Almost Famous: Descubriendo el mundo junto al Rock

Jose Hernández: @josechj7

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En escritos anteriores he mencionado mi gusto por el Rock y he hecho referencia a filmes del género como Detroit Rock City (1999) y Sing Street (2017). Mientras miraba entre mi colección, decidiendo sobre qué película escribir ésta vez, llamó mi atención una que con leer el título me transportó a una etapa de mi vida más simple en la que solía escuchar Rock todo el tiempo, ver repetidamente videos en YouTube como el de Sweet Child O’Mine o November Rain de Guns N’ Roses (que era fan de Slash) y pasar la tarde buscando tablaturas para intentar reproducir los solos de guitarra que marcaron mi adolescencia. El filme que escogí fue el ganador al Mejor Guión Original: Almost Famous (2000).

La cinta casi autobiográfica del director estadounidense Cameron Crowe nos narra la historia de William (Patrick Fugit) un chico que a los 11 años recibe a escondidas una colección de vinilos de Led Zeppelin, Cream y The Who (entre otros) por parte de su hermana mayor Anita (Zooey Deschanel), quien con 18 años de edad decidió dejar su hogar escapando de su estricta madre Elaine Miller (Frances McDormand). Entre los discos de Anita había una nota con el texto “Escucha Tommy (álbum de The Who) con una vela encendida y verás tu futuro”. Este último era convertirse en periodista de Rock. Con 15 años, William da un paso adelante en su profesión al contactar al editor de la revista Creem, Lester Bangs (Philip Seymour Hoffman) quien toma al joven escritor bajo su tutela y le asigna la tarea de redactar un texto de 1000 palabras sobre Black Sabbath.

Al serle negado el acceso por parte del guardia del backstage en el concierto en el que planeaba entrevistar a Sabbath, conoce a las Band Aids, un grupo de chicas que se diferencian de las groupies al no estar con los artistas por su status, sino meramente por la música, o al menos así lo aclara Penny Lane (Kate Hudson), quien se volverá amiga y compañera de viaje de William. Para interpretar éste papel, Kate Hudson escuchó mucho Rock clásico, leyó el libro I’m With the Band (1987) de la famosa groupie Pamela Des Barres, y entrevistó a varias esposas de rockstars. “Cuando miras sus ojos ves tristeza” Dijo la actriz en una entrevista para The Morning Call, “Puedes decir cuánto pasaron y cuán desilusionante puede ser ese mundo, pero al mismo tiempo, ellas sabían en lo que se metían”.

Al llegar Sabbath, dejan pasar a las Band Aids al backstage, pero no a William. Cuando toda oportunidad de entrar parecía perdida, Stillwater, la banda de “teloneros” con la que entra el joven reportero, entra en función. Después de ese concierto, William consigue trabajar con la revista Rolling Stone (sin que supieran que es menor de edad). Acto seguido, William se une a tour Almost Famous 73 (1973) de Stillwater, intentando redactar un escrito de 3,000 palabras para la revista estadounidense.

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Los temas de la banda ficticia fueron escritos por Crowe y su esposa Nancy Wilson mientras estaban en su luna de miel. En una entrevista para Film Comment, el director dijo que escribieron las canciones y crearon una banda sabiendo que algún día los podría usar para un filme. Casi 15 años después, esto se volvió una realidad. También explicó el origen del título de la película, ya que originalmente pensaba llamarla Untitled, pero el estudio no lo dejó.

“Solía ir a conciertos, ver a Mick Jagger y al observar a su lado, cerca de los amplificadores a estas personas. Los ves y piensas, ¿quiénes son?, ¿son groupies?, ¿son amigos del promotor? ¿están casados con el bajista?; Por que son casi famosos.”- Cameron Crowe

El guión que presenta Crowe es de lo mejor que he visto en películas de este giro, y no es para poco ya que, como mencioné previamente, le llevó a ganar el Oscar Mejor Guión Original en la 73ª edición de los premios de la Academia. Ese año también estuvo nominada Kate Hudson como Mejor Actriz de Reparto, quien desempeña a la perfección su papel al plasmar las emociones de una chica de dieciséis años, independiente, pero vulnerable a la vez.

