¿Y ahora a dónde vamos?; la solución femenina a los conflictos religiosos

Natalia Martínez: @NataliaMa2

“Y entre sus portentos está la diversidad de vuestras lenguas y colores.” (Corán 22:67)

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Han sido muchos los conflictos bélicos, las guerras, las matanzas forjadas en el nombre Dios. El medio oriente, el lugar en donde comenzó la maravillosa aventura de la humanidad, al ser la cuna y el crisol de los mitos religiosos, se encuentra en situación de guerra perpetua. Es justamente esa zona del planeta en la que surgieron las más ancestrales de las devociones y donde estas ideologías conviven cara a cara y día a día. Distintas versiones de Dios se encuentran en constante confluencia y choque. Cada una de las religiones busca erigirse sobre el pedestal de la verdad absoluta. Para cada una de estas ideologías, su interpretación de lo infinito, de lo eterno, de la salvación es la única admisible y debe monopolizar la materia de lo sobrenatural. Todos los demás están mal y yo estoy bien, nos decimos y este enunciado tan carente de argumentos se convierte en parte intrínseca del sentido común religioso.

¡Cómo nos gusta contradecirnos! La gran mayoría de las religiones han caído, en alguna etapa de su historia, en profesar a un Dios amoroso y compasivo pero que desea acabar con los infieles a como dé lugar, qué importa cuánta sangre se derrame en el intento.

El Líbano es el país  que agrupa a un mayor número de comunidades religiosas: los cristianos que se dividen en maronitas (19%), griegos ortodoxos (10%), griegos católicos (8%), y el grupo islámico separado en sunnitas (21%), chiítas (34%) y los heterodoxos drusos (8%). Un 37% contra un 63%. Los enfrentamientos armados, iniciados por el desacuerdo religioso, han brotado en distintas etapas de la historia del país. Sin embargo, en este pedacito de tierra, miembros de dos religiones “enemigas”, se ven obligados a vivir pared con pared, ser compañeros de clase, toparse en la panadería o en el restaurante, hacer negocios el uno con el otro, compartir la patria, el pueblo, la aldea. ¿Y cómo les va? Dejémos que la directora libanesa, Nadine Labaki, nos lo cuente.

“A cada uno de vosotros le hemos asignado una ley y un modo de vida. Y si Dios hubiera querido, cierta­mente, os habría hecho una sola comunidad: pero para probaros en lo que os ha dado. ¡Competid, pues, unos con otros en hacer buenas obras! Habréis de volver to­dos a Dios: y, entonces, Él os hará entender aquello sobre lo que discrepabais.”(Corán 5:48)

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¿Y ahora a dónde vamos? (2011) es, como lo describe la directora, una pequeña película, de una pequeña aldea donde estas dos religiones parecen coexistir en armonía; una misión imposible, un sueño difícil de convertir en realidad. La historia retrata la manera en la que las mujeres de esta comunidad aislada desafían la inminente lucha entre cultos que comienza a desatarse en el país. Esto desde un punto de vista tanto humorístico, como trágico.

El 7 de mayo de 2008, la paz se tambalea en el Líbano. Beirut se convierte una vez más en zona de guerra. La televisión nacional muestra imágenes de enmascarados con armas y granadas. De nuevo, el país se encuentra sumergido en un conflicto liderado por sus dos principales religiones: cristianos y musulmanes.

La cinta comienza con los habitantes del pueblo reunidos delante de una televisión, la única en la aldea. Una presentadora en ropa muy ajustada presenta las noticias. Los varones abren los ojos emocionados mientras se codean. No a diario se ven mujeres con ese cuerpo y esa vestimenta andando por ahí. Las esposas de la aldea suben a la colina para desactivar la conexión televisiva. No en un intento de evitar que sus maridos se exciten viendo a la presentadora. No. Lo que querían era impedir que supieran lo que estaba pasando a las afueras del pueblo: el inicio del conflicto religioso. Si ellos no se enteran, los musulmanes y cristianos de la población seguirán llevándose bien y la amigable vida en comunidad no se vería afectada.

En un país donde la violencia se propaga, Nadine Labaki nos presenta al grupo de mujeres de la aldea en su intento por evitar que sus esposos e hijos se enteren de lo que sucede a las afueras de la pequeñísima realidad en la que se encuentran. Estas tentativas van desde milagros falsos, como una estatua de la Virgen María llorando, hasta contratar a strippers de Europa del este para ir a vivir un rato a la aldea y dejar así a los hombres pasmados con lo exótico de sus nuevas vecinas rubias y de piernas largas.

Vemos, en pantalla, a la mujer libanesa cristiana y a la musulmana, todas amigas, que instituyen como sede de conspiración la cocina – lugar al que nunca entra el hombre. Labaki nos muestra a una mujer astuta que le hace creer al hombre que él tiene el poder mientras ella mueve las cartas, disimuladamente, por debajo de la mesa. La directora fue capaz de crear una coqueta pero dura evocación a la resistencia, la empatía y la compasión femenina.

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¿Y ahora a dónde vamos? Se postró, por su naturalidad y fluidez, como el tercer filme más taquillero en la historia del Líbano, después de Titanic (1997) y de Avatar (2009).

