Una mujer fantástica: una radiografía sobre el amor y la pérdida

Julio Cruz Montoya: @JuliocMontoyaa

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Daniela Vega como Marina en ‘Una mujer fantástica’

Arribé al cine donde vi por primera vez Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, 2017) sin mucho conocimiento del filme más allá de su nominación al Óscar por Mejor Película Extranjera y su éxito durante la temporada de festivales. Sabía también de la trama, una historia sobre una mujer transgénero. Una vez sentado y acompañado por una barra de chocolate me enfoqué con entusiasmo en la nueva entrega de Sebastián Lelio.

El director por nacimiento argentino, pero por destino chileno, expone en 104 minutos una historia de amor y de pérdida. La cinta se desarrolla en Santiago actual y cuenta la historia de Marina Vidal (interpretada por Daniela Vega), una mujer transgénero que es mesera y tiene aspiraciones de ser cantante. Su pareja es Orlando Onetto (Francisco Reyes), de más de cincuenta años y divorciado. Ambos, completamente enamorados, piensan en un futuro juntos sin máscaras, pero todo esto se derrumba cuando Orlando fallece repentinamente, y Marina debe afrontar a su familia y ser víctima de señalamientos discriminatorios.

Al inicio Lelio nos da una probada del romance y dinámica de la pareja, pero el verdadero punto de partida del filme es cuando la soledad golpea a Marina después de su terrible pérdida. Una vez que le informan la muerte de OrlandoMarina sale corriendo del hospital y se pierde en la noche mientras deambula por las calles de la capital de Chile. En su lúgubre recorrido, la policía la encuentra y la regresa a la clínica, donde es cuestionada acerca de la relación que tenía con el señor Onetto y su sexualidad.

El hermano de Orlando (Luis Gnecco) le aconseja tomar una distancia, pero el duelo no logra alejar a Marina, quien posteriormente es criticada brutalmente por el hijo de su difunta pareja. Es ahí donde nace otro de los puntos de inflexión de la película: el ejercicio de empatía.

Marina debe convertirse en una una mujer fantástica en medio de un desolado paisaje donde la empatía no le es correspondida, obligándose a evocar el carácter y firmeza necesarios para aguantar los embates de la familia OrlandoUna de las bellezas de la película dirigida por Lelio y coescrita por Gonzalo Maza es la delicadeza con la que se trata la sexualidad de la protagonista; no conocemos detalle alguno de Marina antes de la transexualidad o cómo es que ha lidiado con ello antes de que Orlando falleciera. Esta falta de backstory ayuda a fortalecer la naturalidad y aceptación de su identidad sexual. Marina empieza y termina la historia como una mujer fantástica. De esta manera, el espectador ignora la trivialidad de un lamentable tabú para centrarse en la historia que se le está contando. “Nunca quise hacer una película de propaganda, sino de amor y pérdida”, dijo Sebastián Lelio durante la promoción de la cinta.

Como buena película latinoamericana, Una mujer fantástica tiene destellos de realismo mágico, sobretodo en la fotografía, la cual corrió a cargo de Benjamín Echazarreta (habitual colaborador de Lelio). Por medio de secuencias bañadas en luces brillantes, multicolores y efectos visuales, Echazarreta refuerza los tonos de la transexualidad emancipada de Marina. Uno de los ejemplos más claros es cuando Marina lucha contra una fuerte ventisca en una calle de la ciudad. Los elementos mencionados anteriormente, junto con la potente interpretación de Daniela Vega, construyen una especie de ‘micro fábulas’ ¿Qué significan estas micro fábulas? Me parece que Lelio desearía que el significado varíe de persona en persona.

Una vez que concluyó la cinta, salí del cine con mucha satisfacción tras haber visto una historia sincera sobre el amor, la pérdida, los estigmas y la manera de combatirlos. En pocas palabras, algo con lo cual todos nos podemos identificar.

Para aquellos en la Ciudad de México que aún no hayan visto Una mujer fantástica, todavía pueden alcanzar dos funciones este fin de semana en la Cineteca Nacional (click aquí).

Las vidas de Daniel Day-Lewis: Un recorrido por sus interpretaciones más distinguidas

Ramón Treviño: @RamonTrevinoF

Day Lewis
Daniel Day-Lewis en There Will Be Blood (2007)

¿Cómo empezar una descripción de Daniel Day-Lewis? ¿Constatándolo como uno de los máximos exponentes del Method acting junto con un recuento de sus mejores anécdotas de “entrar en personaje”? ¿Mencionando su record como el único actor ganador de tres premios Oscar como Mejor Actor? ¿Reconociendo el tiempo que se tomaba el actor entre uno y otro proyecto como parte de su exclusividad y selectividad? Podría ser cualquiera de éstas, y la verdad es que sería insuficiente para construir una rápida imagen de lo que representa Daniel Day-Lewis en el cine. A Day-Lewis no se le describe, se le observa.

El actor inglés anunció su retiro de la gran pantalla apenas el año pasado, después de haber finalizado lo que él llama su última cinta, Phantom Thread, escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson. Esta interpretación de despedida le valió al actor una nominación más al premio de la academia en la categoría de Mejor Actor, de la cual ya tiene el record como máximo recipiente. Day-Lewis, con apenas sesenta años, decide separarse de la audiencia, pero no sin antes dejarnos un magnífico legado, evidencia del talento de uno de los más grandes actores de su generación. A continuación les compartimos una lista con lo que consideramos una muestra de lo mejor que realizó Daniel Day-Lewis en su profesión como actor (al menos hasta ahora).

Lincoln (Steven Spielberg, 2012)

En su interpretación como el 16° presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, Daniel Day-Lewis, bajo la dirección de Steven Spielberg y con un guión de Tony Kushner, nos trasladó al corazón de la Guerra Civil en el país norteamericano. De acuerdo con diversos reportes, el actor nunca rompió personaje durante la filmación; se presentaba como el mismísimo jefe de Estado y salía del set de igual manera. Delgado, canoso y con la distinguida barba, Day-Lewis acompaña a un grandioso elenco que incluye también a Sally Field, Tommy Lee Jones, Joseph Gordon-Levitt y Bruce McGill.

