Una mujer fantástica: una radiografía sobre el amor y la pérdida

Julio Cruz Montoya: @JuliocMontoyaa

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Daniela Vega como Marina en ‘Una mujer fantástica’

Arribé al cine donde vi por primera vez Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, 2017) sin mucho conocimiento del filme más allá de su nominación al Óscar por Mejor Película Extranjera y su éxito durante la temporada de festivales. Sabía también de la trama, una historia sobre una mujer transgénero. Una vez sentado y acompañado por una barra de chocolate me enfoqué con entusiasmo en la nueva entrega de Sebastián Lelio.

El director por nacimiento argentino, pero por destino chileno, expone en 104 minutos una historia de amor y de pérdida. La cinta se desarrolla en Santiago actual y cuenta la historia de Marina Vidal (interpretada por Daniela Vega), una mujer transgénero que es mesera y tiene aspiraciones de ser cantante. Su pareja es Orlando Onetto (Francisco Reyes), de más de cincuenta años y divorciado. Ambos, completamente enamorados, piensan en un futuro juntos sin máscaras, pero todo esto se derrumba cuando Orlando fallece repentinamente, y Marina debe afrontar a su familia y ser víctima de señalamientos discriminatorios.

Al inicio Lelio nos da una probada del romance y dinámica de la pareja, pero el verdadero punto de partida del filme es cuando la soledad golpea a Marina después de su terrible pérdida. Una vez que le informan la muerte de OrlandoMarina sale corriendo del hospital y se pierde en la noche mientras deambula por las calles de la capital de Chile. En su lúgubre recorrido, la policía la encuentra y la regresa a la clínica, donde es cuestionada acerca de la relación que tenía con el señor Onetto y su sexualidad.

El hermano de Orlando (Luis Gnecco) le aconseja tomar una distancia, pero el duelo no logra alejar a Marina, quien posteriormente es criticada brutalmente por el hijo de su difunta pareja. Es ahí donde nace otro de los puntos de inflexión de la película: el ejercicio de empatía.

Marina debe convertirse en una una mujer fantástica en medio de un desolado paisaje donde la empatía no le es correspondida, obligándose a evocar el carácter y firmeza necesarios para aguantar los embates de la familia OrlandoUna de las bellezas de la película dirigida por Lelio y coescrita por Gonzalo Maza es la delicadeza con la que se trata la sexualidad de la protagonista; no conocemos detalle alguno de Marina antes de la transexualidad o cómo es que ha lidiado con ello antes de que Orlando falleciera. Esta falta de backstory ayuda a fortalecer la naturalidad y aceptación de su identidad sexual. Marina empieza y termina la historia como una mujer fantástica. De esta manera, el espectador ignora la trivialidad de un lamentable tabú para centrarse en la historia que se le está contando. “Nunca quise hacer una película de propaganda, sino de amor y pérdida”, dijo Sebastián Lelio durante la promoción de la cinta.

Como buena película latinoamericana, Una mujer fantástica tiene destellos de realismo mágico, sobretodo en la fotografía, la cual corrió a cargo de Benjamín Echazarreta (habitual colaborador de Lelio). Por medio de secuencias bañadas en luces brillantes, multicolores y efectos visuales, Echazarreta refuerza los tonos de la transexualidad emancipada de Marina. Uno de los ejemplos más claros es cuando Marina lucha contra una fuerte ventisca en una calle de la ciudad. Los elementos mencionados anteriormente, junto con la potente interpretación de Daniela Vega, construyen una especie de ‘micro fábulas’ ¿Qué significan estas micro fábulas? Me parece que Lelio desearía que el significado varíe de persona en persona.

Una vez que concluyó la cinta, salí del cine con mucha satisfacción tras haber visto una historia sincera sobre el amor, la pérdida, los estigmas y la manera de combatirlos. En pocas palabras, algo con lo cual todos nos podemos identificar.

Para aquellos en la Ciudad de México que aún no hayan visto Una mujer fantástica, todavía pueden alcanzar dos funciones este fin de semana en la Cineteca Nacional (click aquí).

Dawson City, Frozen Time; las posibilidades artísticas del cine en su función de archivo

David Azar: @DavidAzar93

Se dice que aproximadamente el 75% de las películas producidas en el periodo de cine silente se considera perdido. Esto se debe en gran parte a la naturaleza incendiaria del nitrato de celulosa, emulsión que se utilizaba como base para las películas cuando Eastman Kodak lo popularizó en 1889. Altamente inflamable, el empleo de nitrato en el cine cobró bastantes vidas, siendo la razón de cientos de incendios en salas de cine en todo el mundo hasta que su empleo fuera descontinuado en 1951, con el acetato de celulosa como alternativa.