Nadine Labaki, al traducir su contexto a una narrativa tan divertida como conmovedora, abre el paso hacia un análisis individual de nuestra propia concepción hacia lo “distinto”. Ella percibe, analiza y entiende la situación de su patria para transmitirla en la pantalla grande con matices cómicos y trágicos. Nos pregunta qué tanto somos como esas mujeres, que hornean galletas juntas, cantan y bailan, ríen y se consuelan, forman parte del mismo bando, a pesar de pertenecer a dos grupos religiosos que han puesto en manifiesto su posición de adversarios.

“¡Oh, humanos! Os hemos creado a partir de un hombre y una mujer, y os congregamos en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros. En verdad, el más honrado de vosotros ante Allah es el más piadoso”. Cita del Corán (Las Habitaciones 49:13).

¿Luchar en nombre de Dios? ¿Guerras de conquista y conversión? ¿Cruzadas? ¿Terrorismo? ¿No sería más lógico entablar amistades y comprender al otro en nombre de ese Dios amoroso y compasivo del que tanto alardeamos?

“Y no discutáis con los seguidores de revelaciones anteriores sino de la forma más amable—a no ser que sean de los que están empeñados en hacer el mal—y decid: ‘Creemos en lo que se ha hecho descender para nosotros, y también en lo que se ha hecho descender para vosotros: pues nuestro Dios y vuestro Dios es Uno sólo’” (Corán 29,46)

 

Persepolis; el turbulento camino a la madurez de una mujer iraní

David Azar: @DavidAzar93

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En 2007, la artista gráfica y escritora iraní Marjane Satrapi hizo mancuerna con el dibujante francés Vincent Paronnoud para llevar a la pantalla su famosa novela gráfica y autobiografía Persepolis (2000). En un primer salto al cine, Satrapi y Paronnoud se dieron a la tarea de adaptar la historia al guión y animar las imágenes ellos mismos, dando como resultado un emotivo viaje por la infancia, adolescencia y madurez de su autora, ilustrado en un bellísimo blanco y negro.

Fiel a su material original, la película sigue la historia de Marjane, una chica iraní muy curiosa y entusiasta que nace y crece en medio de transiciones complicadas en la escena política y social de su país; la revolución iraní de 1979 la sorprende con apenas diez años de edad y, mientras la nueva república se va asentando sobre las heridas de la guerra, el pueblo de Teherán se ve optimista ante un futuro aparentemente prometedor. La película muestra a Marjane explorando sus alrededores con su ingenuidad infantil, dejando en evidencia las repercusiones culturales y psicológicas de la violencia y opresión que vivió su país, mientras se desenvuelve en la armonía del hogar con sus padres Ebi y Tadji, su abuela y su tío Anouche. Dos meses después de haber concluido la revolución, el panorama torna oscuro cuando un grupo islámico fundamentalista gana las elecciones y cubre Irán bajo una ola de ultra-conservadurismo, encarcelando y ejecutando a los héroes de la revolución y degradando la calidad de vida de las familias iraníes. Es en medio de este caos que los padres de Marjane deciden que ésta vaya a Viena a continuar sus estudios, lejos de sus raíces. El mundo occidental la abrumará con una vuelta de tuerca cultural en su transición a la adolescencia, donde Marjane se enfrentará a nuevos retos, nuevas experiencias, nuevos conflictos.

Satrapi no buscaba la oportunidad de realizar una película de su aclamada novela gráfica, más bien fue la oportunidad quien la encontró a ella cuando un amigo suyo quiso adentrarse en la industria cinematográfica. A pesar de su escepticismo inicial frente el proyecto, Satrapi logró plasmar eficazmente un balance entre la historia de su vida y la de su país, contado a través de su perspectiva, sin miedo a exponer las situaciones sociales y culturales que implicaba ser una mujer iraní en los 70’s y 80’s. Los personajes que pasan por la vida de Marjane gozan de gran complejidad y detalle; Satrapi reconstruye con precisión las personalidades de sus familiares y amigos, especialmente el personaje de su abuela, quien será un guía espiritual tanto para Marjane como para el espectador a lo largo de la historia. Por otra parte, Paronnoud trae a la mesa una gran aportación en el diseño visual de la cinta con un estilo muy característico en su manejo del blanco y negro y elaboradas secuencias de animación. La película maneja también un humor ácido que hace buena mancuerna con los momentos de carga dramática, haciendo de la película una experiencia divertida, introspectiva y emotiva.

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Persepolis (2007) tuvo su estreno internacional en el Festival de Cannes, donde se llevó el premio del Jurado (compartido en empate con la mexicana Luz silenciosa de Carlos Reygadas), consolidando el talento de sus realizadores en el campo de la cinematografía. Ese mismo año, la película sería reconocida con la nominación al Oscar a Mejor película animada (perdiendo finalmente contra Ratatouille de Brad Bird). Sin embargo, los fantasmas de la ideología conservadora de aquella época acosarían a Satrapi una vez más; el gobierno iraní intentó que la película no se proyectara ni en el certamen francés ni en ninguna otra pantalla al rededor del mundo, acusándola de “indecente” y de “presentar los logros y resultados de la gloriosa revolución islámica de manera irreal”. La presión del gobierno iraní no logró censurar la cinta del todo, aunque sí convenció al Festival internacional de cine de Bangkok de sacarla de su selección oficial.

Diez años más tarde, Persepolis conserva su lugar como una pieza valiosa en el cine de animación y como relato de las complicaciones de una infancia y adolescencia en medio de conflictos ideológicos, políticos e históricos, contrastes culturales muy marcados, la búsqueda de la identidad y, finalmente, como le dijo su abuela a Marjane, la integridad.