El trabajo de investigación por parte del inglés le permitió reconstruir la personalidad de Lincoln, asesinado el 15 de abril de 1865, cuando seguía en la presidencia. El actor se dio a la tarea de crear una voz totalmente distinta a la suya y, según algunos registros históricos, muy similar a la del ex presidente estadounidense.

El 24 de febrero de 2013, Daniel Day-Lewis recibió su tercera estatuilla dorada en los premios de la Academia como Mejor Actor con Lincoln.

In the Name of the Father (Jim Sheridan, 1993)

Probablemente la cinta menos conocida en esta pequeña lista, In the Name of the Father narra la verdadera historia de Gerry Conlon, un norirlandés común y corriente que fue injustamente declarado culpable por un acto terrorista que ocurrió en Londres en 1974, organizado por el Ejército Republicano Irlandés Provisional (IRA, por sus siglas en inglés). Conlon y su padre, Giuseppe, fueron encarcelados por un crimen que no cometieron. Gerry pasó 14 años en prisión, mientras su padre murió en la cárcel cinco años después de la sentencia. La cinta está basada en el libro Proved Innocent que Conlon escribió después de haber sido liberado en 1991.

Enfocados más en la película, la labor que hace Daniel Day-Lewis en la evolución del personaje principal de principio a fin es digno de analizar con detenimiento. Al arranque del filme dirigido por Jim Sheridan, tenemos a un Gerry problemático, sin planes concretos para el futuro y con impulsos de rebeldía; un simple ladrón en el caos que azota a Irlanda del Norte de los 70s. Esperando lo mejor para su hijo, Giuseppe lo manda a Londres para buscar una mejor vida, lejos del peligro y el caos, sin saber el sufrimiento que le esperaba.

Claro, hemos visto decenas de películas con personajes conflictivos que terminan como los héroes de la historia, mas el equilibrio del londinense brinda una claridad y pureza muy distintiva. Es un giro de 180 grados el que da Day-Lewis con su personaje, sin olvidar las emotivas escenas que compartió con Pete Postlethwaite, quien interpretó a Giuseppe. Ambos recibieron nominaciones al Oscar por Mejor Actor y Mejor Actor de reparto, respectivamente.

Phantom Thread (Paul Thomas Anderson, 2017)

La última película que veremos con Daniel Day-Lewis es una verdadera obra de arte. Bajo la dirección de Paul Thomas Anderson, el actor se transforma en el diseñador perfeccionista y obsesivo Reynolds Woodcock.

En el Londres de la posguerra, Woodcock diseña vestidos para las grandes esferas sociales, desde millonarias hasta condesas y princesas. El personaje también tiene la costumbre de estar rodeado por bellas mujeres, quienes en su papel de musas mantienen viva la inspiración de Woodcock, o al menos por algún tiempo.

No conocemos las razones específicas por las que Day-Lewis decidió retirarse de la actuación a los sesenta años de edad, dejando atrás grandes interpretaciones y un sinfín de escenas memorables. Sin embargo, podemos ver, a través de Phantom Thread un reflejo de lo que el actor es en la vida real, en su vida profesional: Daniel Day-Lewis es un perfeccionista, al igual que Reynolds Woodcock. Durante filmaciones, el artista recorre una línea muy delgada entre realidad y ficción. Puede ser que el actor se haya agotado de otorgar tanta vida a un personaje que existió primero en un pedazo de papel.

My Left Foot (Jim Sheridan, 1989)

Lo que puede hacer con sus ojos.

Esta fue la película que colocó a Daniel Day-Lewis en el mapa de todos. El relato de la extraordinaria vida del poeta y pintor Christy Brown, quien sufrió parálisis cerebral toda su vida. Nacido en Dublín en 1932, el artista no permitió que su enfermedad fuera un obstáculo en su vida. Su pie izquierdo –como el nombre de la cinta y uno de sus poemas más reconocidos– era la único miembro que podía controlar, después de que su incapacidad limitara el resto de su cuerpo.

Pero la historia, bajo la piel de Day-Lewis, va más allá del hecho de cómo una persona debe de combatir una parálisis cerebral severa. Brown también fue alguien un individuo con grandes ambiciones y un temperamento fuerte, y el actor tuvo que saber coordinar estos tonos bajo la dirección de Sheridan y con la ayuda de su co-estelar Brenda Fricker, quien interpreta a la madre de Brown. La empatía que este filme es capaz de crear debe mucho a los ojos de Day-Lewis. Con la mirada, el actor puede transmitir cualquier tipo de sentimiento e idea.

Daniel Day-Lewis ganó su primer Oscar como Mejor Actor interpretando a Christy Brown en My Left Foot.

There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson, 2007) 

En 2007, Paul Thomas Anderson y Daniel Day-Lewis trabajaron juntos por primera vez. There Will Be Blood, basada en la novela Oil! de Upton Sinclair, narra la historia del sueño americano en el inicio del siglo XX, con el apogeo del petróleo. Daniel Plainview  es un hombre hambriento de poder, es ambicioso y controlador, un personaje creado a la perfección para la intensidad de un actor como Day-Lewis.

Los primeros veinte minutos de la cinta no contiene diálogo. P.T.A. nos muestra a través de su lente el trabajo rutinario de Plainview, cómo empieza a buscar tesoros en minas que él mismo construyó y su crecimiento como empresario. La primera vez que escuchamos su voz, Plainview ya está consolidado en los negocios.

Plainview vive solo para él y su hijo H.W. Plainview, adoptado cuando apenas es un recién nacido, luego de que su padre biológico, un colega de Plainview, muriera repentinamente en un accidente durante la excavación de una mina. H.W. es la mano derecha y soporte emocional de Plainview, es su hijo y asociado en los negocios, un destello de humanidad en el centro de nuestro oscuro protagonista. El drama que se construye alrededor de la relación entre ambos es exquisito bajo la dirección de P.T.A.