Este desafortunado episodio en la historia del cine es el punto de origen de los caminos que Bill Morrison se decide a explorar en su documental Dawson City: Frozen Time (2016). Basándose en el hallazgo que se hizo en 1978 de 533 rollos de película de nitrato debajo del suelo durante una construcción en Dawson City (en la región de Yukon, en el noroeste de Canadá), Morrison reescribe la historia de esta ciudad que nació de una fiebre de oro a finales del siglo XIX y cuyo origen está íntimamente relacionado con la historia del cine. Para este proyecto, el cineasta hace uso casi exclusivamente del mismo material encontrado, hoy conocido como Dawson City Film Find. Morrison, quien es un consolidado artista experimental en el campo del found footage, indaga en la naturaleza y función del cine como archivo en este ejercicio de montaje de dos horas en el que rechaza la narración hablada y se enfoca en el lenguaje visual, apoyándose de las imágenes de un pasado olvidado por bastante tiempo.

Dawson City – situada en la otrora región de caza y pesca de los Hän, tribu nativa del territorio Yukon – nació de un hallazgo de oro en el río Klondike en 1896, propagando un rápido desarrollo industrial que se extendió hasta la primera década de 1900. Este proyecto de ciudad no tardó en convertirse en objeto de aspiraciones millonarias y sufrió un crecimiento acelerado en cuestión de pocos años, llegando a recibir un flujo de cien mil personas (principalmente de San Francisco y Seattle) en busca de la oportunidad de hacerse ricos a costa de la fiebre de oro. Sin embargo, las dimensiones de Dawson City no dieron abasto para la ambición de todos sus nuevos habitantes y cerca del 70% pereció en el intento (la travesía por las tormentas de nieve de Yukon era uno de los retos más grandes) o regresó a sus tierras con los bolsillos llenos de este metal precioso. Como es el caso con toda ciudad en pleno desarrollo, algunos empresarios vieron una oportunidad en la industria del ocio y se construyeron negocios para entretener a los nuevos habitantes cuando éstos no estuvieran ocupados extrayendo oro del subsuelo; casinos y prostíbulos acapararon las calles principales de Dawson City en un principio (Fred Trump, abuelo del ilustre presidente norteamericano, inició la fortuna de su familia con un burdel en este rincón del mundo), y más tarde los cines se convirtieron en el principal centro de atracción. Este último punto, sumando la lejanía entre Yukon y el resto de las grandes ciudades de los Estados Unidos, fueron dos factores clave para la construcción accidental de un archivo de cine sumamente importante para el futuro. Por otro lado, algunos de los más grandes empresarios de la industria cinematográfica de la época de oro, como Sid Grauman y Alex Pantages, iniciarían sus exitosas trayectorias en Dawson City, agregando más a la distintiva relación entre la ciudad canadiense y la historia del cine.

Sam Kula, director del National Film Archives de Canadá (izq.) y Michael Gates, curador de colecciones para Parks Canada (der.) con parte del material encontrado en Dawson City

La Dawson City Film Find contiene lo que hoy en día son copias únicas de cintas de grandes pioneros del cine silente como D.W. Griffith, Tod Browning y Lois Weber. Además de estos valiosos materiales, cientos de cintas-noticieros, películas educativas y demás joyas escondidas de los años 1910s y 1920s  conforman este archivo rescatado por los archivistas canadienses Michael Gates y Kathy Jones-Gates, las únicas personas entrevistadas por Morrison en el documental.

La historia de Dawson City y la fiebre de oro en sí, mas el increíble hallazgo de lo que hoy representa un inmenso acervo histórico de cine, son tan sólo algunos de los elementos narrativos que Morrison desarrolla en su documental. En cuanto a la forma, en un estilo más creativo y experimental, el cineasta estadounidense aporta sus conocimientos técnicos de montaje y hace uso del found footage para construir imágenes poéticas que ilustran los eventos que se relatan en la película. Utilizando fragmentos del material de Dawson City Film Find, Morrison se decanta en evocar acciones, reacciones y emociones que van de la mano con los hechos que se nos narran. El cineasta también se apoya en gran medida del diseño sonoro y la música como recursos estéticos, realizados por John y Alex Somers, respectivamente. Tratándose de una película silente (la información de los hechos la transmite Morrison con textos sobre las imágenes), los hermanos Somers añaden un tono particular con su elección de sonidos ambientales, ocupando así una función sustancial a lo largo de la película.

En esta historia, una serie de coincidencias fungieron como salvaguarda de una valiosa colección cinematográfica: accidentes y alternativas por los peligros del nitrato de celulosa, el nulo interés por parte de los estudios de cine en recuperar sus películas enviadas a Dawson City tres años después de sus estrenos originales, la falta de un espacio propicio para archivar estos rollos de películas; las condiciones y el contexto de un pueblo en vías de modernización terminaron por tejer lazos íntimos con la historia del séptimo arte. Con Dawson City: Frozen Time, Bill Morrison nos remite a la importancia del cine en su función como archivo, narrándonos la extraordinaria historia de un acervo que nació de una serie de curiosas circunstancias, y al mismo tiempo demuestra su talento como artesano del found footage evocando imágenes poéticas con las limitaciones de un material que no es de su autoría, constatando también las posibilidades artísticas que ofrece el empleo del cine como archivo. Oscilando entre lo educativo, lo histórico y lo experimental, Dawson City: Frozen Time es una película redonda que nos habla acerca del origen, evolución y función del cine en una sola historia.