The Matrix; la puerta al mundo de la filosofía.

Natalia Martínez: @NataliaMa2

“¿Por qué hay algo y no más bien nada?” – Martin Heidegger

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En 1999, a pocos meses del inicio de un nuevo siglo, debutó en la gran pantalla un filme que revolucionaría y dejaría una huella profunda en la manera de hacer cine, marcando el comienzo de la era digital en la cinematografía. The Matrix (1999), la primera entrega de la trilogía de los Wachowski, nos sitúa en un futuro distópico. Presenta a Thomas Anderson (Keanu Reeves), un hacker que trabaja bajo el pseudónimo de Neo, que comienza a dudar de la totalidad que lo rodea, de su propia existencia, de lo que es real y lo que no. Un tal Morpheus (Laurence Fishburne) lo recluta. Le presenta dos alternativas: Tomar la píldora azul -dejar de dudar para rendirse ante la aceptación de la realidad tal y como se le presenta, andar por la vida con el bienestar que supone la ignorancia- u optar por la píldora roja -recorrer el arduo y angustiante viaje hacía el conocimiento de la verdad, de la insatisfacción, el pensamiento crítico, la sabiduría. ¿Qué hacer? Neo opta por emprender el tan severo viaje sin retorno de la filosofía.

Entendamos el argumento: En un mundo regido por máquinas que para funcionar necesitan energía, se han erigido “granjas” en las que los humanos son cultivados dentro de embalajes individuales y conectados a un enorme computador. La única manera de mantener a las personas vivas pero cautivas en aquellas cubiertas es creando una realidad virtual para tener sus mentes ocupadas e inconscientes de su estado físico. Ellos viven, trabajan, envejecen en lo que suponen es “el mundo real”. Esta realidad alternativa se llama Matrix.

A su vez, existe una ciudad habitada por los que han logrado liberarse de esta condición. Zion, conformada de desechos y ruinas, es el lugar desde el que los rebeldes se dedican a jaquear Matrix en búsqueda de los que están mentalmente listos para ser desconectados.

Sí, The Matrix es una de las películas de ciencia ficción más emblemáticas de todos los tiempos, pero es también una atinada metáfora de lo que supone la lucha intelectual de un pensador en su búsqueda por alcanzar la verdad. Una clara alusión sobre el control mental ejercido sobre las masas desde siglos antes del Concilio de Trento hasta la masificación de los medios de comunicación de nuestros días y la lucha emprendida por las personas que se hacen conscientes de este sistema. En resumen, el filme se edifica sobre las preguntas básicas de la historia del pensamiento humano. Así que hablemos de lo que la hace tan grande: sus bases filosóficas.

¿Qué es lo real? La duda de la realidad perceptible con Platón y Descartes

“¿Qué es lo que veo por la ventana? Sombreros y capas, que muy bien podrían ocultar unas máquinas artificiales, movidas por resortes” – René Descartes

¿Has dudado alguna vez entre estar despierto o dormido? ¿Suponer que tu sueño es la realidad y tu vida un sueño? ¿Por tu cabeza han rondado preguntas que cuestionan lo tangible, creyendo que hay una especie de arquitecto todopoderoso que controla lo que percibes con tus sentidos? ¿Has llegado a cuestionar la capacidad de razonar de las personas que te rodean? ¿Que si soy el único que piensa, siente, ve y los demás son máquinas preprogramadas? ¡Sí, suena a locura, pero no te preocupes! Para la psiquiatría podrías estar mostrando los primeros síntomas de una psicosis. Desde un punto de vista filosófico, has escalado el primer peldaño del escalofriante pero hermoso viaje del pensamiento.

“¿Qué es real? ¿De qué modo definirías real? Si te refieres a lo que puedes sentir, a lo que puedes oler, a lo que puedes saborear y ver, lo real podría ser señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.” – Morpheus.

Comencemos tomando como referencia la alegoría de la cueva de Platón, una metáfora que se parece mucho a lo que propone Matrix. El pensador griego nos plantea a un grupo de hombres que desde su nacimiento están encadenados en una caverna sin poder girar la cabeza hacía la luz, miran la penumbra siendo testigos solamente de las sombras que se plasman sobre el muro como producto de una hoguera. Para los encadenados, las sombras son lo “real”. Uno de los prisioneros logra liberarse y salir, la luz del mundo exterior le molesta mucho, pero se adapta y con esta conciliación viene el deseo por rescatar a sus amigos. Vuelve. Ellos, incapaces de concebir lo que él señala, lo juzgan loco y amenazan con quitarle la vida si él osa recatarlos.

“Tienes que comprender que la mayor parte de los humanos son todavía parte del sistema. Tienes que comprender que la mayoría de la gente no está preparada para ser desconectada. Y muchos de ellos son tan inertes, tan desesperadamente dependientes del sistema, que lucharían para protegerlo.” – Morpheus.

En el siglo XVII, un francés llamado René Descartes se convirtió en uno de los pocos prisioneros de esa caverna que apenas iniciaba a girar la cabeza para ver el exterior. El filósofo, así como Neo, comenzó a plantearse dudas básicas sobre su realidad perceptible. “¿Alguna vez has tenido la sensación de no saber con seguridad si sueñas o estás despierto?” le pregunta Neo a su amigo. Esta cita de la película está claramente inspirada en el pensamiento cartesiano: “¡Cuantas veces me ha sucedido soñar de noche que estaba en este mismo sitio, vestido, sentado junto al fuego, estando en realidad desnudo y metido en la cama! (…) no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia.”

