz y estabilidad estaba al alcance de nuestras manos. Sin embargo, ese mismo progreso que esperanzador se convirtió en motivo de competición, opresión y guerra. Así y entonces, fue que el género de la distopía – predicciones de un futuro pesimista siempre basándose en los caprichos del presente – tomó fuerza y vigor. ¿Cómo será el futuro? Se preguntaron  algunas de las mentes más brillantes y al momento de retratarlo, nadie optó por el optimismo.

H.G. Wells en pleno auge de la Revolución Industrial escribió La máquina del tiempo (1895), en el que imaginó a las clases privilegiadas y al proletariado evolucionando en especies distintas. Aldous Huxley, en Un mundo feliz (1932), cuando apenas comenzaba el fenómeno de la mass-media, imaginó a ciudadanos condicionados a llevar a cabo sus roles sociales mientras la propaganda, las drogas y el sexo mantienen a la sociedad distraída, satisfecha. George Orwell luchó contra el fascismo y el comunismo: primero se burló el Régimen Soviético con su libro Rebelión en la granja (1945), y en su novela 1984 (1949) arremetió contra el fascismo prediciendo un futuro en el que un gobierno totalitarista vigila cada momento en la vida de los habitantes.

Desde entonces, los escritores, testigos del crecimiento sin mesura de la tecnología, se preguntan, atemorizados, cómo será la existencia de la humanidad dentro de unos cuantos años. La ciencia ficción distópica se volvió recurrente y no solamente en libros, sino también en cine, comics, videojuegos. Robots rebelándose contra sus creadores como en Yo, robot (2004) o Ex Machina (2015). Sociedades carentes de derechos humanos como en la serie de comic books V de Vendetta (1982 – 1988) del brillante Alan Moore o la novela El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood. ¿Utopías? No se me ocurren muchas. La distopía parece ser un género cada vez más recurrente en el imaginario popular. Los escritores de este tipo de ficción intentan hacernos ver la manera en la que pueden llegar a desarrollarse nuestras actitudes actuales si no tomamos consciencia y rienda de ellas.

Te recomendamos aquí cinco películas distópicas: escalofriantes predicciones de nuestro futuro. ¿Qué tanto se acercan estas profecias a la realidad?

5. Metropolis (1927) de Fritz Lang

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Una de las primeras películas de ciencia ficción de la historia es esta producción de Fritz Lang perteneciente al Expresionismo Alemán.

Año 2026 en la ciudad de Metrópolis, la sociedad se ha dividido en dos. Por un lado, están los intelectuales, pensadores, que viven en la superficie y gozan de una vida cómoda. Debajo de la tierra se encuentran los trabajadores, esclavos que laboran sin parar para mantener la calidad de vida de los que nacieron privilegiados.

Marie (Brigitte Helm) es una trabajadora que lucha por la equidad de clases sociales. Freder (Gustav Froehlich), hijo del director de la ciudad y convenientemente ignorante de la vida debajo de su mundo, conocé a Marie y se enamora de ella. El joven baja a ese lugar desconocido para ser testigo de las tan abismales diferencias y de la terrible calidad de vida de los que habitan en el subsuelo. Freder, sintiéndose desgastado y repelido por lo que acaba de descubrir, decide unirse a la causa de su enamorada.

Un mundo en el que los poderosos saben que, para mantener su estilo de vida, es necesaria la sumisión de una gran parte de la población, la mano de obra barata y fácil, el ser humano que funcione como una pieza más en el rompecabezas de la manufactura y el servicio esclavizado e inconsciente de unos cuantos. Lanzada hace cien años y a menos de diez años de que lleguemos al año 2026: ¿Qué tanto nos parecemos a la sociedad que retrata Fritz Lang?

4. A Clockwork Orange (1971) de Stanley Kubrick

“Being the adventures of a Young man whose principal interests are rape, ultra-violence and Beethoven.”

A Clockwork Orange

La controversial película de Stanley Kubrick es la adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess. Trata de un sociópata, carismático y amante de Beethoven, que, junto con su pandilla, los drugos, comete los más vehementes y atroces crímenes. Alex (Malcolm McDowell), después de haber asesinado brutalmente a una mujer, es aprendido y condenado a 14 años de prisión, dos de los cuales pasará sometido a una terapia para curar sus arranques de violencia. El proceso de “curación” consiste en ver imágenes violentas acompañadas por música de Beethoven, bajo el efecto de drogas.

El tratamiento lo incapacita de toda violencia, incluso ésa necesaria como defensa personal. Alex no es capaz de mantener contacto con el cuerpo desnudo de una mujer. Pierde los estribos al escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven. En un mundo que se preocupa más por probar sus avances científicos que por los dilemas humanos y éticos, el criminal o el demente se convierte en el candidato idóneo para ser el conejillo de indias de cuantos experimentos de condicionamiento social sean necesarios.

“¿Puede extrañar que la prisión se asemeje a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles, a los hospitales, todos los cuales se asemejan a las prisiones?” – Michel Foucault. Vigilar y Castigar (1975).

3. Blade Runner (1982) de Ridley Scott

Adaptada de la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), el filme sitúa a su público a inicios del siglo XXI (nuestra actualidad). Los hombres han creado androides llamados “Replicantes” que son superiores a la raza humana en fuerza y agilidad, e iguales en inteligencia. Después de una rebelión por parte de los androides, éstos fueron vetados de la tierra y ahora hay algunos policías, Blade Runners, encargados de encontrarlos y deshacerse de ellos.