Fuentes:

Brody, R. (2017) “The Secrets of Silent-Film Footage Found Buried in the Earth.” The New Yorker. Consultado en: [https://www.newyorker.com/culture/richard-brody/the-secrets-of-silent-film-footage-found-buried-in-the-earth].

Luna, J.A. (2015) “La película de nitrato como uno de los productos más inflamables.” Hipertextual. Consultado en: [https://hipertextual.com/2015/04/pelicula-de-nitrato].

 

Phantom Thread; el delgado hilo entre la pasión y la obsesión

Jose Hernández: @josechj7

No suelo ver muchas películas cuya trama gire en torno a una relación de pareja. Tanto así, que cuando las mencionan no tarda en aparecer la filmografía de Woody Allen en mi cabeza, quizá mi única referencia al tema. Mi conocimiento sobre este filme era muy limitado, por no decir nulo, ya que sólo sabía sobre sus nominaciones en los próximos premios de la Academia y había leído unos cuantos tuits en mi timeline dando visto bueno del mismo. Generalmente son más motivos y vivencias los que despiertan mi curiosidad y eventualmente me llevan a mirar por primera vez una película, pero me alegra haber descubierto ésta sin saber qué esperar. Compré mi boleto, una botella de agua, y así sin más me preparé para conocer el 8º filme de Paul Thomas Anderson, El hilo fantasma (Phantom Thread, 2017).

El director estadounidense nos presenta una historia situada en la Inglaterra de los años 50, donde la industria de la moda estaba más que recuperada de la guerra y que tenía por bastión la capital británica. En Londres, Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis en su aparente última interpretación en pantalla) es un reconocido modisto que junto a su hermana Cyril (Lesley Manville) se encargan de vestir a la alta sociedad inglesa. Los vestidos de la casa Woodcock son idealizados por mujeres de todo el país por no ser una simple prenda de vestir, sino piezas de arte cuya perfección se logra gracias a la obsesión de un Reynolds muy exigente con su trabajo. Esta misma obsesión lo lleva a la imposibilidad de mantener una relación duradera con una pareja, mucho menos creer en el matrimonio.

Al principio conocemos a Johanna, una pareja muy breve del protagonista que es “despedida” tras haber molestado a Reynolds en un esfuerzo por recuperar su atención a la hora del desayuno. Woodcock no tiene tiempo para las confrontaciones. Cyril aconseja a Reynolds pasar la noche en su casa de campo y él accede sin pensarlo mucho. En un restaurante de la provincia inglesa, el destino junta a Reynolds con Alma (Vicky Krieps), una joven mesera quien desde ese momento pasará a tomar el papel co-protagónico en el filme. La pareja accede a que Alma viva en la casona donde se confeccionan los vestidos Woodcock. El resto habrá que descubrirlo uno (aprovechen que sigue en algunos cines).

Siendo Phantom Thread la primera película en que Paul Thomas Anderson se encarga por completo de la fotografía, el realizador añade a esta obra algo más humano y personal, apoyado en bellísimos primeros planos y detalles que reflejan fielmente las emociones e inquietudes de sus personajes. El filme nos habla de pasión. De Reynolds Woodcock, atormentado profundamente por la muerte de su madre, de quien aprendió el oficio que elevó a arte; y de Alma, perdidamente enamorada y desesperadamente buscando la manera de conservar a Reynolds bajo los encantos de su afecto.

La rutina de nuestros personajes y la ambientación en la burguesía inglesa de la época -aunque la mayoría de la trama suceda en el interior de la casa Woodcock- van de la mano con la banda sonora compuesta por Jonny Greenwood (de Radiohead) quien ha colaborado previamente con el director en There Will Be Blood (2007), The Master (2012), Inherent Vice (2014) y Junun (2015). Para Phantom Thread, Greenwood usó una orquesta de sesenta integrantes que entre sutiles movimientos de piano e instrumentos de cuerda con sonidos melancólicos, logran vestir perfectamente la narrativa construida por Anderson. El compositor ha mencionado que la referencia principal fueron las grabaciones de Glenn Gould interpretando la obra de Johann Sebastian Bach.

“La mayoría de la música británica de los 50s es muy amanerada, y si hay algo que éste filme no es, o al menos su protagonista, Reynolds Woodcock, es amanerado. Así que en vez de eso pensamos qué tipo de música escucharía él, y eso me llevó a componer algo más austero, más rígido.” – Greenwood en una entrevista para National Public Radio Inc.

En la misma entrevista, el miembro de Radiohead también habló sobre su relación con Paul Thomas Anderson y cómo fue trabajar con él nuevamente.

“Es un lento proceso de pruebas, en cierta forma. [P.T.A] me mandaba pistas sobre lo que estaba escribiendo, luego el guión y luego secuencias de video. Es un verdadero diálogo: Hablábamos de nuestras ideas hasta llegar a un consenso. Después, empecé a enviarle grabaciones de piano. Él seguía diciendo ‘¡dame más cuerdas!’ incluso usó la frase ‘big-ass strings‘” – Greenwood.