El dualismo cartesiano se posiciona como el centro del pensamiento de Descartes, esto se refiere al problema cuerpo-mente. Él, al dudar, logra comprobar la existencia de la razón: “Pienso, luego existo”. La complicación reside en: ¿Cómo comprobar la realidad externa? ¿Cómo diferenciar la realidad del sueño? Si mi mente es capaz de hacerme vivir vidas paralelas, sentir, andar, conocer, hablar, escuchar, mientras sueño, ¿cómo hago para confiar en lo que veo al estar despierto?

Somos dos sustancias distintas, pero una no existe sin la otra, escribe Descartes. La mente no es timón sin su nave que es el cuerpo y la nave no puede navegar sin un timón. Esto lo revela Morpheus al explicarle a Neo que si la mente de alguien muere en Matrix, esa persona muere también en el mundo real.

Descartes se posicionó como el padre de la subjetividad y principal promotor de la duda al resolver cuestionarlo todo. ¿Qué si hay un “genio maligno” y poderoso que ha puesto toda una ilusión frente a mis ojos para engañarme y controlarme? Se preguntaba el pensador francés -así como probablemente tú también te lo has preguntado. En el filme, ese genio maligno que propone Descartes son las maquinas que para mantener el control y conseguir la energía que necesitan para funcionar, crean una realidad alternativa para el ser humano. ¡Cuán fascinante es que una tesis así se haya planteado desde 1600!

¿Soy Libre? La libertad desde el existencialismo de Heidegger y Sartre

La pregunta por la realidad inmediatamente nos lleva a cuestionarnos sobre nuestra propia libertad. El padre del existencialismo es -aunque no se le incluya en las tertulias existencialistas parisinas- el alemán Martin Heidegger. En su libro Ser y tiempo (1927), Heidegger nos habla de dos tipos de vidas humanas: la existencia auténtica y la inauténtica. Expliquemos primero la inauténtica. En este grupo se encuentran los humanos en estado de negación permanente, los que no dudan de lo que dicen las modas o los preceptos sociales, que siguen a las masas o a ciertas instituciones sin cuestionarlo. Los que se entregan al mundo del se dice que –“Se dice que esto es en lo que debo creer… que esto es lo que debo hacer… que éste es el libro que debo leer… que así es como debo llevar mi vida.” Los que llevan una existencia inauténtica jamás se cuestionan quién es la persona que lo dijo y cuáles fueron las razones por las que se instituyó alguna ley, pauta o dogma “irrefutable”. Al contrario, acusan a la duda de ser una falta en contra de los valores establecidos. El jurar que hay cosas que no se deben cuestionar es el primer síntoma de una existencia inauténtica. O sea, los que están dentro de Matrix y siguen con sus vidas creyendo que todo lo que viven, ven, escuchan y sienten es real.

Por otro lado, tenemos a la existencia auténtica, el antónimo, es un ser humano que tras un enorme duelo supo aceptar y entender su naturaleza y lo que le rodea. Es al que su vida le pertenece, su existencia no se disuelve en el anonimato del que vive según lo que se le dice o informa, ya que no siente más miedo por cuestionarse todo lo que se dice. Éste es el hombre que elige por sí mismo –es el que sale de Matrix para alcanzar la libertad. Pero en la vida, al igual que en la película, los que optan por una existencia auténtica son muy pocos. La ignorancia es felicidad, dicen.

“Descubrí una solución según la cual el 99% de los individuos aceptaba el programa mientras pudieran elegir, aunque únicamente lo percibieran en un nivel casi inconsciente”. – El arquitecto.

Así que Neo tuvo que elegir entre la pastilla roja (lo auténtico) o la azul (lo inauténtico). Bien decía Jean Paul Sartre que el ser humano está condenado a la libertad: “Si no elijo, también elijo”. Sembrada en la mente de cada uno, por naturaleza, está esa duda, el cuestionamiento, la razón. La elección radica entre si regar esa semilla –seguir soñando, luchando, decidiendo por nosotros mismos- o dejarla intacta y dejar que alguien más elija por mí.

***

Las referencias en The Matrix no son solamente de índole filosófico. Encontramos menciones a obras literarias como Alicia en el país de las maravillas (1865) de Lewis Carroll; mitología griega en personajes como el Oráculo, Neo, Morpheus, Perséfone; referencias al cristianismo en Neo siendo el elegido, y en Trinity; el budismo y la cultura oriental aparecen citados en la metáfora del espejo, el karma, las artes marciales; entre varias otras cosas. No obstante, The Matrix huele a filosofía, es filosofía. El filme no gozaría de ese carácter laberíntico, ni de su esoterismo o intriga si no sembrara en el espectador las cuestiones básicas de nuestra condición humana.

La filosofía es la ciencia de las preguntas grandes, ésas que nos causan tanta angustia y que buscamos suprimir y encarcelar – ¡Que alguien más nos explique eso que tanto miedo me da! Hoy, en tiempos de rapidez, instantaneidad, parece que nadie tiene tiempo para detenerse a pensar. Las preguntas se hacen más grandes, nuestra capacidad de razonar más pequeña. Las alternativas para escapar de nuestra cabeza abundan. La información vacía y poco argumentada, las modas, los qué hacer y qué no hacer nos bombardean hasta por debajo de la cama. La filosofía, casi sin aliento, ya oxidada y cansada de gritar y gritar para intentar avivar nuestro entendimiento, parece estarse rindiendo.