La interacción entre Plainview e Eli Sunday (Paul Dano) también es digna de reconocer; ambos crean una tensión que solo el carácter maquiavélico que Day-Lewis deposita en su personaje es capaz de sostener. Son dos polos opuestos con el mismo interés. Plainview utiliza los negocios para aprovecharse de las personas y obtener lo que quiere. Sunday juega con la gente por medio de la religión.

Daniel Day-Lewis ganó su segundo Oscar como Mejor Actor interpretando a Daniel Plainview en There Will Be Blood.

Ser una chica Almodóvar; la movida madrileña y su legado al cine español

Natalia Martínez Alcalde: @NataliaMa2

Pedro Almodóvar, Rossy De Palma y Verónica Forqué en el rodaje de Kika (1993)

“A propósito, no es por meterme nunca donde no me llaman pero, ¿no has pensado nunca en afeitarte el bigote? – ¿¡Por qué!? El bigote no es sólo patrimonio de los hombres, eh. De hecho, los hombres con bigotes o son maricones o fachas… o ambas cosas a la vez.” – Kika

El himno del hedonismo se convirtió en bandera y se colgó de los balcones enrejados de Chueca, Lavapiés y la Latina tras el anuncio de la muerte de Francisco Paulino Hermenegildo Franco y Bahamonde, nombre completo del hombre que se autodefinió caudillo de España y sirvió como jefe de Estado desde el término de la guerra civil en 1936 hasta su fallecimiento en 1975.

La guerra civil le regaló a España una larga dictadura basada en la dialéctica de los triunfadores y los subyugados, separando al país en dos bandos e imponiendo un freno de mano feroz a la libertad pública. Es de entenderse, pues, que cuando el cuerpo inactivo del generalísimo desfiló dentro de un lustrado ataúd de madera caoba frente a la fuente de la Cibeles, para después ser enterrado en su monumento del Valle de los Caídos, los que habían sido reprimidos, silenciados, restringidos y señalados como fracasados, interpretaran las trompetas del funeral como el anuncio de un paraíso venidero. ¿Un presagio de libertad? Tal vez sí. Tal vez la España tímida que se tapaba el rostro con el velo negro de la religión y la tradición podría acercarse a la modernidad de la que gozaba el resto de Europa. Tal vez. Pero ese simple tal vez, el anuncio de la anhelada transición, llenó de esperanza a los que, durante el periodo de dictadura, no la habían pasado bien.

“Los nostálgicos del régimen anterior guardaron silencio y se quedaron en su casa como agazapados. Hubo algo muy interesante y es que el miedo cambió de acera. En el año 1977 uno sale a la calle y se da cuenta de que ha perdido el miedo.” – Pedro Almodóvar.

La súbita pérdida de temor del réquiem del franquismo derivó en lo que el dictador siempre temió: el goce callejero, la sensualidad extrema, el hedonismo colectivo que pasó a caracterizar la vida nocturna de barrios madrileños como Malasaña. El despertar político que, en el caso de muchos, hizo florecer una expresión artística muy Kitsch, excesiva, nocturna, alcoholizada, drogadicta e impúdica. Les hablo con cariño de la movida madrileña.

El movimiento incluía un poco de todas las variantes artísticas: grupos de músicos jóvenes como Kaka de Lux, Alaska y Los Pegamoides; pintores como Ouka Leele, Ceesepe o el Hortelano; fotógrafos como García Alix; todólogos del arte que se travestían para cantar por las noches y pintar por el día como Fabio McNamara. Fue este grupo insaciable el que dio vida y otorgó dirección al cine Almodovariano. Sí, el máximo exponente de la movida fue y seguirá siendo Pedro Almodóvar.

Pedro Almodóvar en el rodaje de La ley del deseo (1987)

“Oye bonita, tengo que colgarte. Ha venido un sádico asesino que está destrozándome viva.” – Laberinto de pasiones (1982)

Es Almodóvar el director español de mayor resonancia y reconocimiento internacional. ¿Y es que quién no lo conoce? El estilo del director y, por ende, de la movida, se convirtió en un género cinematográfico en sí mismo. Durante el franquismo, el cine español sufrió de duras censuras y de tradicionalismos impuestos en su contenido. Pedro Almodóvar surgió para girar la tuerca de la situación con su pasión por lo caricaturesco, su diseño de producción con colores explosivos, sus personajes complejos, esos diálogos pasionales, un melodrama recurrente y la continua referencia a obras de arte olvidadas por el imaginario español del franquismo. Pero aún más importante a recalcar, diría yo, son sus chicas, sus mujeres. Una de las labores del arte para con la sociedad después de la dictadura era, sin lugar a dudas, la emancipación de la figura femenina. Difícil labor. Almódovar adoptó esta faena y vaya que la supo llevar a cabo. Cedió su cámara estrafalaria para darle voz a la figura de la mujer española que había sido silenciada y moldeada según el patriarcado franquista.

Se estrenó Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón en el año 1980. El filme, con música de Alaska y Los Pegamoides, instauró la figura de la “chica Almodóvar”. El hábitat de la chica Almodóvar era Madrid. El director nos mostró a madrileñas perdiendo la cordura ante un ataque de nervios, usando tacones lejanos, rogando “¡Átame!” a viva voz en un encuentro sexual. Una efigie femenina tan basta, compleja, tan libre de vestirse como se le dé la gana, enamorarse, desquiciarse, matar, triunfar, hacer y deshacer por sí misma, que se convirtió en un verdadero ejemplo internacional. El atractivo de estas chicas residía en renunciar al esquema de ser (o pretender ser) la “niña buena” para pasar a poseer autonomía de acción y pensamiento.