House of Woodcock”, pieza con la que despega el filme, es tocada en repetidas ocasiones a lo largo de sus 130 minutos de duración. Respecto a esta última, Greenwood mencionó:

“Envié una grabación desde mi iPhone de mí tocando el piano y él la repitió y la puso en todo el filme, al punto de que estaba volviendo loco a todos. Luego él dijo: ¿Puedes hacerla más larga, componerla para cuerdas?”

La evolución en las piezas “Phantom Thread I-IV”, además de ser las piezas más destacadas de la banda sonora, nos pone directamente en la psique de los protagonistas, y de golpe nos encontramos ante toda la complejidad de sentimientos que alberga una mente obsesiva. El trabajo de Paul Thomas Anderson me sorprendió y me llevó de la mano por una historia acerca de la frágil línea entre la obsesión y la pasión, producto del amor que le tiene una mujer a un hombre que, a su vez, está enamorado de su arte.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, la oda más fidedigna al amor y al olvido

Natalia Martínez Alcalde: @NataliaMa2

“How happy is the blameless vestal’s lot! The world forgetting, by the world forgot. Eternal sunshine of the spotless mind! Each pray’r accepted, and each wish resign’d” – Alexander Pope, Eloise to Abelard.

¿Has dicho película de amor? Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry, 2004) es quizá todo lo contrario, el antónimo del romance cinematográfico.

La industria del entretenimiento se ha empeñado en trazar sin timidez los cánones de nuestra sociedad: desde las habilidades corporativas, los gobiernos, las ideas de nación o inclusión, racismo o feminismo. Todo. Ha llegado incluso a pautar los estándares o las expectativas de las relaciones personales. Incluyamos, pues, en esta lista el amor según los ideales cinematográficos. El cine nos presenta relaciones amorosas con tintes melodramáticos que se entercan en ocultar la insignificancia de la cotidianeidad que atesta a quienes viven bajo el mismo techo. Romances donde escasea nuestra naturaleza humana tan rota y desgastada, tan insegura y necesitada. Filmes idealistas y poco fieles a la veracidad que siembran expectativas cuasi utópicas.

Es por esto que cuando me preguntan que cuál es la mejor película de amor que yo haya visto respondo Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, y esto porque no me he topado con obra del séptimo arte más fehaciente a lo que una pareja es y deja de ser. Borremos, entonces, de nuestra cabeza toda huella de artificialidad pasional y hablemos de amor y de olvido. Pero de amor real y de lo que significa olvidar en serio. Quién mejor para guiarnos por este sendero que uno de los escritores más fieles a su profesión: Charlie Kaufman.

Este indecente filme que cumple ya catorce años de vida, fue dirigido por el francés Michel Gondry. Cuenta su guionista, Kaufman, que todo inició como un experimento artístico en París. Un amigo del director, el artista Pierre Bismuth, envió tarjetas a varios de sus conocidos anunciándoles que habían sido borrados de la memoria de algún importante miembro de su pasado. Lo que buscaba Bismuth con esto era capturar las reacciones de quienes recibían los mensajes. Y fue así que surgió la idea del filme: la relación entre Joel (Jim Carrey) y Clementine (Kate Winslet) llega a su fin y ella recurre a una extraña clínica -Lacuna ac- para borrar de su memoria todo rastro de Joel. Cuando él se entera de esto, decide hacer exactamente lo mismo.

¿Qué es el ser sino su memoria? El pasado vive en la memoria y la memoria vive en el pasado. Nuestra cabeza funciona como un almacén de acciones o circunstancias que después llegan a definir quiénes somos. Por esto, si tuviésemos la posibilidad, como la tuvo Clementine y también Joel, de erradicar una parte importante de nuestro pretérito, ¿qué pasaría?

Ya en el proceso clínico, inconsciente en su cama y con un enorme aparato metálico cubriéndole el cráneo, Joel, en una especie de sueño lúcido, cae en la cuenta de que no quiere borrar a Clementine de su memoria. La cinta se transforma en una historia de persecución en la que el protagonista huye del olvido. Salta de memorias frustrantes a otras que al revivir desea atesorar y guardar. Como el beso de ambos escondidos bajo una cobija bordada y ella pidiéndole a él que no la abandone nunca. Joel suplica, entonces, poder mantener ese recuerdo, solamente ése. Pero ve dentro del sueño cómo se le escurre entre los dedos para disolverse. Surge aquí una de las preguntas básicas del filme: ¿Somos meramente la suma de nuestras memorias o hay más detrás del resultado de nuestro pasado? ¿Qué pasaría con la identidad si las experiencias personales se pierden por completo?