Almost Famous narra la historia de un chico que poco a poco pierde la inocencia que conservaba saliendo de casa, enfrentándose así a una realidad llena de mentiras, desilusiones y egoísmo. Crowe nos presenta el mundo de la música como lo vivió cuando él mismo reportaba para Rolling Stone en su juventud: en roadtrips de concierto en concierto, de una punta del país a la otra, donde lo que se busca es la expresión por medio del arte y la camaradería; un mundo donde a final del día lo importante no son las drogas ni el sexo, sino el Rock n’ Roll.

La haine: El primer gran reflejo cinematográfico del racismo en la Francia moderna

David Azar: @DavidAzar93

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“La haine attire la haine! (El odio trae odio)”  Hubert (Hubert Koundé)

La discriminación racial y social que surge de los flujos migratorios en Francia es algo que hemos visto representado en el cine en varias ocasiones. Los cineastas franceses Olivier Nakache y Eric Toledano ilustraron estos problemas con humor y ternura a través de un carismático Omar Sy en sus cintas Intouchable (2011) y Samba (2014). Jacques Audiard se llevó la Palma de oro en el Festival de Cannes con Dheepan (2015), un desgarrador relato acerca de un migrante srilanqués en los violentos suburbios parisinos. La cinta Le Havre (2011) del finlandés Aki Karuismäki hizo evidente el esfuerzo que implica llegar a salvo a Francia para un migrante africano. Incluso el realizador austriaco Michael Haneke representó los males que padece la sociedad en un mundo contemporáneo y multicultural con su filme Code inconnu (2000). Pero antes de todos estas películas, estuvo una que irrumpió con fuerza en el público francés por su crítica sincera y atrevida:  La haine (1995).

En su segunda película como director, el francés Mathieu Kassovitz cuenta una historia acerca de resentimiento y racismo en una Francia moderna habitada por jóvenes provenientes de las olas migratorias de distintas partes del mundo. La haine sigue un día en la vida de Vinz, Saïd y Hubert, tres amigos de diferentes etnias en una misma banlieue parisina (barrio popular de vivienda social en Francia). Estos banlieues, habitados en su mayoría por jóvenes de orígenes migratorios, con sitios azotados por las drogas, desempleo y alienación cultural y social, esta última con motivo a su lejanía del centro de la ciudad. La historia se desarrolla justo después de que Abdel Ichaha, joven de origen árabe y amigo de los tres personajes principales, entra en un coma a causa de una brutal paliza por parte de los policías en un disturbio callejero.

Kassovitz encarna tres de las etnias migrantes más representantes del país a través de sus personajes principales y dota a cada uno de una personalidad muy específica: Vinz (Vincent Cassel), un judío asquenazí, odia a la policía y aspira a ser un gángster; Hubert (Hubert Koundé), un africano subsahariano, quiere escapar de la violencia y el descontento de su barrio; y Saïd (Saïd Taghmaoui), un árabe magrebí, que sirve como mediador entre el carácter de sus dos amigos y comic relief de la película. A lo largo de la película, el trío se embarca en una travesía por su barrio (Chanteloup-les-Vignes) y el centro de París.

Entre muchas cosas, La haine se ha convertido en una especie de película de culto para toda una generación en Francia. Una especie de ícono que, más allá de sus dotes cinematográficos (su impactante uso del blanco y negro y una estética Hip-hop), es recordada con mucho estima por su ejercicio de crítica social y por ser la fiel representación de un problema moderno que nadie antes había plasmado en la pantalla grande. Es por esto que consulté a mi amigo francés y doctor en Geografía Yann Marcadet para entender mejor el fenómeno desde una perspectiva local con respecto al filme. Yann, quien cursaba el segundo año de bachillerato cuando La haine se estrenó en 1995, recuerda el impacto que la película causó al exponer un tema polémico y muy recurrente en aquéllos tiempos: las revueltas y disturbios contra la policía en diferentes barrios de toda Francia, efectuadas por minorías étnicas; un problema que empezó a gestarse en la década de los 80s. De acuerdo con Yann, La haine constituyó la primera película en ilustrar el mundo de los jóvenes de los barrios populares franceses, el inicio de lo que sería una corta tendencia en la industria, algo así como los films de banlieues. También fue la primera vez que se reflejó la cultura urbana popular de los jóvenes franceses -como el rap y el breakdance- en una película tan exitosa. Curiosamente, la música de la película estuvo a cargo del dúo de rap francés Assassin, del cual uno de los integrantes, Rockin’ Squat alias Mathias Crochon, es hermano del actor Vincent Cassel.