Dicen que la ficción, allá en los ochentas, permeó la vida de muchas mujeres de la época que comenzaron a salir a la calle con atuendos parecidos a los de Carmen Maura. Se nos hizo protagonistas de historias muy nuestras y esas expresiones artísticas nos hicieron saltar con gusto el legado del “segundo sexo”. Mujeres conscientes de la dependencia social y económica ante la cual nos encontramos maniatadas al género masculino, pero que aun así son muy capaces de meter el cuerpo de su marido asesinado en una nevera y dedicarse de lleno a alimentar al staff de una película en un restaurante robado, como hizo Raimunda en Volver (Pedro Almodóvar, 2006). Coraje y sofisticación, amor propio y desbarajustes, pero sobre todo solidaridad. Cuando una chica Almodóvar se encuentra con otra, así tan capaz de construir su vida sin colársele entre las piernas a un hombre, ésta le dedica la fidelidad de una madre a una hija. Porque estamos juntas en esto, creo.

Habría que recorrer sus coloridos títulos para conocer cómo este artista tomó la batuta ante la transición. Representó sin temor a los silenciados, a los homosexuales y travestis, a las mujeres con sus miedos, sus pasiones, sus letargos emocionales y culturales. Hizo protagonistas y héroes de los miembros de la sociedad que no habían formado parte de la historia del cine, del antitético. Instaló luces neón, y muchas.

“¿Cómo se puede ser machista con semejante par de tetas?” – Todo sobre mi madre (1999).

Victoria Abril, Pedro Almodóvar y Marisa Paredes en el rodaje de Tacones lejanos (1991)

Así que para hablar de Almodóvar hay que sacar a relucir que Madrid, así como la España de nuestros días, tiene dos caras. ¿Y qué puedo decir? A mí me cautiva la cara almodovariana. Ésa que es desordenada y frenética, incandescente y Kitsch. La parte de Madrid que goza de una decadencia legítima y a la vez humana y bondadosa. Con mujeres que trabajan a diario por la equidad. La ciudad de una juventud que sin tapujos se atreve a denunciar a los cuatro vientos toda seña de injusticia. Un mundo subterráneo, incluyente y valeroso, donde las preferencias sexuales no son el tema de la discusión del sábado. El Madrid que heredó la movida, el de Almodóvar huele a emancipación.

Remato diciendo, entonces, que yo quiero ser una chica Almódovar. Gracias, Pedro.

Dawson City, Frozen Time; las posibilidades artísticas del cine en su función de archivo

David Azar: @DavidAzar93

Se dice que aproximadamente el 75% de las películas producidas en el periodo de cine silente se considera perdido. Esto se debe en gran parte a la naturaleza incendiaria del nitrato de celulosa, emulsión que se utilizaba como base para las películas cuando Eastman Kodak lo popularizó en 1889. Altamente inflamable, el empleo de nitrato en el cine cobró bastantes vidas, siendo la razón de cientos de incendios en salas de cine en todo el mundo hasta que su empleo fuera descontinuado en 1951, con el acetato de celulosa como alternativa.

Este desafortunado episodio en la historia del cine es el punto de origen de los caminos que Bill Morrison se decide a explorar en su documental Dawson City: Frozen Time (2016). Basándose en el hallazgo que se hizo en 1978 de 533 rollos de película de nitrato debajo del suelo durante una construcción en Dawson City (en la región de Yukon, en el noroeste de Canadá), Morrison reescribe la historia de esta ciudad que nació de una fiebre de oro a finales del siglo XIX y cuyo origen está íntimamente relacionado con la historia del cine. Para este proyecto, el cineasta hace uso casi exclusivamente del mismo material encontrado, hoy conocido como Dawson City Film Find. Morrison, quien es un consolidado artista experimental en el campo del found footage, indaga en la naturaleza y función del cine como archivo en este ejercicio de montaje de dos horas en el que rechaza la narración hablada y se enfoca en el lenguaje visual, apoyándose de las imágenes de un pasado olvidado por bastante tiempo.

Dawson City – situada en la otrora región de caza y pesca de los Hän, tribu nativa del territorio Yukon – nació de un hallazgo de oro en el río Klondike en 1896, propagando un rápido desarrollo industrial que se extendió hasta la primera década de 1900. Este proyecto de ciudad no tardó en convertirse en objeto de aspiraciones millonarias y sufrió un crecimiento acelerado en cuestión de pocos años, llegando a recibir un flujo de cien mil personas (principalmente de San Francisco y Seattle) en busca de la oportunidad de hacerse ricos a costa de la fiebre de oro. Sin embargo, las dimensiones de Dawson City no dieron abasto para la ambición de todos sus nuevos habitantes y cerca del 70% pereció en el intento (la travesía por las tormentas de nieve de Yukon era uno de los retos más grandes) o regresó a sus tierras con los bolsillos llenos de este metal precioso. Como es el caso con toda ciudad en pleno desarrollo, algunos empresarios vieron una oportunidad en la industria del ocio y se construyeron negocios para entretener a los nuevos habitantes cuando éstos no estuvieran ocupados extrayendo oro del subsuelo; casinos y prostíbulos acapararon las calles principales de Dawson City en un principio (Fred Trump, abuelo del ilustre presidente norteamericano, inició la fortuna de su familia con un burdel en este rincón del mundo), y más tarde los cines se convirtieron en el principal centro de atracción. Este último punto, sumando la lejanía entre Yukon y el resto de las grandes ciudades de los Estados Unidos, fueron dos factores clave para la construcción accidental de un archivo de cine sumamente importante para el futuro. Por otro lado, algunos de los más grandes empresarios de la industria cinematográfica de la época de oro, como Sid Grauman y Alex Pantages, iniciarían sus exitosas trayectorias en Dawson City, agregando más a la distintiva relación entre la ciudad canadiense y la historia del cine.

Sam Kula, director del National Film Archives de Canadá (izq.) y Michael Gates, curador de colecciones para Parks Canada (der.) con parte del material encontrado en Dawson City

La Dawson City Film Find contiene lo que hoy en día son copias únicas de cintas de grandes pioneros del cine silente como D.W. Griffith, Tod Browning y Lois Weber. Además de estos valiosos materiales, cientos de cintas-noticieros, películas educativas y demás joyas escondidas de los años 1910s y 1920s  conforman este archivo rescatado por los archivistas canadienses Michael Gates y Kathy Jones-Gates, las únicas personas entrevistadas por Morrison en el documental.