En Eterno resplandor de una mente sin recuerdos parece ser que Charlie Kaufman evoca el Ensayo sobre el intelecto humano de John Locke. Según el filósofo de la ilustración, el conocimiento surge de la experiencia. Aunque la repetición es una de las mejores técnicas para fijar ideas, no hay nada como el dolor o el placer para hacer que un pensamiento se talle de manera profunda en forma de recuerdo. En el sueño lúcido de Joel observamos cómo son los momentos más alegres, frustrantes, dolorosos, placenteros o ajetreados los que se clavaron hasta el fondo de su memoria. Mientras más fuerte el sentimiento causado por el suceso, más grabado se quedará el recuerdo. El evocar un recuerdo, según Locke, puede ir acompañado de una sensación igual o incluso más fuerte que la vivida.

Nos preguntamos entonces, ¿Por qué querer borrar algo o a alguien si esas vivencias han construido lo que somos? ¿Se puede pasar de amar a odiar (desear borrar)? Claro. Bien dicen que del odio al amor hay un solo paso. Y es que, al contrario de lo que se nos muestra, el amor es el menos sublime de los actos. Al decidir amar el individuo opta por compartir su vida, sus contentos, sus miedos, su intimidad, su futuro con una persona. Se firma una especie de tratado en el que el otro se vuelve mayoritariamente responsable del bienestar de su pareja. Lo que no sabemos reconocer, más veces de las que menos por ese idealismo que se nos ha comunicado desde hace años, es que estamos depositando en manos de alguien imperfecto y tan roto como nosotros, la edificación de nuestra memoria, de nuestro ser. Se vuelve nuestra pareja la principal otorgadora de nuestras alegrías y penumbras. Escribió alguna vez Jaime Sabines “No es que muera de amor, muero de ti.” Es normal que nos volvamos inseguros, que de pronto se nos nuble la razón, al caer en la cuenta de que le hemos regalado al otro la capacidad de formar nuestra persona.

Tal vez, como ya lo ha dicho Charlie Kaufman, el primer paso hacia amar está en alejar la nociva utopía que existe en la imaginación colectiva en torno al verbo y aceptar su decadencia. Habría que darle una vuelta de 360 grados al versículo de Los Corintios: el amor no todo lo cree, ni todo lo soporta, que el contrato del amor a veces cuenta con envidia, que de vez en cuando sí que se irrita. La base está en saber abrazar las menudencias del día a día, comprender que la acción del otro está sujeta al error, que nadie es completamente seguro de sí mismo. Al amar nos volvemos responsables de una buena parte de los recuerdos de un ser agrietado y ese ser agrietado de los nuestros.

“Meet me in Montauk” le susurra Clementine al oído a Joel al despedirse en su sueño. Amanece y él, yendo al trabajo, siente un impulso irreparable por llegar a aquella locación. Y es que la memoria se borra, pero la emoción, el impulso, el instinto, eso se queda. He ahí el fallo de la clínica Lacuna. El espectador entiende que el protagonista, incluso inconscientemente y lejos de ella, actúa según Clementine.

A través de su viaje mental, Joel descubrió las imperfecciones latentes de su relación, la aburrición de un día a día que le inundó por completo, los momentos de desesperación y apatía. Pero entendió lo irrisorio que es esperar solamente vivir alegrías al elegir estar con alguien. Supo él, que de poder optar de nuevo abrazaría aquellos malos recuerdos con tal de no deshacerse de todos los buenos ¿No será más bien eso el amor? Cuando reconoces al otro como imperfecto y entiendes que esa persona se ha convertido en parte indispensable de tu subconsciente, de tus impulsos, emociones y pensamientos, que ya no eres capaz de ser sin lo que construyó de ti. Joél ya no lograba ser sin Clementine. Ella al haber sido la persona más importante durante un fragmento de su vida, le guste o no, se quedó en su manera de reaccionar, de ver el futuro, de sentir o de pensar.

Charlie Kaufman invita al espectador a remontarse a su pasado. Éste, al reflejarse en los personajes, desempolva recuerdos de relaciones, los revive. Y entiende, quizá, que tener una mente sin recuerdos no nos lleva al eterno resplandor.

***

A Kaufman no le gusta ser llamado escritor, lo ha dicho ya varias veces. Yo, como escritora en proceso, me pongo de pie y le aplaudo su enorme talento, humildad y su sentido ético ante este cansado oficio. Es un escritor, con todo lo que el calificativo implica, que inspira a las futuras generaciones que desean entregar su vida a la palabra escrita: a la ficción. Aun habiendo escrito guiones ganadores del Premio de la Academia, decide continuar fiel a la labor de desvanecer las superficiales líneas que fijan los medios para bosquejar las tan complicadas batallas humanas. El escritor, por respeto a la inteligencia de sus lectores, no se censura, ni se ahoga en los lugares comunes. El escritor es un observador despiadado de la realidad, alguien que a través de la narrativa busca plantar dudas, afectar, reconfortar o interrogar.

No me puedo ir sin antes recomendar las películas de Charlie Kaufman: Being John Malkovich (Spike Jonze, 1999), Human Nature (Michel Gondry, 2001), Adaptation (Spike Jonze, 2002), Confessions of a Dangerous Mind (George Clooney, 2002), Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Synecdoche, New York (Charlie Kaufman, 2008) y Anomalías (Charlie Kaufman y Duke Johnson, 2015).