The Matrix es una verdadera joya de la cinematografía que pasó a la posteridad, no solamente por sus revolucionarios efectos especiales y su carácter de ciencia ficción, sino porque intenta salvar el llamado que cada ser humano tiene a la sabiduría, y lo hace de una forma muy atractiva. El filme da dos opciones al espectador: verlo como una simple película de acción, salir de la sala y continuar con nuestras vidas, o convertirlo en el preámbulo a una vida en búsqueda de la verdad. Repitiendo a Sartre, no somos libres de dejar de ser libres. La elección entre si tomar la píldora azul o la roja queda en ti.

“Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.” –Jean Paul Sartre.

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Rosemary’s Baby: dominando el terror psicológico por cinco décadas

David Azar: @DavidAzar93

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En 1967, después de un exitoso debut como novelista con el thriller A Kiss Before Dying (1953) y un largo tiempo trabajando en teatro, el escritor Ira Levin regresaría con una segunda novela que instauraría un nuevo boom comercial de la literatura de terror: Rosemary’s Baby. El bestseller de Levin se basa en Manhattan y relata la historia el tormentoso embarazo de Rosemary Woodhouse, una chica de provincia recién casada con un actor que no encuentra suerte en su profesión. A raíz de unas pesadillas casi tangibles y aterradoras, Rosemary caerá en un espiral de neurosis, imaginando que sus extraños vecinos conspiran para hacerle daño a su bebe. Impulsada por el instinto maternal, Rosemary no descansará hasta descubrir la verdad detrás de su insufrible embarazo. La novela de Levin fue un éxito rotundo, pero fue incluso antes de ver la luz día que sintió el llamado del séptimo arte: William Castle, legendario productor y director de cine de terror de serie B, se vio muy astuto al adquirir los derechos de la obra justo antes de que ésta fuera publicada. Después de que Hitchcock haya rechazado la oferta, Castle probó suerte tocando las puertas del estudio de Hollywood más devaluado en aquella época: Paramount Pictures. En ese entonces, un joven y ambicioso productor llamado Robert Evans había sido nombrado cabeza de Paramount, heredando la decadencia del estudio. Evans buscaba desesperadamente un guión que cambiara su suerte. Llegó a su escritorio la copia de la todavía inédita novela de Levin.

Paralelamente, los directores emergentes de Europa empezaban a ser contratados por los estudios de Hollywood para traer frescura a las pantallas. Evans y Castle encontrarían la última pieza del rompecabezas en un director que había hecho un par de filmes exitosos en Polonia y  Francia. Con 34 años de edad, y previo a la grandiosa trayectoria que nos traería títulos como Macbeth (1971) y Chinatown (1974), Roman Polanski se topó con la oportunidad de debutar en la tierra de los sueños. Un mes después de haber aceptado la oferta, Polanski regresó a la oficina de Evans con un borrador que se traducía en casi cuatro horas de duración. Bastaron unos cuantos ajustes y el guión de cine de Rosemary’s Baby estaba listo. Polanski no fue el único primerizo en Hollywood a bordo de la producción: Mia Farrow hizo su debut en la pantalla grande encarnando a Rosemary Woodhouse. El papel de Guy Woodhouse, el esposo de Rosemary, fue para John Cassavetes.

Polanski ya había explorado el terreno del thriller psicológico en Europa con Knife in the Water (1962) y Repulsion (1965), pero fue con Rosemary’s Baby (1968) que aprendería a dominar el género. Determinado a cuidar todos los detalles con excesiva atención, Polanski edificó un suspenso auténtico y gradual valiéndose de personajes muy bien construidos. Farrow ha, incluso, mencionado que nunca ha recibido direcciones tan específicas como cuando trabajó con Polanski. Aparte de la intensidad con la que la actriz encarna a Rosemary, las actuaciones de Ruth Gordon y Sydney Blackmer (como los exóticos vecinos Minnie y Roman Castevet) son muy precisas y transmiten efectivamente el aura misteriosa a la que hace alusión el libro. Además del aspecto interpretativo, la música de Krzysztof Komeda, gran compositor polaco y viejo colaborador del director, complementa el ambiente de incertidumbre que aflige a Rosemary, y fortalece el factor del terror a lo largo de toda la película.

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Poster conmemorativo de Mondo Gallery, diseñado por Jonathan Burton (@jonathanburton)

La calidad del detalle en la visión de Polanski se refleja en su fidelidad al material original. Los colores en el diseño de producción y el vestuario (a cargo del dúo-matrimonio Richard y Anthea Sylbert, respectivamente) son exactamente los mismos que la novela indica y los diálogos se acercan lo más posible a los que Levin escribió. El autor confiesa que en un principio fue escéptico ante la producción de la cinta, pero su opinión cambió.