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Usando como escenario una ciudad en decadencia, en la que el capitalismo se extrapoló hasta el más enfermizo de sus niveles: basura y más basura, calles atiborradas, cosmopolitismo, mercados merodeadores y una perene lluvia gris. El pináculo del progreso económico, científico, tecnológico.

 “¿Qué hace postmoderno a Blade Runner? (…) El mundo de sólidos datos científicos y una historia con finalidad que nos legó la Ilustración europea, ¿es meramente un anhelo?” – David Lyon. Postmodernidad.

El filme nos entierra bajo una avalancha de disyuntivas sobre lo humano. Para descubrir quién es un Replicante se utiliza una prueba de empatía. Y tú  ¿Te compadeces ante las tragedias que te muestra una pantalla? Sí. ¿Y qué? En el filme, después, esos mismos seres humanos “empáticos” al sumarse a las masas se vuelven fríos, crueles, impersonales, egoístas, seres centrados en la búsqueda de su propia identidad.

2. Children of Men (2006) de Alfonso Cuarón

Children of men

El personaje principal de la historia, Theo (Clive Owen), fue creado por P.D. James en su novela homónima (1992). Cuarón llevo ejemplarmente a la gran pantalla un mundo al borde del colapso social. Situándose en el año 2027, cuando la raza humana ha perdido su capacidad de reproducirse y la desesperanza, la violencia y el sinsentido de la existencia rige la vida en sociedad. El filme nos muestra a un mundo liderado por medios de comunicación erráticos, por mentiras masificadas. En esta visión del futuro, Gran Bretaña es el último rincón de la tierra que aún funciona con algunos rasgos cívicos que permiten la vida en sociedad, por más gris que esta sea. El resto de los países están hundidos en un caos irresoluble.

Theo recobra la esperanza en el porvenir al conocer a Kee, una inmigrante embarazada, probablemente la única mujer del planeta esperando a convertirse en madre. La historia nos lleva por el ir y venir de Theo; su lucha por salvar al bebé de Kee. Mientras la cámara sigue al personaje principal de la historia, esta misma nos muestra el mundo tan irascible al que Theo está ya acostumbrado. Un país “estable”, gris, deshecho, que atrapa y deporta a los montones de extranjeros que llegan en busca de una vida digna en jaulas, con habitantes que viven aterrorizados por la inmigración, con medios de comunicación que muestran el terror constante en el que viven sumergidos los otros países.

En el filme Cuarón se vale de situar al arte sobre el asfalto para metaforizar la situación política y social de aquel mundo: usa referencias que van desde la Venus de Botticelli como símbolo de fertilidad, el David o la Piedad de Miguel Ángel, Guernica de Picasso para hacer alusión a las atrocidades de la guerra, Banksy y su constante denuncia social, incluso el cerdo volador del álbum Animals de Pink Floyd, una sátira al socialismo autoritario.

The Children of Men, tanto el libro como el filme, parece ser una interpretación, una oda, al poema The Wasteland de T.S. Elliot: un mundo infértil, atemorizado, consumista, que parece haber perdido su rumbo. Nosotros. ¿Hoy?

1. Her (2014) de Spike Jonze

Muchos tal vez no consideran este filme una distopía. Primero, porque su paleta de colores huye de los cielos grises y los días lluviosos. Segundo, porque parece retratar un mundo en el que no se sufre o por lo menos no tanto como en los filmes mencionados anteriormente. Her es una película de amor, un filme de romance moderno, tecnológico.

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En un futuro cercano donde el mundo vive tranquilo cómodo, Theodore (Joaquín Phoenix) solitario, deprimido y recién separado de su pareja, inicializa un nuevo sistema operativo que promete acompañar a sus usuarios a lo largo de sus días. Ese sistema operativo es Samantha (la voz de Scarlett Johansson), de la que Theodore, obviamente sin poder tener ningún tipo de contacto físico, se enamora. Lo vemos absorto en sus aparatos tecnológicos, desconectado de su realidad física, compartiendo cada minuto de su vida con una voz que parece comprenderlo y acompañarlo. A su alrededor, las personas caminan y hablan solas, como él, ensimismados por relaciones artificiales, por seres que no están presencialmente con ellos. Sin una mano que sostener, sin una sonrisa de buenos días o un cuerpo al que ceñir por las noches. El amor en un aparato: una cámara, una voz, un teléfono móvil con el que hablar. ¿Será éste un cuento de amor contemporáneo?

¿Cómo cambian las reglas del afecto humano ahora que la tecnología nos acerca emocionalmente a las personas que están lejos, pero nos aleja físicamente de los que tenemos cerca?

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma” –  Aldous Huxley,  Un mundo feliz (1932).

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El jardín de las delicias, El Bosco. 1500 – 1505.

El Gallo de oro; Devoción y superstición en el México post-revolucionario

Willy Sepúlveda: @WillySepu1

EL GALLO DE ORO

La vida no es más que el cúmulo de reacciones ante la tragedia de la incertidumbre, mientras, irónicamente, somos aversivos a la única certeza que tenemos: la muerte. Vacilamos este camino bajo dos componentes. El primero se rige por el grado de esfuerzo y determinación impresos ante cada meta impuesta; obtener una gran nota, conseguir un mejor puesto de trabajo, ahorrar para un automóvil. Esta meritocracia está intrínsecamente ligada al segundo componente vital: la suerte, cuyo juicio de valor dependerá de la congruencia con la que se alinee a nuestros hechos e intenciones.