Closing Ceremony - 51st Karlovy Vary International Film Festival
Charlie Kaufman, 51º Edición Karlovy Vary International Film Festival

Akira; entre la innovación del anime y la distopía nuclear

Jose Hernández: @josechj7

Akira Tyler Stout
Póster de Akira, diseño de Tyler Stout

Empezando el 2017 (o probablemente en algún punto del año pasado) me di la tarea de ver Regular Show (J.G. Quintel, 2010-2017) de principio a fin; una serie animada que rápidamente se posicionó entre una de mis favoritas. Cuando se acercaba la fecha de Halloween, Regular Show solía hacer un episodio especial en el que el “cast” aparecía disfrazado de diversos personajes de la cultura pop: Samus Aran de la franquicia Metroid (Nintendo, 1986-), Beatrix Kiddo de Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003), Snake Plisen de Escape from New York (John Carpenter, 1981), por mencionar tan solo algunos.

Mientras veía el especial de Halloween de la octava temporada (episodio 19-20), el atuendo de los dos personajes principales llamó mi atención por dos razones: lucían increíbles y no tenía idea de a qué hacían alusión. Tras terminar el episodio, investigué al respecto y descubrí que se trataba de una animación japonesa. Estos no referían a la Princesa Mononoke (1997), como suponía inicialmente, si no al hito del anime Akira (1988).

El mangaka, escritor y director japonés Katsushiro Ōtomo dio vida a Akira como un manga en el año 1984. Su éxito fue tal que llegó a los Estados Unidos de la mano de Marvel Comics como encargada de los derechos de publicación. Aún con tremenda recepción, Ōtomo sabía que su obra daba para más, por lo que decidió dirigir su adaptación cinematográfica a finales de aquella década.

Akira 1

Akira se sitúa en el año 2019, en Neo-Tokio, treinta años después de que una enorme explosión destruyese la otrora capital de Japón. Esta nueva urbe logró regenerar e hipermodernizar su infraestructura, pero sus habitantes viven una desestabilización social que deriva en confrontaciones entre estudiantes, terroristas rebeldes y el gobierno. Entre los estudiantes encontramos a Shotaro Kaneda, líder de Los Cápsulas, una banda de motociclistas a la que también pertenece su amigo de la infancia (y compañero de orfanato) Tetsuo Shima. Después de una riña con la banda rival Los Payasos, Tetsuo sufre un accidente cuando intenta no atropellar a un niño que se encuentra en medio del asfalto. El infante, que resulta tener poderes psíquicos, y es también objeto de pruebas científicas por el gobierno, hace explotar la moto de Tetsuo y activa en él una especie de poderes similares. Acto seguido, llegan los militares a la escena, recuperando a su experimento en fuga y encontrando en Tetsuo un nuevo conejillo de indias. El objetivo de los uniformados y científicos es encontrar un sujeto de igual o mayor poder que Akira, quien causó la explosión que cambió sus vidas treinta años atrás.

La banda sonora, a cargo de Shōji Yamashiro y el colectivo Geinoh Yamashirogumi, acentúa los momentos de tensión con una mezcla de elementos folclóricos tradicionales de Japón y otros más progresivos. A pesar de algunos percances en su producción -la música fue compuesta antes de que el equipo viese el corte final de la película, teniendo que reescribir las piezas de modo que cuadrara con las escenas-, el resultado final terminó siendo uno de los elementos más emblemáticos de la cinta.

Combinando música y animación, Akira se convirtió rápidamente en una figura de culto dentro del ciberpunk. Este subgénero de la ciencia ficción comprende historias en contextos donde la alta tecnología domina a la sociedad, degradando la calidad de vida a una distopía. Entre los ejemplos más comunes del cine ciberpunk encontramos Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Death Machine (Stephen Norrington, 1994), Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995) y Robocop (Paul Verhoeven, 1987), por nombrar algunos títulos. Akira nos presenta una enorme urbe plagada de rascacielos y cuyas calles están repletas de anarquistas y marginados; los escenarios lúgubres y desalentadores son la norma en este universo.

No obstante la naturaleza estética del ciberpunk, Akira cuenta con una paleta de color compuesta por 327 tonos diferentes, de los cuales 50 fueron creados exclusivamente para el proyecto. El filme también incluyó técnicas de animación innovadoras para el Japón de la época, como grabar los diálogos antes de realizar los dibujos, logrando de esta manera una sincronía casi perfecta en los labios de los personajes, al igual que un diseño más preciso en sus gestos. El ambicioso proyecto de Katsushiro Ōtomo se logró en colaboración con el grupo denominado “El Comité AKIRA” que unía los esfuerzos de ocho de las empresas de entretenimiento más prestigiosas del país oriental. Cuando Ōtomo solicitó la ayuda de Steven Spielberg y George Lucas para la distribución del filme en Estados Unidos, éstos se negaron, creyendo que el producto no sería bien recibido por la audiencia estadounidense. Con una recaudación de 49 millones de dólares al rededor del mundo, Akira demostró que lo anterior no podía estar más alejado de la realidad.