La historia de Dawson City y la fiebre de oro en sí, mas el increíble hallazgo de lo que hoy representa un inmenso acervo histórico de cine, son tan sólo algunos de los elementos narrativos que Morrison desarrolla en su documental. En cuanto a la forma, en un estilo más creativo y experimental, el cineasta estadounidense aporta sus conocimientos técnicos de montaje y hace uso del found footage para construir imágenes poéticas que ilustran los eventos que se relatan en la película. Utilizando fragmentos del material de Dawson City Film Find, Morrison se decanta en evocar acciones, reacciones y emociones que van de la mano con los hechos que se nos narran. El cineasta también se apoya en gran medida del diseño sonoro y la música como recursos estéticos, realizados por John y Alex Somers, respectivamente. Tratándose de una película silente (la información de los hechos la transmite Morrison con textos sobre las imágenes), los hermanos Somers añaden un tono particular con su elección de sonidos ambientales, ocupando así una función sustancial a lo largo de la película.

En esta historia, una serie de coincidencias fungieron como salvaguarda de una valiosa colección cinematográfica: accidentes y alternativas por los peligros del nitrato de celulosa, el nulo interés por parte de los estudios de cine en recuperar sus películas enviadas a Dawson City tres años después de sus estrenos originales, la falta de un espacio propicio para archivar estos rollos de películas; las condiciones y el contexto de un pueblo en vías de modernización terminaron por tejer lazos íntimos con la historia del séptimo arte. Con Dawson City: Frozen Time, Bill Morrison nos remite a la importancia del cine en su función como archivo, narrándonos la extraordinaria historia de un acervo que nació de una serie de curiosas circunstancias, y al mismo tiempo demuestra su talento como artesano del found footage evocando imágenes poéticas con las limitaciones de un material que no es de su autoría, constatando también las posibilidades artísticas que ofrece el empleo del cine como archivo. Oscilando entre lo educativo, lo histórico y lo experimental, Dawson City: Frozen Time es una película redonda que nos habla acerca del origen, evolución y función del cine en una sola historia.

Fuentes:

Brody, R. (2017) “The Secrets of Silent-Film Footage Found Buried in the Earth.” The New Yorker. Consultado en: [https://www.newyorker.com/culture/richard-brody/the-secrets-of-silent-film-footage-found-buried-in-the-earth].

Luna, J.A. (2015) “La película de nitrato como uno de los productos más inflamables.” Hipertextual. Consultado en: [https://hipertextual.com/2015/04/pelicula-de-nitrato].

 

El universo cinematográfico de Marvel Studios; cómo reinventar el cine de superhéroes

Ramón Treviño: @RamonTrevinoF

Estamos a un pestañeo del estreno de lo que se espera ser la nueva maravilla de Marvel Studios, Avengers: Infinity War (Anthony & Joe Russo, 2018), la cinta que reunirá a veintidós superhéroes en la pantalla grande en un proyecto cinematográfico trabajado por una década.

A lo largo de diez años, Disney y Marvel Entertainment nos han presentado una nueva era de películas basadas en cómics. Iron Man (Jon Favreau, 2008) fue la cinta que abrió la puerta de un universo donde cada personaje de estas historias están unidos por el bien de la Tierra, siempre y cuando el estudio tenga los derechos de autor. Como cualquier niño que creció con cómics y caricaturas, para mi fue algo surreal ver estas figuras de acción cobrar vida, interactuar entre ellos y, más increíble aún, salvar el mundo. Claro, las cintas de superhéroes tiene más de cincuenta años proyectándose en las salas de cine, mas nunca con adaptaciones de este calibre, como fue el caso del hito The Avengers (Joss Whedon, 2012) en su momento, primera pieza ensamble de la saga y cinta que le recaudó 1,519 miles de millones de dólares en taquilla al estudio.

Por otro lado, DC Comics también entró a la arena del universo cinematográfico de superhéroes con un proyecto similar al de Marvel Studios. Sin embargo, el universo DC, inaugurado con Man of Steel (Zack Snyder, 2013), no ha sido tan coherente ni exitoso hasta ahora, a pesar de contar con figuras como Batman, el mejor personaje en la historia de los cómics (no hay discusiones) y a Superman, el emblema estadounidense de la libertad y justicia. Las contrapartes de este par en Marvel son Iron Man y Capitán América. De la mano del director Jon Favreau, el alter ego de Tony Stark (Robert Downey Jr.) sentó las bases de este mega proyecto cinematográfico. Lo más complicado para Marvel, Disney y el productor Kevin Fiege, cabeza de toda esta organización nerd, fue dar vida a Steve Rogers, mejor conocido como Capitán América.

El reciente éxito de Black Panther (más de 930 millones de dólares en taquilla al momento de esta publicación) habla de un renacimiento que el estudio viene cocinando desde 2014. No se trata de una casualidad, sino de una fórmula que se ha trabajado por casi un lustro. En 2011, antes del gran estreno de los Vengadores,  Marvel estrenó Captain America: The First Avenger (Joe Johnston, 2011), un intento decente que de alguna manera quedó corto como introducción del “Cap.” El problema con Rogers y su escudo es que reflejan un personaje muy anticuado. Creado en 1941, como mera propaganda durante la Segunda Guerra Mundial, ¿cuál fue la primera portada del cómic de Capitán América? El mismísimo patriota dándole un puñetazo a Adolfo Hitler.