Hay quienes atribuyen la suerte a una partición divina, otros a una mera aleatoriedad, pero ambos gustan de acotar directa o indirectamente la brecha entre el mérito y la meta. La cosmovisión mexicana nos sugiere antitéticamente una composición de ambas creencias. En junio de 1999 suscitó uno de los terremotos más catastróficos en el Estado de Puebla. El saldo fue de pueblos incomunicados y edificaciones dañadas, entre ellas iglesias del siglo XVI mandadas a hacer por los colonizadores con mano de obra indígena. Al caer y romperse las figuras clericales, descubrieron que los interiores contenían figuras de dioses prehispánicos, refrendando nuestra capacidad de rendir armónicamente dos devociones al porvenir.

A partir del México post-revolucionario, pareciera que la medida de la suerte es la condición socioeconómica, donde los acaudalados heredaron la inercia del éxito y los pobres tan solo una espiral de desgracias, como si la aleatoriedad tendiera a la polarización. Este fue, precisamente, el ADN sinóptico de la época del cine de oro mexicano. Un día apareció la televisión a los hogares, otro desapareció Pedro Infante para siempre, y los premios Ariel fueron cesados. Hay quien dice que esos clavos lapidaron la etapa más brillante de nuestro cine de manera definitiva. Pero un eco llegó cinco años después.

Es correcto apelar justamente a la suerte para justificar su existencia. Fue encontrada la primera obra no publicada de Juan Rulfo tras haber escrito El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), obras con las que inmortalizó la novela revolucionaria. Roberto Gavaldón, considerado uno de los más destacados cineastas de aquella antaña época, se hizo del cuento y decidió dirigirlo. Para adaptarlo, recurrió a dos personajes literarios que no necesitan presentación: Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Para aprisionar tanto colores y escalas de grises como el movimiento, recurrió a un viejo conocido: el maestro Gabriel Figueroa. Para dotar de vida a los personajes, llamaron de actriz secundaria a Lucha Villa, considerada una de las más grandes cantantes de música ranchera y cinematografía del mismo género. Para el papel principal, no dudaron en seleccionar al protagonista de Macario (1960) y actor en más de una decena de obras teatrales: el gran Ignacio López Tarso. Filmaron en el verano de 1964 en Bernal, San Juan del Río, Zacatecas y Tlaquepaque, y el 18 de diciembre del mismo año fue proyectado por vez primera en el cine Alameda la obra consumada: El Gallo de Oro.

“Todo en el mundo es robado, y el que dude, que haga cuentas”

Camina el humilde pregonero Dionisio Pinzón (López Tarso) por entre las calles y mercados de Bernal, haciendo del buen humor el salvoconducto de su expresión en harapos y sandalias. Va a su casa al encuentro de su madre para comer y contarle del trabajo venidero por la apertura de la feria, pero descubre que había fallecido. Ante la búsqueda de un ataúd: “yo se lo pago, don Perfecto, nomás que me toque la suerte”. Pero recibe una respuesta adversa, envuelve a su madre en un petate (de ahí el popular término “se petateó”) y la carga en la espalda para llevarla a una sepultura provisional. Cuando parecía que Dionisio Pinzón había entrado en esa espiral de desgracias, encuentra en el camino a la comitiva de la feria, escoltada por la música del mariachi, un carruaje con la voz de Bernarda Cutiño “La caponera” (Lucha Villa) y un conjunto de charros en la mano, a quienes encontraría más tarde como gritón para una pelea de gallos a las afueras. Antes de sacrificar al gallo vencido y malherido, Dionisio pide quedarse con él y lo lleva a su casa. Noche y día lo cuida con remedios y tratamientos que alegan existir desde siempre, lo entierra hasta el cuello y le da su propio alimento, lo cubre de una caja y la golpea con la palma. Pasados los días, el gallo sale de su agonía y canta a la vida sobre el brazo de quién no lo dejó morir. El gallito de oro renació.

Y es así que se desarrolla la trama con un gritón que se hizo su lugar para tener voz propia y enfrentar a los gallos del cacique Don Lorenzo Benavides (Narciso Busquets), sinónimo del éxito, además de ser esposo de La Caponera, símbolo de la suerte misma por la seducción de su belleza, del alardeo en sus conversaciones plagadas de dichos y la persuasión por sus cantares. Ella, como buena suerte, decidía a qué gallo sonreírle en los palenques, siéndole incondicional tan solo a su libertad. Dionisio se encomendaba al fervor pero se negaba a cualquier pelea si La Caponera no estaba en el graderío, convencido de que la planta que nació en maceta sí pasaría del corredor, aún si esto significara arrebatarle la inercia a los de arriba. Todo envuelto en el folklor de un México de ferias, música de mariachi, centenar de apuestas cruzadas y paisajes de trenes y haciendas, como no podía ser de otra manera.

En la última escena, se observa el inicio de la feria de Bernal un año después, Dionisio –ahora con un traje negro de charro- guiando a un caballo que carga un ataúd de madera, y a La Caponera cantando con un gallo blanco en la mano. El contexto de este cierre es uno que merece ser descubierto a través del filme. No es casualidad que sea considerada una de las 50 mejores películas en la historia del cine mexicano.