Por otro lado, la cinta también logró una gran apertura en el mercado occidental de productos como el anime y el manga; la positiva recepción en este lado del mundo de series animadas como Dragon Ball Z (Toei Animations, 1989-1996) y Cowboy Bebop (Shinichirō Watanabe, 1998-1999), o incluso de las muchas producciones de Studio Ghibli, se deben en parte al éxito que Akira significó en su momento. Pero tal vez la característica más interesante de Akira es su resonancia en la actualidad. El filme nos ilustra una serie de nefastas consecuencias a raíz de la negligencia en el uso de la energía nuclear. De la mano de Tetsuo, somos testigos de un escenario ficticio que nos invita a la especulación en una realidad donde aún existe una tensión entre las grandes potencias del mundo en materia de armamento nuclear. Contaminación por donde mires, familias desintegradas y una sociedad que no aguanta un mundo post apocalíptico, todo por unos cuantos que jugaron con un poder que no comprendían; científicos y políticos que pensaban ser dioses e intentaron controlar a AKIRA.

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Baby Driver; orquestando la acción desde el uso diegético de la música

David Azar: @DavidAzar93

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Antes de la divertida y exótica trilogia Three Flavors Cornetto –Shawn of the Dead (2004), Hot Fuzz (2007) y The World’s End (2013), escritas por Wright y Simon Pegg y protagonizadas por Pegg y Nick Frost- y antes del filme de culto moderno Scott Pilgrim vs. The World (2010), el cineasta británico Edgar Wright había concebido lo que hoy en día es su película más exitosa en taquilla (207 millones de dólares en taquilla con un presupuesto de 34 millones) y también la mejor recibida por la crítica especializada (94% en Rotten Tomatoes con 283 críticas a la fecha de este texto): Baby Driver (2017).

La cinta sigue la historia de Baby (interpretado por Ansel Elgort), un chico con sorprendentes habilidades detrás del volante y con una fuerte obsesión por la música, dos características que lo hacen el mejor en su oficio: conductor de automóviles en una banda de criminales. Dedicarse al robo de bancos no es precisamente la voluntad de nuestro protagonista, sino una condena que surge después de haberle robado un automóvil a un mafioso conocido como Doc (Kevin Spacey) algunos años atrás. Baby ha de prestar sus servicios en una serie de atracos hasta juntar lo equivalente al lujoso auto. La situación se complica cuando Baby se enamora de una mesera llamada Debora (Lily James), pues el crimen no es un mundo fácil de abandonar. En el reparto también aparecen Jamie Foxx, Jon Hamm, Eiza González y Jon Bernthal.

Pero lo más importante de nuestro protagonista, y quizá de la película en sí, es la manera en que éste se relaciona con la música y cómo la incorpora en su trabajo. Baby padece de tinnitus a raíz de un trágico accidente automovilístico que sufrió cuando era niño, lo que hizo que encontrara refugio en la música. Refugio tal vez sea un término insuficiente: no hay momento en que Baby no esté escuchando música en alguno de sus iPods; sus audífonos son casi una extensión de su cuerpo. ¿Y cómo se relaciona esto con ser un virtuoso del volante? Antes de un atraco, Baby se aprende una canción de pies a cabeza y  la utiliza como su cronómetro y guía de precisos movimientos; la música lo mete en un trance donde sus habilidades rebasan las de cualquier otro conductor. ¿La cereza del pastel? La banda sonora de la película (que en palabras de Wright comenzó siendo una lista de diez canciones) es una deliciosa mezcla de diversos géneros y épocas que dan inyectan de adrenalina y humor cada una de las escenas.

Baby Driver 5

Cuando digo que la música es quizá el elemento más importante de Baby Driver es porque Wright la somete a un experimento para con la audiencia; el director toma las canciones y las fusiona en los planos diegético y extradiegético a través de una serie de ocurrencias narrativas. La música diegética es aquella que existe dentro del universo narrativo (la que escucha Baby), mientras que la extradiegética es aquella reservada para la audiencia, aquella que los personajes de una ficción no pueden escuchar (por ejemplo, la tonadita en Jaws cada que el tiburón está por entrar en escena). En Baby Driver estos elementos auditivos juegan con la narración de una manera muy dinámica, haciendo que las escenas sean visualmente muy estimulantes. Desde la primera escena, en la que Baby espera en el auto a que sus compañeros hagan el atraco mientras él se arma una divertida coreografía al son de Bellbottoms de los Jon Spencer Blues Explosion, hasta la secuencia en la que Baby camina por la calle para ir por los cafés de todos los miembros de la banda entregado en cuerpo y alma al Harlem Shuffle de Bob & Earl (una escena que necesitó 28 tomas), la música la compartimos en todo momento con el protagonista; tanto espectadores como personaje somos parte de ese mismo universo. En este sentido, podríamos debatir que Baby Driver es un musical, o algo así. Para la ejecución de esta idea fue incluso necesaria la labor de un coreógrafo, en este caso Ryan Heffington, conocido por sus colaboraciones con artistas como Sia, Arcade Fire y Florence & The Machine.