El Capitán América ha logrado una madurez como personaje líder del estudio a través de los años. Las aventuras fueron más dramáticas y el diseño menos infantil, deshaciéndose del traje azul brillante y rojo vivo que alejaban de la seriedad. Fue allí donde el imperio del entretenimiento entendió que replicar la fórmula del héroe salvando al mundo quedó atrás; necesitaron ingeniárselas para fomentar una nueva historia con un género distinto: espionaje. Para la segunda entrega de Rogers como el protagonista de la historia, Captain America: The Winter Soldier (Joe & Anthony Russo, 2014), Marvel Studios sabía que este personaje un tanto aburrido, poco atrevido y muy estricto con sus ideales necesitaba un giro para generar un mayor interés en el público. Chris Evans regresó para darle vida al Cap; no es el mejor actor del mundo, incluso dentro de los Vengadores, pero sí tiene la chispa necesaria para invertir rédito en él.  Kevin Feige tomó una decisión poco común para la silla de director, que al final fueron dos. Los hermanos Anthony y Joe Russo fueron elegidos para dirigir el filme, cuando su única experiencia para controlar un proyecto de 170 millones de dólares fueron 14 capítulos de la serie de televisión Community (Dan Harmon, 2009-2015). Sin embargo, después de la grata respuesta en taquilla y las críticas favorables con Winter Soldier, Marvel adoptó esta fórmula: colaborar con cineastas independientes con la habilidad de sacar buenas actuaciones a las estrellas de la saga, mientras el control de la historia a grosso modo está en manos de Feige y otros cuantos.

El acierto más importante de los hermanos Russo y Feige fue eliminar el concepto de superhéroe. El azul celeste y rojo vivo fueron sustituidos por un uniforme militar azul marino. Sí, el trama es un cliché, el mejor soldado de una organización secreta encuentra que ésta es corrupta y se convierte en un perseguido. Lo hemos visto por enésima vez, mas funciona en Winter Soldier porque no estamos acostumbrados al género de espía en una cinta de estos personajes que nacieron en viñetas coloreadas. Podemos otros elementos clásicos del cine de espías en esta segunda entrega del Cap. Desde frases como “ama a las personas, pero no confíes en ellas”, hasta el giro narrativo [SPOILER ALERT] en que la cabeza de la súper organización de inteligencia S.H.I.E.L.D.S. es el verdadero villano, interpretado por un magnífico Robert Redford.

Algo con lo que Marvel Studios ha batallado en estos diez años de miles de millones de dólares en taquilla han sido sus villanos. Las historias siempre se enfocan en los protagonistas, cuando en la mayoría de los casos los malos tienen un pasado y/o un propósito muchas veces más intrigante. Este es el caso en Winter Soldier con Bucky Barnes, un villano que comparte características muy similares a las de Rogers. Un némesis en su significado literal. No obstante, esta convención funciona en esta secuela porque se trata de un personaje que conocemos desde la primera entrega. La cercanía que tiene con Cap crea todavía más emociones en el climax.

Es así como las cintas de Marvel y sus propuestas de contar sus historias a través de distintos géneros cinematográficos han enamorado a millones de personas en las salas de cine. Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017), más que una película de superhéroe, es una odisea de ciencia ficción con pinceladas gruesas de comedia; Spider-Man: Homecoming (Jon Watts, 2017) es una historia de “coming of age”, de un adolescente tratando de salir adelante en la preparatoria y enamorado de la niña más popular de su escuela. Black Panther (Ryan Coogler, 2018), el bombazo del momento, es una narrativa que explora el conflictos de nación, identidad y poder, maquillados con fantásticas secuencias de acción.

Mientras seguimos en esperando con ansias la tercer entrega ensamble del universo cinematográfico de Marvel, proyecto en el que todas las películas anteriores han apostado su narrativa y que junto con su segunda parte definirá el éxito colectivo de toda la saga, les dejamos el avance de lo que se viene en abril:

Phantom Thread; el delgado hilo entre la pasión y la obsesión

Jose Hernández: @josechj7

No suelo ver muchas películas cuya trama gire en torno a una relación de pareja. Tanto así, que cuando las mencionan no tarda en aparecer la filmografía de Woody Allen en mi cabeza, quizá mi única referencia al tema. Mi conocimiento sobre este filme era muy limitado, por no decir nulo, ya que sólo sabía sobre sus nominaciones en los próximos premios de la Academia y había leído unos cuantos tuits en mi timeline dando visto bueno del mismo. Generalmente son más motivos y vivencias los que despiertan mi curiosidad y eventualmente me llevan a mirar por primera vez una película, pero me alegra haber descubierto ésta sin saber qué esperar. Compré mi boleto, una botella de agua, y así sin más me preparé para conocer el 8º filme de Paul Thomas Anderson, El hilo fantasma (Phantom Thread, 2017).

El director estadounidense nos presenta una historia situada en la Inglaterra de los años 50, donde la industria de la moda estaba más que recuperada de la guerra y que tenía por bastión la capital británica. En Londres, Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis en su aparente última interpretación en pantalla) es un reconocido modisto que junto a su hermana Cyril (Lesley Manville) se encargan de vestir a la alta sociedad inglesa. Los vestidos de la casa Woodcock son idealizados por mujeres de todo el país por no ser una simple prenda de vestir, sino piezas de arte cuya perfección se logra gracias a la obsesión de un Reynolds muy exigente con su trabajo. Esta misma obsesión lo lleva a la imposibilidad de mantener una relación duradera con una pareja, mucho menos creer en el matrimonio.

Al principio conocemos a Johanna, una pareja muy breve del protagonista que es “despedida” tras haber molestado a Reynolds en un esfuerzo por recuperar su atención a la hora del desayuno. Woodcock no tiene tiempo para las confrontaciones. Cyril aconseja a Reynolds pasar la noche en su casa de campo y él accede sin pensarlo mucho. En un restaurante de la provincia inglesa, el destino junta a Reynolds con Alma (Vicky Krieps), una joven mesera quien desde ese momento pasará a tomar el papel co-protagónico en el filme. La pareja accede a que Alma viva en la casona donde se confeccionan los vestidos Woodcock. El resto habrá que descubrirlo uno (aprovechen que sigue en algunos cines).