La vida no es más que el cúmulo de reacciones ante la tragedia de la incertidumbre. Seguiremos vacilando entre el éxito propio y la aleatoriedad, la devoción y la superstición, la libertad y el determinismo. Sea lo que sea, vivamos lo suficiente para ser dueños de nuestro destino, y para lo restante, dijera un amigo, que Dios reparta suertes.

A24, la propuesta estrella del cine independiente

David Azar: @DavidAzar93

A24

¿El cine está muriendo? Muchos creen que sí, o al menos el aspecto ritualístico de éste. Cada vez es más la gente que prefiere ver algo en Netflix desde su sofá que ir al cine más cercano y vivir la experiencia en pantalla grande. Por otro lado, los consumidores muestran una afinidad en especial por las series de TV, siendo el mismo Netflix un proveedor por excelencia de este contenido. ¿Y qué me dicen del pozo sin fin de películas de superhéroes, secuelas, precuelas, remakes, reboots y las adaptaciones de adaptaciones provenientes de la industria estadounidense? Los grandes estudios de Hollywood siguen atravesando una sequía de creatividad donde los guiones originales se producen cada vez menos. No se puede negar que las plataformas en línea y el acceso a éstas por medio de la tecnología (el siempre fiel streaming al alcance de tu televisión, computadora, tablet o smartphone) están cambiando la manera de consumir el entretenimiento.

Sin embargo, el cine ha demostrado ser más que sólo eso. De hecho, el cine lleva más de cien años buscando su especificidad artística, su lenguaje único, y siempre nos topamos con películas que tienen ese carácter íntimo y crítico, contribuyendo así con dicha búsqueda. La cinefilia permite que se siga produciendo un contenido que confronta emocional e intelectualmente a su público, que los hace reflexionar sobre diversos aspectos de la existencia. Es gracias a estos esfuerzos que los cinéfilos podemos estar tranquilos; compañías productoras de cine y cineastas comprometidos mantienen este arte audiovisual con vida. Y justo entre los muchos esfuerzos y talentos, encontramos el caso de una productora independiente que desde hace cinco años no ha dejado de sorprendernos con su contenido: la compañía neoyorquina A24.

Fundada el 20 de agosto de 2012 por Daniel Katz, David Fenkel y John Hodges, A24 ha desarrollado una fórmula de éxito para la adquisición y producción de películas que muchos estudios envidian, incluyendo Amazon y Netflix, probablemente dos de sus competidores más fuertes. No sólo las cifras y las críticas positivas hablan del éxito de la compañía, sino que también muchos de los cineastas que han sido sus colaboradores se han referido a ella con mucho agradecimiento y admiración.

“[A24] no necesita saber de qué trata una película, sino de cómo te hace sentir”-  Barry Jenkins (Moonlight, 2016)

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Barry Jenkins, director de Moonlight (2016)

Además del objetivo inicial de distribuir ocho películas al año y su inclinación por el tono y estilo de una película por encima de su argumento, A24 cuenta con un elemento esencial para su éxito: el talento de sus tres fundadores. Previo a la creación de la compañía, Katz encabezaba el grupo de financiamiento para cine conocido como Guggenheim Partners, donde colaboró en el financiamiento de cintas como Zombieland (Ruben Fleischer, 2009), The Social Network (David Fincher, 2010) y la franquicia de Twilight (2008-2012). Fenkel, por su parte, era presidente y socio de la productora de cine Oscilloscope Laboratories, donde supervisaba todos los aspectos de la compañía: estrenos, venta de formato casero, distribución en plataformas digitales, adquisiciones y marketing. Finalmente, Hodges fungía como cabeza de producción y desarrollo en Big Beach Films. Entre sus créditos como productor ejecutivo, Hodges colaboró en Our Idiot Brother (Jesse Peretz, 2011) y Safety Not Guaranteed (Colin Trevorrow, 2012).

A pesar de su casi impecable trayectoria, A24 debutó en la industria de la distribución con el pie izquierdo cuando la productora adquirió los derechos de A Glimpse Inside the Mind of Charles Swan III (2012), el segundo largometraje de Roman Coppola, estrenándola en salas comerciales en febrero de 2013. El absurdo pastiche protagonizado por Charlie Sheen, acompañado por las actuaciones de Jason Schwartzman y Bill Murray, dejó mucho qué desear a la crítica y público por igual. Sin embargo, el mal sabor de boca duró apenas un mes; en marzo del mismo año la compañía estrenó su siguiente título: la sensación de Harmony Korine, Spring Breakers (2012).

“Tienen un ojo para estas pequeñas películas e historias únicas y ricas que tal vez no habrían llegado a la pantalla grande de no ser por ellos”- Colin Farrell, protagonista en The Lobster (2015)

A24 se consolidó como una de las productoras y distribuidoras más relevantes de la industria durante la embarazosa noche del 26 de febrero de este año, cuando la Academia le otorgó tres Óscares a Moonlight (2016), incluyendo el de Mejor Película, siendo la película menos costosa en ganar este reconocimiento (apenas 1.5 millones de dólares de presupuesto).