Que si Baby Driver es una obra maestra moderna del género de acción, o en su caso más específico del subgénero de persecución de autos -tal y como lo fueron Bullit (1968) o Vanishing Point (1971) en su momento-, puede ser discutible, pero de lo que no cabe duda es que Edgar Wright nos demostró que hay maneras de refrescar el género e incorporar nuevas formas de llevar la adrenalina a la pantalla. La destreza de Baby en el volante junto con la canción que lo acompañe en su momento es evidencia de la genialidad que el cine todavía nos ofrece en ese campo.

Antes de concluir el texto, y como probadita para aquellos que aún no ven la cinta, les compartimos el video musical de Blue Song de la banda británica Mint Royale, mismo que dirigió Wright en 2003 y que sirvió como preludio de lo que hoy en día es Baby Driver. La idea le surgió al director desde 1994. Disfruten:

Mary and Max: De Australia, con amor

Jose Hernández: @josechj7

Mary and Max 5

Como ya ha sido costumbre con algunos de mis textos, éste es sobre una película que en un principio no quería ver. A inicios de junio mi amigo estaba por cumplir años y una amiga insistió en que debíamos ver este filme en la reunión que tendríamos en su casa. Miré el trailer y aunque disfruto del Stop Motion: Fantastic Mr. Fox (2009), Chicken Run, (2000), Wallace & Gromit (2005) y The Nightmare Before Christmas (1993) [ese último tenía que mencionarlo de cajón], el aspecto visual del filme que querían ver no llamaba mucho mi atención. Sin embargo, como vivimos en una democracia, cada quien se puso cómodo y disfrutamos del primer largometraje del director australiano Adam Elliot: Mary and Max (2009).

La película nos presenta una historia de amistad entre una niña de Melbourne, Australia, y un hombre de “La Gran Manzana”: Nueva York, Estados Unidos. Mary Daisy Dinkle (con la voz de Toni Collette) es una pequeña de 8 años amante de la leche condensada y fanática de la serie de TV “Los Noblets”, quien sufre de baja autoestima propiciada, entre otras cosas, por su ambiente familiar. Su padre le es prácticamente indiferente y se dedica sólo a su trabajo y a disecar aves que encuentra muertas en la carretera; su madre, que es con quien generalmente convive, es una alcohólica y cleptómana a la que tampoco parece importarle mucho el bienestar de Mary.

Un día, acompañando a su madre para el “día de compras” en el que su mamá solía “tomar prestados” diversos objetos, Mary encuentra un directorio de Nueva York y decide enviar una carta a una dirección al azar para preguntar cómo nacían los bebés en América, ya que su abuelo le había dicho que en Australia los bebés eran encontrados al fondo de los tarros de cerveza. La carta tenía como destinatario a Max Jerry Horowitz (con la voz de Philip Seymour Hoffman), un hombre de 44 años con sobrepeso, soltero, sin amigos; un alma solitaria que encontraba personas interesantes, pero incomprensibles.

Mary and Max 7

Ambos desarrollan una fuerte amistad a pesar de que la madre de Mary no esté de acuerdo con ello, pero esto se resuelve cuando Mary le dice a Max que envíe sus cartas con el vecino de enfrente, un señor de la tercera edad y con miedo al exterior (enfermedad que Mary reconoce como homofobia) a quien ella solía entregar su correo. Desde sus primeros minutos, la película no titubea en mostrar su ácido humor.

Mary and Max es biográfica según su director, pero el éxito de ella radica en la precisa construcción de sus personajes, que apoyados en un excelente guión logran que la audiencia empatice con ellos, a través de diferentes eventos significantes: la muerte de un ser querido, el rechazo, alcoholismo, ansiedad, traición y enojo, entre otras situaciones.

Para crear las animaciones de más de 200 personajes (dentro de las que aplaudo la precisión de las expresiones faciales), Adam Elliot contó con un equipo de cinco escultores a quienes tuvo que redactar una guía para que pudiesen lograr su estilo, en el que destaca la ausencia de las líneas rectas mientras que la utilería tiene el aspecto de estar arrojada, golpeada, maltratada en la escena.

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Sam Elliot, detrás de las escenas de Mary and Max

También el voice acting destaca en el filme, logrando plasmar con veracidad cada emoción en los personajes mientras escuchamos las voces de Barry Humphries (narrador), Collette (Mary adulta), Bethany Whitmore (Mary de niña) y Seymour Hoffman (Max), a quién irónicamente el director nunca llegó a conocer en persona durante el rodaje; a razón del limitado presupuesto del proyecto, el actor tuvo que grabar su voz desde un estudio en Nueva York.

Uno de los aspectos principales del filme (y de lo más interesante, en mi opinión) es la psicología, donde el síndrome de Asperger es objeto de desarrollo a lo largo de la historia.

Mary and Max tiene un corte depresivo, desde la paleta de colores que no parece variar mucho entre tonos de café y gris, pero es justamente en bajo esta estética que se esconden momentos de dicha y felicidad, conducidos por Mary y su eterno amigo por correspondencia, Max.

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