“La película de Rosemary’s Baby es la adaptación más fiel de una novela que jamás allá salido de Hollywood” – Ira Levin

La apuesta que jugó la Paramount en la realización de Rosemary’s Baby fue de mucho riesgo. A pesar de ser su segunda novela, Ira Levin ya había visto tres de sus trabajos convertidos en películas y, siendo un autor bestseller y un dramaturgo de renombre en Broadway, se tenían altas espectativas para la adaptación de su joya del terror. Sin embargo, un director primerizo en el sistema hollywoodense, un ejecutivo joven y ansioso por un éxito que lo rescatara y un productor de cine de terror de serie B no parecía una trifecta a la altura de dicho reto. En el producto final, Polanski dejó muy claro que la libertad creativa, el respeto al material y la confianza en los diferentes departamentos de la producción son los elementos que conforman una película sincera y emocionalmente efectiva. El  debut estadounidense del director iría más lejos de lo que todos los implicados en su realización imaginaron. Rosemary’s Baby fue un gran éxito comercial, recaudando en taquilla diez veces el valor de su presupuesto, aunque esto sólo sería la punta del iceberg. La película limpió el nombre de Paramount e impulsó una serie de éxitos bajo la dirección de Evans, entre ellos The Godfather (1972) y Serpico (1973). De igual manera, Rosemary’s Baby catapultó las carreras de Roman Polanski y Mia Farrow en Hollywood y, finalmente, sería la película que inspiraría una futura serie de éxitos taquilleros en el género de lo diabólico: The Exorcist (1973), The Omen (1976) y Poltergeist (1982), por mencionar las más famosas.

“[Polanski] sabía cómo manipular la mente. Y manipular la mente en el cine, y hacerlo efectivamente, es una pieza de arte” Robert Evans.

Hoy en día, Rosemary’s Baby se sostiene como una joya cinematográfica y la pionera del género de terror que, aunque sus artimañas y trucos nos parezcan anticuados actualmente, la carga psicológica de sus personajes y la manera en que su director los lleva a sus escalofriantes destinos sigue igual de vigente: la escena final, cuando Rosemary se asoma a la cuna de su bebe por primera vez, es de las secuencias más espeluznantes jamás filmadas.

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Hidden Figures: la lucha por descubrir el talento

Jorge Durán: @JEDZ1138

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Tan sólo un par de meses atrás recordábamos la herencia cultural y la indeleble presencia histórica del astronauta John Glenn, quien en 1962 se convirtió en el primer norteamericano en orbitar la Tierra. Su fallecimiento el 8 de diciembre de 2016 reconoció un legado y al mismo tiempo fue el recordatorio de una época llena de aspiraciones, incertidumbre y adversidades. Hidden Figures (2016) retrata una era en busca de hazañas como la realizada por Glenn y la misma NASA, reflejando al mismo tiempo no sólo una revolución tecnológica pero también social. Con el climax de la “Carrera Espacial” entre Estados Unidos y Rusia como fondo, el núcleo de esta historia son tres poderosas mujeres que dejaron su huella en la historia dentro y fuera de este planeta.

Hidden Figures es dirigida por Theodore Melfi y está escrita por el mismo Melfi y Allison Schroeder, basándose en el libro de Margot Lee Shetterly. Esta historia real se enfoca en el primer grupo de mujeres matemáticas, afro-americanas y teje de manera muy equilibrada las vidas y las carreras de Katherine Goble Johnson (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe). Melfi logra contar una historia que pocos conocemos de una forma muy segura y satisfactoria, sin pretensiones, que es exactamente la clase de narrativa que esta excepcional historia requiere, acercando a la audiencia la lucha social y profesional de este talentoso trío.

Esta es una historia que merece ser vista por el mayor número de personas posible. Las generaciones jóvenes, específicamente, necesitan conocer este fragmento de la historia moderna y más aún en una era como en la que vivimos. Hidden Figures es una cinta que inspira y que va mas allá de las salas de cine ya que es un testimonio real de los resultados de la perseverancia y un registro de la defensa de los derechos civiles. Melfi nos muestra que las barreras y las divisiones en las instalaciones de la NASA no son muy diferentes de las batallas sociales en las calles de Virginia, además de presentarnos un retrato de mujeres fuertes, inteligentes y decididas en generar un cambio en sus respectivos campos.

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Taraji P. Henson realiza un sólido y memorable trabajo acercándonos a la vida de Katherine Goble Johnson y su invaluable aportación en el ‘Proyecto Mercury’. Johnson desarrolló los cálculos que ayudarían a trazar la trayectoria que impulsaría la misión de John Glenn y que re-escribiría los libros de historia. Lo que Theodore Melfi logra, de manera muy dinámica, es integrar los desafíos de Dorothy Vaughan y Mary Jackson creando una cinta que presenta diferentes perspectivas que convergen de manera muy coherente. Vaughan lucha por ser reconocida como la primer supervisora afroamericana en la sección de las ‘Computadoras del Área Oeste’, además de enfrentarse a la inminente llegada de la nueva maquinaria IBM que reemplazará el trabajo humano en cualquier momento. Por otro lado, Mary Jackson llevará su deseo de crecer y convertirse en la primer ingeniero afroamericana en la historia de la NASA hasta la corte. Estas “figuras ocultas” merecen descubrirse.

Hidden Figures no sólo tiene el prestigio de encontrarse nominada este año a los premios de la Academia en las categorías de Mejor Película, Mejor Guión Adaptado y Mejor Actriz de Reparto (Octavia Spencer); la pelí una también es un documento que nos demuestra las consecuencias de la segregación racial y el impacto no solo en los individuos, pero en el progreso humano. El daño de vivir divididos por el prejuicio es sinónimo de retroceso y es algo que necesitamos entender ahora más que nunca si deseamos crecer como sociedad.