Pero si de éxito hablamos, el de A24 data de mucho antes. Además de haberse llevado tres Óscares en 2016 con Room (2015), Ex Machina (2015) y Amy (2015), A24 tiene fama encontrar y catapultar nuevos talentos -Robert Eggers (The Witch, 2016), Jeremy Saulnier (Green Room, 2016), Dan Kwan y Daniel Scheinert (Swiss Army Man, 2016)- y colaborar con algunos de los directores emergentes más reconocidos -Denis Villeneuve (Enemy, 2014), Jonathan Glazer (Under the Skin, 2016), Yorgos Lanthimos (The Lobster, 2016) y Andrea Arnold (American Honey, 2016), entre otros.

Después de arrancar el año con una victoria a Mejor película en los Óscares, A24 emprende una de sus temporadas más importantes de su corta vida. La compañía aterrizó tres películas en la Selección oficial del Festival de Cannes este año: Yorgos Lanthimos regresó con la ganadora a Mejor guión Killing of a Sacred Deer (2017), Josh y Benny Safdie con Good Time (2017) y John Cameron Mitchell con How to Talk to Girls at Parties (2017). Otros estrenos anticipados de A24 son la cinta de terror It Comes at Night (2017) de Trey Edward Shultz, Free Fire (2016) de Ben Wheatley y A Ghost Story (2017) de David Lowery, presentada en el Festival de Sundance este enero.

“Encontrar una distribuidora que le guste la película por las mismas razones que a la gente que la hizo—es algo muy raro” Daniel Radcliffe, actor en Swiss Army Man (2016)

Muchas de las cintas de A24 están disponibles en Netflix y iTunes Store. En cuanto al resto, tendremos que buscar en otros espacios y esperar algunos meses por los estrenos de sus nuevos proyectos. Muchos podrán decir que el cine está muriendo, pero los esfuerzos y tendencias como el que A24 está realizando demuestran lo contrario.

Referencias:

A David Bowie: El hombre que cayó a la Tierra

Natalia Martínez: @NataliaMa2

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“Siempre he tendido una necesidad repulsiva de ser algo más que humano” – David Bowie.

Brixton vio nacer a uno de esos pocos locos que no pertenecen ni a este mundo, ni a este planeta el 8 de enero de 1947. David Robert Jones se crío en el seno de una familia convencional, de clase media, londinense. Convencional si exceptuamos la inestabilidad mental que afligía los genes de su familia materna: tres de las hermanas de su madre fueron diagnosticadas con esquizofrenia paranoide.

Su hermano mayor y modelo a seguir, Terry, fue quizá quien plantó en David esa ávida inquietud y curiosidad por el arte. Lo introdujo al mundo del jazz, de la música pop, de la Generación Beat con las frases convulsivas del Aullido de Allen Ginsberg “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas, histéricas, desnudas”, la literatura espontánea de Jack Kerouac que viene hilada a un apetito por alcanzar una vida más allá de lo establecido: de los suburbios, del televisor, del hijo y la hija, del supuesto sosiego que brinda un trabajo respetable.

La condición esquizoide de su familia llevó a Terry al psiquiátrico y a David a desconfiar de su propia razón, esperando el día en que él correría con la misma suerte. “Viví asustado” confesó. “Sentía que mi propia mente pendía de un hilo. Me preguntaba qué tan cerca estaba de esa línea.” Explicó después que Ziggy Stardust y muchos otros de sus alter egos, no eran más que esa locura consciente, una terapia para mantener la sensatez.

Una mañana de enero de 1985, Terry escapó del hospital mental donde estaba internado para ir hasta la estación más cercana y recostarse sobre los helados rieles del tren.

“Nunca fui a un analista, mis padres, mis hermanos, mis tías y mis tíos y mis primos… terminaron peor después de haber ido, así que yo me alejé. Pensé que sería mejor escribirme fuera de mis problemas.” –  David Bowie para la BBC

¿Es la locura algo más que una ruptura mental de las reducidas nociones de orden establecidas por la sociedad? Las personas clasifican y ordenan para simplificar la realidad, hacerla inteligible. David Bowie se caracterizó por desgajar, a través de una constante reinvención de su persona, un buen número de calificativos sociales. Era un camaleón, un comediante, un mimo, una caricatura. La columna vertebral de su carrera se encuentra en la confrontación entre identidad y locura. El intentar darle solución a la pregunta ¿Quién soy? Por encima de la taxonomía propia de la identidad personal. Es, a lo mejor por esto, que muchos lo denominaron alienígena, un ser raro venido de otro planeta.

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¿Hombre o mujer? ¿Bisexual? ¡Qué importa! Bowie sabía que había algo bastante femenino y estilizado en él. Utilizó este atributo a su favor para balancearse sobre la delgada línea del género, enervar a los medios y revolucionar el rostro del Rock n’ Roll. En la portada de su álbum Hunky Dory (1971), que incluye el sencillo Changes, parece más una guapa londinense rubia y de ojos azules, que un cantante de Rock emergente. Algunos años después, con su quinto disco, mutó en Ziggy Stardust. El álbum cuenta la historia de Ziggy, una estrella de rock que llega a la tierra para ser mensajero de seres extraterrestres. Este alíen tan femenino como masculino contaba con un poco de Lindsay Kemp, otro tanto de Warhol, bastante del teatro Kabuki y un montón de Bowie.