Siendo Phantom Thread la primera película en que Paul Thomas Anderson se encarga por completo de la fotografía, el realizador añade a esta obra algo más humano y personal, apoyado en bellísimos primeros planos y detalles que reflejan fielmente las emociones e inquietudes de sus personajes. El filme nos habla de pasión. De Reynolds Woodcock, atormentado profundamente por la muerte de su madre, de quien aprendió el oficio que elevó a arte; y de Alma, perdidamente enamorada y desesperadamente buscando la manera de conservar a Reynolds bajo los encantos de su afecto.

La rutina de nuestros personajes y la ambientación en la burguesía inglesa de la época -aunque la mayoría de la trama suceda en el interior de la casa Woodcock- van de la mano con la banda sonora compuesta por Jonny Greenwood (de Radiohead) quien ha colaborado previamente con el director en There Will Be Blood (2007), The Master (2012), Inherent Vice (2014) y Junun (2015). Para Phantom Thread, Greenwood usó una orquesta de sesenta integrantes que entre sutiles movimientos de piano e instrumentos de cuerda con sonidos melancólicos, logran vestir perfectamente la narrativa construida por Anderson. El compositor ha mencionado que la referencia principal fueron las grabaciones de Glenn Gould interpretando la obra de Johann Sebastian Bach.

“La mayoría de la música británica de los 50s es muy amanerada, y si hay algo que éste filme no es, o al menos su protagonista, Reynolds Woodcock, es amanerado. Así que en vez de eso pensamos qué tipo de música escucharía él, y eso me llevó a componer algo más austero, más rígido.” – Greenwood en una entrevista para National Public Radio Inc.

En la misma entrevista, el miembro de Radiohead también habló sobre su relación con Paul Thomas Anderson y cómo fue trabajar con él nuevamente.

“Es un lento proceso de pruebas, en cierta forma. [P.T.A] me mandaba pistas sobre lo que estaba escribiendo, luego el guión y luego secuencias de video. Es un verdadero diálogo: Hablábamos de nuestras ideas hasta llegar a un consenso. Después, empecé a enviarle grabaciones de piano. Él seguía diciendo ‘¡dame más cuerdas!’ incluso usó la frase ‘big-ass strings‘” – Greenwood.

House of Woodcock”, pieza con la que despega el filme, es tocada en repetidas ocasiones a lo largo de sus 130 minutos de duración. Respecto a esta última, Greenwood mencionó:

“Envié una grabación desde mi iPhone de mí tocando el piano y él la repitió y la puso en todo el filme, al punto de que estaba volviendo loco a todos. Luego él dijo: ¿Puedes hacerla más larga, componerla para cuerdas?”

La evolución en las piezas “Phantom Thread I-IV”, además de ser las piezas más destacadas de la banda sonora, nos pone directamente en la psique de los protagonistas, y de golpe nos encontramos ante toda la complejidad de sentimientos que alberga una mente obsesiva. El trabajo de Paul Thomas Anderson me sorprendió y me llevó de la mano por una historia acerca de la frágil línea entre la obsesión y la pasión, producto del amor que le tiene una mujer a un hombre que, a su vez, está enamorado de su arte.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, la oda más fidedigna al amor y al olvido

Natalia Martínez Alcalde: @NataliaMa2

“How happy is the blameless vestal’s lot! The world forgetting, by the world forgot. Eternal sunshine of the spotless mind! Each pray’r accepted, and each wish resign’d” – Alexander Pope, Eloise to Abelard.

¿Has dicho película de amor? Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry, 2004) es quizá todo lo contrario, el antónimo del romance cinematográfico.

La industria del entretenimiento se ha empeñado en trazar sin timidez los cánones de nuestra sociedad: desde las habilidades corporativas, los gobiernos, las ideas de nación o inclusión, racismo o feminismo. Todo. Ha llegado incluso a pautar los estándares o las expectativas de las relaciones personales. Incluyamos, pues, en esta lista el amor según los ideales cinematográficos. El cine nos presenta relaciones amorosas con tintes melodramáticos que se entercan en ocultar la insignificancia de la cotidianeidad que atesta a quienes viven bajo el mismo techo. Romances donde escasea nuestra naturaleza humana tan rota y desgastada, tan insegura y necesitada. Filmes idealistas y poco fieles a la veracidad que siembran expectativas cuasi utópicas.

Es por esto que cuando me preguntan que cuál es la mejor película de amor que yo haya visto respondo Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, y esto porque no me he topado con obra del séptimo arte más fehaciente a lo que una pareja es y deja de ser. Borremos, entonces, de nuestra cabeza toda huella de artificialidad pasional y hablemos de amor y de olvido. Pero de amor real y de lo que significa olvidar en serio. Quién mejor para guiarnos por este sendero que uno de los escritores más fieles a su profesión: Charlie Kaufman.

Este indecente filme que cumple ya catorce años de vida, fue dirigido por el francés Michel Gondry. Cuenta su guionista, Kaufman, que todo inició como un experimento artístico en París. Un amigo del director, el artista Pierre Bismuth, envió tarjetas a varios de sus conocidos anunciándoles que habían sido borrados de la memoria de algún importante miembro de su pasado. Lo que buscaba Bismuth con esto era capturar las reacciones de quienes recibían los mensajes. Y fue así que surgió la idea del filme: la relación entre Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) llega a su fin y ella recurre a una extraña clínica -Lacuna ac- para borrar de su memoria todo rastro de Joel. Cuando él se entera de esto, decide hacer exactamente lo mismo.

¿Qué es el ser sino su memoria? El pasado vive en la memoria y la memoria vive en el pasado. Nuestra cabeza funciona como un almacén de acciones o circunstancias que después llegan a definir quiénes somos. Por esto, si tuviésemos la posibilidad, como la tuvo Clementine y también Joel, de erradicar una parte importante de nuestro pretérito, ¿qué pasaría?