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A pesar de su excelente recepción del público, La haine no fue bien recibida por todos los sectores de la sociedad. La extrema derecha francesa, más específicamente el partido político Front National, denunció enseguida el carácter “anti-policía” de la película. A tan sólo diez días del estreno, la localidad de Noisy-le-Grand fue sede de más revueltas violentas, provocando la muerte de Belkacem Belhabib, un joven de origen africano africano. La ultra derecha enseguida adjudicó la responsabilidad a Kassovitz por la influencia que La hacine tuvo sobre aquellos que ocasionaron los disturbios. Jean-Marie Le Pen, el entonces líder de Front National y padre de la reciente candidata a la presidencia de Francia Marine Le Pen, hizo pública su desaprobación por la película cuando exclamó “¿Acaso estos vándalos tienen el odio? ¡Métanlos a la cárcel!”. Por otro lado, el presidente Jacques Chirac demostró su apreciación a Kassovitz a través de una carta escrita, mientras que el primer ministro Alain Juppé convocó a distintos funcionarios de gobierno a una función privada del filme, con el objeto de resaltar los problemas que éste refleja.

Después de La haine, Kassovitz ha actuado en gran variedad de proyectos que van desde el fenómeno popular Les fabuleux destin d’Amélie Poulin (Jean-Pierre Jeunet, 2001) hasta el thriller comercial Un ilustre inconnu (Matthieu Delaporte, 2014). En cuanto a la realización, el director se mudó de la crítica social a un cine de carácter más comercial, con cintas como The Crimson Rivers (2000), Gothika (2003) y Babylon A.D. (2008), no con la misma suerte. Sin embargo, su obra maestra parece seguirle la sombra eternamente a su creador. Kassovitz manifestó este sentimiento en agosto de 2004, durante una presentación de la película en Londres:

“He vivido en esa película por los últimos diez años. He hecho tantas cosas desde entonces, pero a nadie le importa. Es mi maldición. También es algo de lo que estoy muy orgulloso”- Mathieu Kassovitz

Pronto veremos a Kassovitz en la nueva película de Michael Haneke Happy End (2017), pronta a estrenarse este mes en el Festival de Cannes.

Referencias:

  • Husley, A. (2015) La Haine 20 years on: what has changed? The Guardian. Consultado en: https://www.theguardian.com/film/2015/may/03/la-haine-film-sequel-20-years-on-france
  • Vincendeau, G. (2012) La haine and after: Arts, Politics, and the Banlieue. The Criterion Collection. Consultado en: https://www.criterion.com/current/posts/642-la-haine-and-after-arts-politics-and-the-banlieue

Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha: El despiadado rostro de la impunidad hecho película.

Natalia Martínez: @NataliaMa2

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“(…) la ciudad está enferma. A otros les espera el deber de cuidar y de educar. ¡A nosotros el deber de reprimir! ¡La represión es nuestra vacuna! ¡La represión es civilización!” – Il Dottore, Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto.

Son dos los grupos que deben coexistir para que el orden social funcione. Así como lo explica Hobbes en Leviatán, las masas, conscientes de que la violencia es parte inexorable de la esencia humana y respondiendo a su instinto de conservación, crean un contrato en el que la mayoría de los individuos ceden su libertad a una autoridad que dirima entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. En un intento por hacer que la vida en sociedad funcione, nos fraccionamos entre los que obedecen la ley y los pocos que hacen valer la ley. Yo, ciudadano civil, obedezco y soy vigilado. Tú, policía, juez, alcalde, gobernador, senador, diputado; tu historia es diferente a la mía. Tú vigilas, le agregas una que otra nueva regla al juego, haces cumplir la ley.

¿Qué sucede, entonces, cuando uno de ésos que rigen por encima de lo legal, que preservan los estatutos sociales, que juzgan y condenan al criminal, comete un delito? Digamos, por ejemplo, el traspaso de millones del erario público a su cuenta personal para mantenerse a él mismo y a sus demás amistades, los vínculos económicos con el crimen organizado, el mandar matar a varios periodistas por haberlo intentado inculpar o (¿Por qué no?) un homicidio pasional que sabe a thriller.