Alienígena del Rock. Rey y reina, princesa o príncipe, actor teatral o músico, lo que sea, impulsó en gran medida al Glam-Rock, siendo inspiración de varios grupos posteriores y de la película de culto The Rocky Horror Picture Show (1978).

A principios de los setenta y tan anormal y surreal como había decidido ser, Bowie era la amenaza de cualquier madre común que lleva a sus hijos a entrenamientos de futbol y predican que “los niños deben llevar el pelo corto”.  Una peligrosa tentación, un retorcido ejemplo a seguir: un andrógino de ancestros marcianos. ¡Hipnótico!

Al abandonar a Ziggy, contó Bowie, su personalidad quedó gravemente marcada. “No me dejó solo por años (…) fue peligroso, volvieron las dudas sobre mi cordura.”

Tan actor como compositor. Tan devoto al performance como a la música, David Bowie creía que el arte debía proveer realidades alternas a su público. La mayoría de sus principales influencias lo hacían. Dice no haber olvidado El gabinete del Dr. Caligari (1920) de Robert Wiene. Cesare, ese sonámbulo de circo, marcó el mundo que fue creando en torno a su música. Encantado a la vez por Le Chien Andalou (1929) de Salvador Dalí y Luis Buñuel, estaba convencido de que la imaginación es la única herramienta con la que logramos escapar de lo convencional para expandir los horizontes de nuestra precaria realidad. Su afición por el surrealismo lo llevó a darle música a letras como Life on Mars? Que cantó con sus ojos dispares maquillados de azul turquesa.

Ese constante reinventarse, esas sorpresas que nos dio con cada uno de sus saltos entre estilo y estilo, persona y persona, dejan al entrevisto su naturaleza tan admirable, una sincera humildad. No se sintió consolidado, nunca creyó haber llegado a la (inexistente) cúspide artística, su curiosidad jamás se vio saciada, ni tampoco su anhelo por seguir conociendo. Esto lo hace más sabio que cualquier otro exponente del Pop, que muchísimos otros creadores. Su creatividad fue acarreada por el deseo de aprender más, de seguir experimentando y no por un afán de aleccionar a su público.

 “No sé a dónde voy desde aquí, pero prometo que no será aburrido” – David Bowie.

Cuando Bowie se posicionó por primera vez en el top 10 de la BBC, hace casi cincuenta años, el Pop daba los primeros pasos hacia convertirse en el nucleo del todo. Fue así, sin saberlo, pionero del nuevo orden mundial basado en el sónido y la imagen. David pasó del vinilo al cassette, del CD a YouTube y Spotify. Viajó del Rock intergaláctico al Soul estadounidense, de la música experimental a la comercial, del teatro al cine.

Al final, ya con el cuerpo debilitado por un cáncer de hígado contra el que luchó por dieciocho meses y tras seis ataques al corazón, pero con la mente tan lucida e inquieta como siempre, se despidió regalándonos Lazarus y Blackstar.

My David don’t you worry
This cold world is not for you
So rest your head upon me
I have strength to carry you

-Lazarus de David Bowie

Él es la musa de los jóvenes que encontramos entre los discos arrumbados de nuestros padres la canción de Heroes para anhelar hundirnos en un amor capaz de hacernos nadar, like dolphins can swim. Él es el vivo recuerdo de los que acariciaron el futuro tarareando Space Oddity mientras el televisor anunciaba la llegada del hombre a la luna. Él es de entonces, de cuando los conciertos de rock clandestinos o cantar The Man Who Sold The World daba la esperanza de estarle haciendo algún bien a la humanidad.

Bowie nos inspira a convertirnos en uno de esos pocos extravagantes que, como él, están convencidos de que el arte puede llegar a mejorar la sociedad. ¡Cuánto nos mueves, cuánto vives! Pero, sobre todo, cuánto necesita este planeta a más de esos hombres que parecen haber caído a la tierra desde otra galaxia. Qué bueno sería que existieran más como tú, más Bowies, más imaginación y menos convencionalismos, más mentes geniales atrevidas y enamoradas del arte, más de esos curiosos insaciables, más antihéroes locos.

Gracias, David, por ser el hombre que cayó a la tierra.

I said that time may change me
But I can’t trace time

– Changes de David Bowie

Recomendamos aquí algunas de sus más fascinantes y excéntricas interpretaciones en el cine:

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Bibliografía:

  •  Ammon, G.T. (2016). David Bowie and Philosphy: Rebel Rebel. Chicago: Open Court.
  • Morley, P. (2016). Dalí, Duchamp and Dr Caligari: the surrealism that inspired David Bowie. The Guardian.
  • Morley, P. (2016). The Age of Bowie: How David Bowie Made a World of Difference. London: Simon & Schuter.

Almost Famous: Descubriendo el mundo junto al Rock

Jose Hernández: @josechj7

Almost Famous 3

En escritos anteriores he mencionado mi gusto por el Rock y he hecho referencia a filmes del género como Detroit Rock City (1999) y Sing Street (2017). Mientras miraba entre mi colección, decidiendo sobre qué película escribir ésta vez, llamó mi atención una que con leer el título me transportó a una etapa de mi vida más simple en la que solía escuchar Rock todo el tiempo, ver repetidamente videos en YouTube como el de Sweet Child O’Mine o November Rain de Guns N’ Roses (que era fan de Slash) y pasar la tarde buscando tablaturas para intentar reproducir los solos de guitarra que marcaron mi adolescencia. El filme que escogí fue el ganador al Mejor Guión Original: Almost Famous (2000).