The Sugarland Express; la explosión de Spielberg antes del fenómeno blockbuster

David Azar: @DavidAzar93

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Es fácil asociar el nombre Steven Spielberg con una marca de Hollywood. El hombre se las sabe todas en la industria: ha roto el record de película más taquillera de la historia tres veces, con Jaws (1975), E.T. The Extraterrestrial (1982) y Jurassic Park (1993), tiene dos Oscars de Mejor Director por Schindler’s List (1993) y Saving Private Ryan (1998), y es cofundador de DreamWorks Studios; por solo describir la punta del iceberg. Steven Spielberg, por resumirlo en algo, es la viva imagen del director que, como él mismo dice, “sueña para vivir”.

Todos conocemos su nombre, todos hemos visto (y muy probablemente crecido con) alguna de sus películas, y todos reconocemos esos elementos que conforman la estética típica de su cine. Pero antes de 1975, el año en que Spielberg se lanzaría a la fama y redefiniría el concepto de blockbuster con el éxito de Jaws, el director de entonces 26 años de edad ya había realizado dos largometrajes. Después de hacer su debut como director de cine con Duel (1971), una película para la TV basada en un cuento corto de Richard Matheson, Spielberg tomó una historia real para su debut en las salas de cine: The Sugarland Express (1974).

Basada en el caso de la fugitiva Ila Fae Holiday y el policía James Kenneth Crone, la película sigue el intento de Lou-Jean (Goldie Hawn) y Clovis Poplin (William Atherton) por escapar de prisión y evadir a la ley para recuperar a su bebé que le fue asignado a una familia adoptiva. El oficial Slide (Michael Sacks) y su patrulla serán los rehenes de la pareja durante su loca travesía en el estado de Texas. El capitán Harlin Tanner (Ben Johnson) tiene la tarea de detener a los Poplin y rescatar a Slide. Los guionistas Hal Barwood y Matthew Robbins adaptaron el material y Universal Pictures le cedió un presupuesto de 3 millones de dólares a un Steven Spielberg muy joven y ambicioso.

Spielberg, Barwood y Robbins añadieron dos detalles más allá de la historia real que serían elementales para la película: la figura de Clovis Poplin (el esposo de Ila Fae Holiday no fue parte de este evento criminal) y el hecho de que la persecución policiaca se convirtiera en un evento mediático de gran magnitud. Esta última idea, que en palabras del mismo director “enciende bastante la vieja sentimentalidad americana”, junto con la disrupción familiar (los mismos padres de Spielberg se divorciaron) tendrían su origen en The Sugarland Express para después colarse como temas recurrentes a lo largo de su posterior trabajo. Incluso en las cintas que el director produce y no dirige personalmente, prevalece el tema del individuo ordinario que hace cosas extraordinarias; Lou-Jean es la encarnación de la heroína (o más bien, anti-heroína) que despierta el amor y apoyo de todos gracias a sus convicciones y esfuerzos, partiendo de un contexto súper ordinario. Este patrón muy Spielberg, tan encriptado en nosotros como audiencia, lo hemos visto en el Capitán Miller (Tom Hanks) de Saving Private Ryan, en Jim (Christian Bale) de Empire of the Sun (1987) y más recientemente en el abogado James Donovan (nuevamente Tom Hanks) en Bridge of Spies (2015). Spielberg no solo construye este sentimentalismo alrededor de Lou-Jean y su esposo Clovis, sino también en el oficial Slide, quien a lo largo de su experiencia como rehén se da la oportunidad de conocer la bondad, carisma e ingenuidad de sus secuestradores. El desenlace de la película engloba muy bien este mensaje de empatía a través de la postura de Slide en el momento de su rescate, cuando se enfrenta con el capitán Miller.

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Con sus excelentes actuaciones, divertidos diálogos y geniales secuencias de acción, The Sugarland Express fue un éxito rotundo tanto en crítica como en taquilla, y Spielberg cumplió con las expectativas de Universal Studios como buen director de cine. Su futuro pintaba prometedor, pero no fue Spielberg el único talento emergente que salió a raíz de esta cinta. El encanto visual de The Sugarland Express, sus composiciones con paisajes texanos en atardeceres rojizos, las caravanas de patrullas al son de la carretera y los claroscuros bien efectuados en los cuerpos de los personajes vienen de la cámara de Vilmos Zsigmond, el director de fotografía húngaro que posteriormente trabajaría en Close Encounters of the Third Kind (Spielberg, 1977), The Deer Hunter (Michael Cimino, 1978) y Blow Out (Brian De Palma, 1981). Otro grande que salió a flote gracias a The Sugarland Express fue John Williams, uno de los mejores compositores de música para cine y colaborador del director por más de cuarenta años de carrera, éste siendo su primer proyecto juntos.

The Sugarland Express son los cimientos de un estilo narrativo y una estética que todos como cinéfilos reconocemos, pero también es una gran película por sí sola, donde se traducen la gran ambición de un joven director y sus ganas de contar historias. La película se estrenó en el Festival de Cannes en 1974 y se llevó el premio a Mejor Guión del certamen. Hoy la recordamos como un excelente debut en el cine y punto de partida de un gran cineasta.

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Steven Spielberg y Goldie Hawn

Fuentes:

Steven Spielberg: A Journey in Film (libro de 32 páginas adjunto al “Steven Spielberg Director’s Collection [Blu-ray]”).