A ése que ha tenido el privilegio de redactar y hacer valer la ley ¿Quién lo juzga? ¿Quién lo vigila? ¿Quién lo condena? ¿Será que hace y deshace gozando de inmunidad legal? ¿A quién obedece la autoridad? Cuestionarse esto no hace más que reafirmar la escalofriante teoría del panóptico de Michel Foucault. La sociedad, para el filósofo francés, se parece bastante a una unidad carceralia que se construye en torno a un panóptico que todo lo ve. El vigilante hace del encarcelado una cosa a vigilar, a controlar, a la que imponer disciplina. El vigilante ve, pero no es visto. El encarcelado es visto, pero no ve.

***

Allí está él. El jefe del departamento de homicidios de Roma camina erguido, su expresión dura parece inmutable. La majestuosa música de Ennio Morricone, acompaña los movimientos corpóreos del comisario. Éste entra a un inmueble barroco, un apartamento desordenado, caótico, hogar de una bella mujer joven y de cabello oscuro. En pleno encuentro sexual, el sujeto asfixia a su amante. Ella cae muerta. Él se lava las manos, se viste. Comienza a repartir, relajado, pruebas de su culpabilidad de esquina a esquina.

El filme Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto (Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha, 1970) de Elio Petri, nos presenta un estudio exhaustivo, preciso pero grotesco de la impunidad con la que ejercitan sus funciones muchos de los miembros de la esfera del poder. El personaje principal del filme es el inspector jefe del departamento de homicidios de Roma, Il Dottore. Es un fascista sin nombre, representante de la institución, carismático, despiadado que busca, a como dé lugar, hacer cumplir la ley. Magníficamente personificado por Gian Maria Volonté, este oficial decide demostrar el teorema del poder estrangulando a su caótica amante. Deja, voluntariamente, una cadena de pistas que no hacen más que inculparlo, en manos de los investigadores de su propio departamento. Con cinismo, este electrizante personaje quiere reafirmar su condición de indemnidad ante la ley, de ciudadano incapaz de ser juzgado, libre de toda sospecha.

“El cine no es para las élites, sino para la masa. Hablar para una élite intelectual es como no hablar para nadie. No considero que pueda hacerse una revolución por medio del cine. Creo, en cambio, en un proceso dialéctico que debe comenzar entre las grandes masas, por medio de las películas y otros medios posibles.”-  Elio Petri

Es importante que nos situemos en la época en que fue filmada esta obra maestra. Indagine surge después de la fiebre estudiantil del año 1968 y durante los famosos Anni di Piombo en Italia, un periodo de turbulencia social y política marcado por graves incidentes debido a la lucha entre conservadores e izquierdistas. Petri, tras su participación activa en los levantamientos estudiantiles, apunta en el filme su esperpento en dirección a la policía. Los primeros a cargo de la reprimenda ante cualquier indicio de insurrección.

La película es un análisis desde todos los ángulos del personaje principal. La narración se suministra entre el trabajo del Dottore como autoridad irrefutable, la investigación del crimen y recuerdos que nos develan cómo era su romance con Augusta Terzi, la mujer a la que asesinó. Petri nos presenta así al protagonista de la trama, uno de los personajes más paradójicos y seductores de la historia del cine. Un asesino que cree irrefutablemente en la ley, Dostoievskiano, que ejerce un poder absoluto mediante la intimidación, un ser que jamás será llamado culpable a pesar de que todos los indicios lo apunten.

El homicidio sucede el mismo día en que el Dottore es nominado como el nuevo jefe de policías. En su discurso, una de las escenas emblemáticas del filme, proclama que “la libertad amenaza a los poderes tradicionales, a la autoridad constituida. Estamos aquí para hacer valer la ley, que es inmutable, tallada en el tiempo”. Una manera de hablar y elección de palabras que recuerda a la de Juan Domingo Perón y la de Augusto Pinochet, en el que el protagonista sitúa a los manifestantes, a los que muestran cualquier tipo de rebelión contra la autoridad, al nivel de un homicida.

“El uso de la libertad intenta convertir a cualquier ciudadano en un juez, nos impide desarrollar libremente nuestras funciones sacrosantas.”– Il Dottore, Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto.