La cinta casi autobiográfica del director estadounidense Cameron Crowe nos narra la historia de William (Patrick Fugit) un chico que a los 11 años recibe a escondidas una colección de vinilos de Led Zeppelin, Cream y The Who (entre otros) por parte de su hermana mayor Anita (Zooey Deschanel), quien con 18 años de edad decidió dejar su hogar escapando de su estricta madre Elaine Miller (Frances McDormand). Entre los discos de Anita había una nota con el texto “Escucha Tommy (álbum de The Who) con una vela encendida y verás tu futuro”. Este último era convertirse en periodista de Rock. Con 15 años, William da un paso adelante en su profesión al contactar al editor de la revista Creem, Lester Bangs (Philip Seymour Hoffman) quien toma al joven escritor bajo su tutela y le asigna la tarea de redactar un texto de 1000 palabras sobre Black Sabbath.

Al serle negado el acceso por parte del guardia del backstage en el concierto en el que planeaba entrevistar a Sabbath, conoce a las Band Aids, un grupo de chicas que se diferencian de las groupies al no estar con los artistas por su status, sino meramente por la música, o al menos así lo aclara Penny Lane (Kate Hudson), quien se volverá amiga y compañera de viaje de William. Para interpretar éste papel, Kate Hudson escuchó mucho Rock clásico, leyó el libro I’m With the Band (1987) de la famosa groupie Pamela Des Barres, y entrevistó a varias esposas de rockstars. “Cuando miras sus ojos ves tristeza” Dijo la actriz en una entrevista para The Morning Call, “Puedes decir cuánto pasaron y cuán desilusionante puede ser ese mundo, pero al mismo tiempo, ellas sabían en lo que se metían”.

Al llegar Sabbath, dejan pasar a las Band Aids al backstage, pero no a William. Cuando toda oportunidad de entrar parecía perdida, Stillwater, la banda de “teloneros” con la que entra el joven reportero, entra en función. Después de ese concierto, William consigue trabajar con la revista Rolling Stone (sin que supieran que es menor de edad). Acto seguido, William se une a tour Almost Famous 73 (1973) de Stillwater, intentando redactar un escrito de 3,000 palabras para la revista estadounidense.

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Los temas de la banda ficticia fueron escritos por Crowe y su esposa Nancy Wilson mientras estaban en su luna de miel. En una entrevista para Film Comment, el director dijo que escribieron las canciones y crearon una banda sabiendo que algún día los podría usar para un filme. Casi 15 años después, esto se volvió una realidad. También explicó el origen del título de la película, ya que originalmente pensaba llamarla Untitled, pero el estudio no lo dejó.

“Solía ir a conciertos, ver a Mick Jagger y al observar a su lado, cerca de los amplificadores a estas personas. Los ves y piensas, ¿quiénes son?, ¿son groupies?, ¿son amigos del promotor? ¿están casados con el bajista?; Por que son casi famosos.”- Cameron Crowe

El guión que presenta Crowe es de lo mejor que he visto en películas de este giro, y no es para poco ya que, como mencioné previamente, le llevó a ganar el Oscar Mejor Guión Original en la 73ª edición de los premios de la Academia. Ese año también estuvo nominada Kate Hudson como Mejor Actriz de Reparto, quien desempeña a la perfección su papel al plasmar las emociones de una chica de dieciséis años, independiente, pero vulnerable a la vez.

Almost Famous narra la historia de un chico que poco a poco pierde la inocencia que conservaba saliendo de casa, enfrentándose así a una realidad llena de mentiras, desilusiones y egoísmo. Crowe nos presenta el mundo de la música como lo vivió cuando él mismo reportaba para Rolling Stone en su juventud: en roadtrips de concierto en concierto, de una punta del país a la otra, donde lo que se busca es la expresión por medio del arte y la camaradería; un mundo donde a final del día lo importante no son las drogas ni el sexo, sino el Rock n’ Roll.

La haine: El primer gran reflejo cinematográfico del racismo en la Francia moderna

David Azar: @DavidAzar93

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“La haine attire la haine! (El odio trae odio)”  Hubert (Hubert Koundé)

La discriminación racial y social que surge de los flujos migratorios en Francia es algo que hemos visto representado en el cine en varias ocasiones. Los cineastas franceses Olivier Nakache y Eric Toledano ilustraron estos problemas con humor y ternura a través de un carismático Omar Sy en sus cintas Intouchable (2011) y Samba (2014). Jacques Audiard se llevó la Palma de oro en el Festival de Cannes con Dheepan (2015), un desgarrador relato acerca de un migrante srilanqués en los violentos suburbios parisinos. La cinta Le Havre (2011) del finlandés Aki Karuismäki hizo evidente el esfuerzo que implica llegar a salvo a Francia para un migrante africano. Incluso el realizador austriaco Michael Haneke representó los males que padece la sociedad en un mundo contemporáneo y multicultural con su filme Code inconnu (2000). Pero antes de todos estas películas, estuvo una que irrumpió con fuerza en el público francés por su crítica sincera y atrevida:  La haine (1995).