La La Land: una carta de amor hecha película

Natalia Martínez A: @NataliaMa2

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En Madrid hacía más frio de lo normal el día en que se estrenó el filme más esperado del año, ése del que todo el mundo habla, la película del director de Whiplash (2014), Damien Cazelle: La La Land (2016). Sabía que valía la pena dejar la calefacción de mi piso, abrirme paso entre la niebla, ser abrazada por un panorama invernal carente de color, sentir cómo las orejas se me congelan y, en fin, todo lo que involucra caminar por la calle a -3 grados centígrados, para ser testigo de la cinta que despertó el furor de la crítica y el público. Emprendí mi camino. Me senté en esa butaca, rodeada de desconocidos, para redescubrir mi amor por el cine, por la ficción, por el arte, para reanimar mis ilusiones de artista entumecidas por una vida laboral que poco juega a su favor, para reposicionar al enamoramiento como la fuerza capaz de hacernos percibir lo simple y cotidiano como algo mágico.

La La Land es la última película del anteriormente mencionado y músico frustrado, Damien Chazelle; el joven director de la premiada Whiplash (2014), que se centra en la intensa relación entre un estricto profesor de música y su alumno de batería, y Guy and Madeline on a Park Bench (2009), un musical muy al estilo de la Nouvelle Vague. El director y guionista, en cada uno de sus filmes, nos ha presentado personajes masculinos cuya principal fuerza motora es la música, el jazz.

La película nos presenta una historia que per sé no se separa mucho de la clásica estructura de un simple cuento de amor, en la que se encuentran dos artistas soñadores y frustrados: el pianista Sebastian (Ryan Gosling) y la actriz Mia (Emma Stone). Comienzan por no tolerarse, claro, para pasar después a darse cuenta de las muchas coincidencias que existen entre ambos y el valor y la fuerza que el uno le puede dar a las metas y los sueños del otro. Una base simple, una historia como muchas otras pero que se vuelve contagiosa y mágica. ¿Qué hizo, entonces, Chazelle para entregar semejante obra maestra, meritoria de 14 nominaciones a los premios de la Academia?

Al igual que la ganadora del Óscar a Mejor Película The Artist (2011), La La Land nos muestra, a través de un diseño de producción que conjuga lo vintage con lo actual, así como cortes y movimientos de cámara parecidos a los de los años 50’s, la nostalgia por una industria cinematográfica que se dedicaba más a vender fantasías musicales que a fabricar superhéroes o remakes y reboots al por mayor. En un mundo en el que la humanidad se encuentra sumida en la inextinguible testarudez por la autodestrucción; ¿Quién no va a querer sumergirse en esos mundos paralelos tan llenos de color y música? La ficción es y siempre será el mecanismo de escape por excelencia de la humanidad. La nostalgia es básica en tiempos de incertidumbre.

El casting fue otra carta muy bien jugada, y por casting nos referimos principalmente a la manera en que Emma Stone convierte a un personaje, en principio blando y carente de profundidad, en alguien complejo pero encantador, con quien cualquier otra joven aspirante a artista se podría sentir identificada. Su escena, Audition (The Fools Who Dream), es, hasta hoy, la interpretación más poderosa que ha realizado en su carrera. El septiembre pasado, Stone ganó la Copa Volpi a Mejor Actriz en el Festival de Venecia.

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Otro elemento, ya muy mencionado, es, sin lugar a dudas, la inclusión casi protagónica de la música en la narración del filme. La La Land sí es un musical, pero no encaja con las reglas del juego seguidas por la mayoría de los musicales. Gran parte de la historia trascurre fuera del plano sonoro. Es Sebastian quien, con su música, explica cuál debe ser el sentimiento del público en cada escena. Las canciones funcionan, pues, como la guía emocional del espectador. Sin embargo, no son las que narran la historia, como pasa en la mayoría de los musicales a los que estamos acostumbrados.

“La música es capaz de evocar el núcleo mismo, el núcleo de las estructuras cerebrales responsables y creadoras de nuestro universo emocional.” – Stefan Koelsch, profesor de psicología musical de la Universidad de Bergen, Noruega.

Damien Chazelle nos cautiva con su obra maestra. Nos enseña los colores tan vívidos con los que presencian el mundo los enamorados. Crea una película que se convierte en el himno de las parejas de artistas, que mano a mano, intentan realizar los sueños más descabellados. Retrata a los que idealizan, fantasean despiertos, a esos que aspiran a, con el arte, hacer de este mundo un lugar más habitable. Se la dedica, así como canta Mia, a los tontos que sueñan, a las mentes desastrosas, a los locos con corazones rotos.

“A bit of madness is key, to give us new colors to see. Who knows where it will lead us? And that’s why they need us.”

La La Land es una carta de amor al cine musical, a la música, al arte. Pero es también una carta de amor, así, a secas; Chazelle, uniendo lo anteriormente dicho y más, hace una fiel recreación de lo que es estar enamorado: la magia, las miradas, los colores, el sentir que nuestra vida se parece a las películas de ese Hollywood clásico. ¡Sí, eso fue: una carta de amor! Porque al final, todos recordamos a alguien al ver La La Land, y esa persona a la que imaginaste mientras veías el filme, es… dejémoslo así, ustedes saben lo que esa persona representa.

“Who knows? Is this the start of something wonderful? Or one more dream, that I cannot make true?”.