Con esta obra Elio Petri deja frío a su público. Le hace ver que la impunidad es el primero de los males de una sociedad. Un ciudadano, que según la ley debe ser juzgado como cualquier otro, pero que goza de la posición idónea para mancharse de sangre su camisa blanca, gritar su culpabilidad a los siete vientos y aun así no tener represaría alguna. El director nos presenta una película que es de admirar desde todos los ángulos: por su calidad de cine convencional, por sus tintes de giallo, por la tan acertada música de Ennio Morricone, la interpretación de Volonté, por su fotografía y su trama, por el guion, por su denuncia clara y audible que le da un giro de tuerca nunca antes visto al género policiaco. Por su punto de vista sarcástico pero Orwelliano de un poder que está dispuesto a todo por mantener la disciplina.

Ha pasado casi medio siglo desde que Elio Petri llevó a la gran pantalla su obra maestra. Casi medio siglo y seguimos escuchando en la voz de Il Dottore a muchos de los representantes de la autoridad. Ha pasado casi medio siglo y la etiqueta de inmunidad sigue llenando de tranquilidad las mentes retorcidas de los que dictan la ley. La neurosis del poder que dibuja Petri, por lo menos en mi país, sigue latente. La arbitrariedad, la impunidad, se manifiesta escondida detrás del logotipo de partidos políticos con ilusorios discursos de progreso que a final de cuentas se mantienen a costa del sudor de sus compatriotas, se disfraza del policía que omite su multa a cambio de un billete de cuatro dígitos, de un juez que deja libre a un violador porque es su pariente o el hijo de su amigo. Se manifiesta en el número de ladrones, criminales, asesinos, que gozan de un poder que los libera de consecuencias legales.

El cine, así como cualquier otra forma de arte, debe denunciar y hacer ver lo que tanto nos gustaría ignorar. Esta obra maestra de la cinematografía italiana es un estudio exhaustivo del poder y sus técnicas de represión. ¡Es una maravilla del séptimo arte!

El ciudadano civil debe premeditar cada acción, ya que si arremete contra la ley puede ser aspirante a la condena. Hay a quienes se les permite actuar como se les dé la gana, destruir, abusar de su nivel de autoridad, hacer y deshacer. Lo más peligroso de ésos pocos insolentes, neuróticos del poder, como Il Dottore, es que son muy conscientes de su calidad de ciudadanos al di sopra di ogni sospetto.

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El talento detrás de Star Wars: Cuatro genios indiscutibles

David Azar: @DavidAzar93

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Esta semana se celebró el día popular de Star Wars: el 4 de mayo (May the 4th be with you). Aproveché la fecha para escribir acerca de una saga que, a pesar de sus debates, conservo en un lugar muy especial de mi corazón, es decir, ¿Cuántos de nosotros no crecimos viendo La guerra de las galaxias? Este universo generado inicialmente en la cabeza de George Lucas se ha desarrollado exponencialmente, y ha llegado a lugares que muchos no veíamos venir; desde cómics, videojuegos, animaciones, novelas y demás, Star Wars ha encontrado la manera de expandirse cual universo.

Otro rasgo que no podemos pasar por alto es el talento que ha colaborado en la saga de alguna u otra manera. Empezando por el mismísimo Lucas, en seguida pensamos en los actores y actrices que encarnaron a los personajes que nos acompañan desde la infancia: Mark Hamill, Harrison Ford, Carrie Fisher, Alec Guinnes, Peter Cushing y muchos más. ¿Pero qué hay de aquellos otros genios que han dejado su huella imborrable en estas historias?  A continuación les comparto una lista de cuatro personas que agregaron, cada quien en su estilo y campo, un trabajo valioso a la saga de Lucas.

Joseph Campbell

Joseph Campbell

Cuando el psicoanalista Carl Jung empleó su concepto de “arquetipo” -una idea inconsciente  y heredada colectivamente que está presente en la psique de cualquier individuo-, lo hizo con el objeto de ayudar a sus pacientes a encontrar significados concretos en las figuras que aparecían en sus sueños. El antropólogo y mitólogo estadounidense Joseph Campbell retomó este concepto cuando encontró un mismo patrón narrativo detrás de varios mitos y religiones en culturas de Europa y Asia. Es así como en 1949 publica su libro El héroe de las mil caras (The Hero with a Thousand Faces), un tratado acerca del “Viaje del héroe” o “Monomito“, en el que todo mito se puede resumir en una serie de doce pasos narrativos donde nuestro héroe -o protagonista- debe completar su viaje fantástico.