En su segunda película como director, el francés Mathieu Kassovitz cuenta una historia acerca de resentimiento y racismo en una Francia moderna habitada por jóvenes provenientes de las olas migratorias de distintas partes del mundo. La haine sigue un día en la vida de Vinz, Saïd y Hubert, tres amigos de diferentes etnias en una misma banlieue parisina (barrio popular de vivienda social en Francia). Estos banlieues, habitados en su mayoría por jóvenes de orígenes migratorios, con sitios azotados por las drogas, desempleo y alienación cultural y social, esta última con motivo a su lejanía del centro de la ciudad. La historia se desarrolla justo después de que Abdel Ichaha, joven de origen árabe y amigo de los tres personajes principales, entra en un coma a causa de una brutal paliza por parte de los policías en un disturbio callejero.

Kassovitz encarna tres de las etnias migrantes más representantes del país a través de sus personajes principales y dota a cada uno de una personalidad muy específica: Vinz (Vincent Cassel), un judío asquenazí, odia a la policía y aspira a ser un gángster; Hubert (Hubert Koundé), un africano subsahariano, quiere escapar de la violencia y el descontento de su barrio; y Saïd (Saïd Taghmaoui), un árabe magrebí, que sirve como mediador entre el carácter de sus dos amigos y comic relief de la película. A lo largo de la película, el trío se embarca en una travesía por su barrio (Chanteloup-les-Vignes) y el centro de París.

Entre muchas cosas, La haine se ha convertido en una especie de película de culto para toda una generación en Francia. Una especie de ícono que, más allá de sus dotes cinematográficos (su impactante uso del blanco y negro y una estética Hip-hop), es recordada con mucho estima por su ejercicio de crítica social y por ser la fiel representación de un problema moderno que nadie antes había plasmado en la pantalla grande. Es por esto que consulté a mi amigo francés y doctor en Geografía Yann Marcadet para entender mejor el fenómeno desde una perspectiva local con respecto al filme. Yann, quien cursaba el segundo año de bachillerato cuando La haine se estrenó en 1995, recuerda el impacto que la película causó al exponer un tema polémico y muy recurrente en aquéllos tiempos: las revueltas y disturbios contra la policía en diferentes barrios de toda Francia, efectuadas por minorías étnicas; un problema que empezó a gestarse en la década de los 80s. De acuerdo con Yann, La haine constituyó la primera película en ilustrar el mundo de los jóvenes de los barrios populares franceses, el inicio de lo que sería una corta tendencia en la industria, algo así como los films de banlieues. También fue la primera vez que se reflejó la cultura urbana popular de los jóvenes franceses -como el rap y el breakdance- en una película tan exitosa. Curiosamente, la música de la película estuvo a cargo del dúo de rap francés Assassin, del cual uno de los integrantes, Rockin’ Squat alias Mathias Crochon, es hermano del actor Vincent Cassel.

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A pesar de su excelente recepción del público, La haine no fue bien recibida por todos los sectores de la sociedad. La extrema derecha francesa, más específicamente el partido político Front National, denunció enseguida el carácter “anti-policía” de la película. A tan sólo diez días del estreno, la localidad de Noisy-le-Grand fue sede de más revueltas violentas, provocando la muerte de Belkacem Belhabib, un joven de origen africano africano. La ultra derecha enseguida adjudicó la responsabilidad a Kassovitz por la influencia que La hacine tuvo sobre aquellos que ocasionaron los disturbios. Jean-Marie Le Pen, el entonces líder de Front National y padre de la reciente candidata a la presidencia de Francia Marine Le Pen, hizo pública su desaprobación por la película cuando exclamó “¿Acaso estos vándalos tienen el odio? ¡Métanlos a la cárcel!”. Por otro lado, el presidente Jacques Chirac demostró su apreciación a Kassovitz a través de una carta escrita, mientras que el primer ministro Alain Juppé convocó a distintos funcionarios de gobierno a una función privada del filme, con el objeto de resaltar los problemas que éste refleja.

Después de La haine, Kassovitz ha actuado en gran variedad de proyectos que van desde el fenómeno popular Les fabuleux destin d’Amélie Poulin (Jean-Pierre Jeunet, 2001) hasta el thriller comercial Un ilustre inconnu (Matthieu Delaporte, 2014). En cuanto a la realización, el director se mudó de la crítica social a un cine de carácter más comercial, con cintas como The Crimson Rivers (2000), Gothika (2003) y Babylon A.D. (2008), no con la misma suerte. Sin embargo, su obra maestra parece seguirle la sombra eternamente a su creador. Kassovitz manifestó este sentimiento en agosto de 2004, durante una presentación de la película en Londres:

“He vivido en esa película por los últimos diez años. He hecho tantas cosas desde entonces, pero a nadie le importa. Es mi maldición. También es algo de lo que estoy muy orgulloso”- Mathieu Kassovitz

Pronto veremos a Kassovitz en la nueva película de Michael Haneke Happy End (2017), pronta a estrenarse este mes en el Festival de Cannes.

Referencias:

  • Husley, A. (2015) La Haine 20 years on: what has changed? The Guardian. Consultado en: https://www.theguardian.com/film/2015/may/03/la-haine-film-sequel-20-years-on-france
  • Vincendeau, G. (2012) La haine and after: Arts, Politics, and the Banlieue. The Criterion Collection. Consultado en: https://www.criterion.com/current/posts/642-la-haine-and-after-arts-politics-and-the-banlieue