Ya en el proceso clínico, inconsciente en su cama y con un enorme aparato metálico cubriéndole el cráneo, Joel, en una especie de sueño lúcido, cae en la cuenta de que no quiere borrar a Clementine de su memoria. La cinta se transforma en una historia de persecución en la que el protagonista huye del olvido. Salta de memorias frustrantes a otras que al revivir desea atesorar y guardar. Como el beso de ambos escondidos bajo una cobija bordada y ella pidiéndole a él que no la abandone nunca. Joel suplica, entonces, poder mantener ese recuerdo, solamente ése. Pero ve dentro del sueño cómo se le escurre entre los dedos para disolverse. Surge aquí una de las preguntas básicas del filme: ¿Somos meramente la suma de nuestras memorias o hay más detrás del resultado de nuestro pasado? ¿Qué pasaría con la identidad si las experiencias personales se pierden por completo?

En Eterno resplandor de una mente sin recuerdos parece ser que Charlie Kaufman evoca el Ensayo sobre el intelecto humano de John Locke. Según el filósofo de la ilustración, el conocimiento surge de la experiencia. Aunque la repetición es una de las mejores técnicas para fijar ideas, no hay nada como el dolor o el placer para hacer que un pensamiento se talle de manera profunda en forma de recuerdo. En el sueño lúcido de Joel observamos cómo son los momentos más alegres, frustrantes, dolorosos, placenteros o ajetreados los que se clavaron hasta el fondo de su memoria. Mientras más fuerte el sentimiento causado por el suceso, más grabado se quedará el recuerdo. El evocar un recuerdo, según Locke, puede ir acompañado de una sensación igual o incluso más fuerte que la vivida.

Nos preguntamos entonces, ¿Por qué querer borrar algo o a alguien si esas vivencias han construido lo que somos? ¿Se puede pasar de amar a odiar (desear borrar)? Claro. Bien dicen que del odio al amor hay un solo paso. Y es que, al contrario de lo que se nos muestra, el amor es el menos sublime de los actos. Al decidir amar el individuo opta por compartir su vida, sus contentos, sus miedos, su intimidad, su futuro con una persona. Se firma una especie de tratado en el que el otro se vuelve mayoritariamente responsable del bienestar de su pareja. Lo que no sabemos reconocer, más veces de las que menos por ese idealismo que se nos ha comunicado desde hace años, es que estamos depositando en manos de alguien imperfecto y tan roto como nosotros, la edificación de nuestra memoria, de nuestro ser. Se vuelve nuestra pareja la principal otorgadora de nuestras alegrías y penumbras. Escribió alguna vez Jaime Sabines “No es que muera de amor, muero de ti.” Es normal que nos volvamos inseguros, que de pronto se nos nuble la razón, al caer en la cuenta de que le hemos regalado al otro la capacidad de formar nuestra persona.

Tal vez, como ya lo ha dicho Charlie Kaufman, el primer paso hacia amar está en alejar la nociva utopía que existe en la imaginación colectiva en torno al verbo y aceptar su decadencia. Habría que darle una vuelta de 360 grados al versículo de Los Corintios: el amor no todo lo cree, ni todo lo soporta, que el contrato del amor a veces cuenta con envidia, que de vez en cuando sí que se irrita. La base está en saber abrazar las menudencias del día a día, comprender que la acción del otro está sujeta al error, que nadie es completamente seguro de sí mismo. Al amar nos volvemos responsables de una buena parte de los recuerdos de un ser agrietado y ese ser agrietado de los nuestros.

“Meet me in Montauk” le susurra Clementine al oído a Joel al despedirse en su sueño. Amanece y él, yendo al trabajo, siente un impulso irreparable por llegar a aquella locación. Y es que la memoria se borra, pero la emoción, el impulso, el instinto, eso se queda. He ahí el fallo de la clínica Lacuna. El espectador entiende que el protagonista, incluso inconscientemente y lejos de ella, actúa según Clementine.

A través de su viaje mental, Joel descubrió las imperfecciones latentes de su relación, la aburrición de un día a día que le inundó por completo, los momentos de desesperación y apatía. Pero entendió lo irrisorio que es esperar solamente vivir alegrías al elegir estar con alguien. Supo él, que de poder optar de nuevo abrazaría aquellos malos recuerdos con tal de no deshacerse de todos los buenos ¿No será más bien eso el amor? Cuando reconoces al otro como imperfecto y entiendes que esa persona se ha convertido en parte indispensable de tu subconsciente, de tus impulsos, emociones y pensamientos, que ya no eres capaz de ser sin lo que construyó de ti. Joél ya no lograba ser sin Clementine. Ella al haber sido la persona más importante durante un fragmento de su vida, le guste o no, se quedó en su manera de reaccionar, de ver el futuro, de sentir o de pensar.

Charlie Kaufman invita al espectador a remontarse a su pasado. Éste, al reflejarse en los personajes, desempolva recuerdos de relaciones, los revive. Y entiende, quizá, que tener una mente sin recuerdos no nos lleva al eterno resplandor.

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A Kaufman no le gusta ser llamado escritor, lo ha dicho ya varias veces. Yo, como escritora en proceso, me pongo de pie y le aplaudo su enorme talento, humildad y su sentido ético ante este cansado oficio. Es un escritor, con todo lo que el calificativo implica, que inspira a las futuras generaciones que desean entregar su vida a la palabra escrita: a la ficción. Aun habiendo escrito guiones ganadores del Premio de la Academia, decide continuar fiel a la labor de desvanecer las superficiales líneas que fijan los medios para bosquejar las tan complicadas batallas humanas. El escritor, por respeto a la inteligencia de sus lectores, no se censura, ni se ahoga en los lugares comunes. El escritor es un observador despiadado de la realidad, alguien que a través de la narrativa busca plantar dudas, afectar, reconfortar o interrogar.

No me puedo ir sin antes recomendar las películas de Charlie Kaufman: Being John Malkovich (Spike Jonze, 1999), Human Nature (Michel Gondry, 2001), Adaptation (Spike Jonze, 2002), Confessions of a Dangerous Mind (George Clooney, 2002), Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Synecdoche, New York (Charlie Kaufman, 2008) y Anomalías (Charlie Kaufman y Duke Johnson, 2015).

Closing Ceremony - 51st Karlovy Vary International Film Festival
Charlie Kaufman, 51º Edición Karlovy Vary International Film Festival