El éxito de este libro se refleja en la inmensa cantidad de películas producidas por Hollywood que siguen fielmente la estructura narrativa que éste sugiere. Entre los cineastas destacados que se han basado en el monomito para crear sus historias, se encuentra nada más y nada menos que George Lucas. El guión final de Star Wars (1977) sigue fielmente los doce pasos y arquetipos que Campbell desarrolló en El héroe de las mil caras:

Luke Skywalker, un simple granjero del planeta Tatooine que sueña con ser piloto espacial (1. Mundo ordinario), se topa con el mensaje-holograma de la princesa Leia, quien pide ayuda para combatir al malvado imperio y restaurar la paz en la galaxia (2. Llamada a la aventura). Luke hace frente a su realidad, donde tiene que ayudar a su tío con la granja y a su tía con las labores domésticas, por lo que decide no hacer caso a la princesa (3. Rechazo de la llamada). Obi-Wan Kenobi, un viejo caballero jedi en exilio, es quien le hablará a Luke de su grandeza y verdadero origen (4. Encuentro con el mentor). Los tíos de Luke son asesinados por el imperio cuando éste llega a Tatooine en busca de los androides que llevan el mensaje-holograma y los planos de la Estrella de la muerte; Luke se embarca a la ventura con Obi-Wan (5. Travesía del primer umbral; los guardianes). Luke y Obi-Wan van a Mos Eisley, donde contrataran a Han Solo y Chewbacca para que los lleven con la princesa (6. Los aliados, los enemigos, las pruebas).  Ya en el Halcón milenario, Luke y sus aliados emprenden la aventura galáctica, pero de pronto son interceptados por la Estrella de la muerte (7. Internamiento en la caverna más profunda). Una vez infiltrados en la Estrella de la muerte, donde Luke y Han se hacen pasar por stormtroopers, nuestros héroes rescatan a la princesa Leia y se luchan de frente con el imperio (8. Calvario). Finalmente, Luke y sus aliados logran escapar de la Estrella de la muerte, pero Obi-Wan muere en el intento (9. La recompensa). Una vez en la base rebelde, Luke se une a la causa y se enlista como piloto rebelde en una misión por destruir la Estrella de la muerte, mientras que Han y Chewbacca deciden irse por sus rumbos (10. Regreso con persecución). Luke resulta ser un piloto muy ágil, pero la tensión aumenta cuando está frente a su objetivo; Luke escucha la voz de Obi-Wan en su interior, dispara y acierta, la Estrella de la muerte explora (11. Nueva resurrección). Finalmente, Luke y sus aliados regresan vivos y victoriosos a la base rebelde, donde son reconocidos con medallas y aplausos por haber destruido la Estrella de la muerte y haber salvado la galaxia (12. El retorno con el elixir del conocimiento).

Aunque Lucas ya había pasado por dos borradores en el guión de Star Wars, el director contactó a Campbell, juntos trabajaron en la estructura de la película y lo demás es historia. El héroe de las mil caras ha demostrado ser una referencia de estructura narrativa muy frecuente en grandes sagas de cine además de Star Wars; por ejemplo, Harry PotterThe Lord of the Rings siguen los arquetipos, y algunos pasos del monomito, de Campbell.

Ralph McQuarrie

[Jorge Durán: @JEDZ1138]

Ralph McQuarrie, artista conceptual para la trilogía original de Star Wars,  fue esencial en la creación de los personajes, vehículos, escenarios y mundos enteros dentro una galaxia muy, muy lejana.

Aunque la estructura y los conceptos base de la saga Star Wars nacen de George Lucas, es la habilidad y la imaginación de McQuarrie lo que logró traducir el trabajo de Lucas en un universo real y tangible. El primer acercamiento del artista conceptual con la industria del entretenimiento fue para la cadena de televisión CBS desarrollando animación y material artístico de apoyo para la explicación de las misiones lunares del programa espacial Apolo. Uno de los primeros trabajos de McQuarrie fue como ilustrador técnico de la compañía Boeing. Lucas conoció a McQuarrie a través de sus amigos Hal Barwood y Matthew Robbins, quienes habían contratado los servicios del ilustrador para ayudar a vender un proyecto fílmico. La relación de Lucas y McQuarrie data previo a American Graffiti (1973). Las ilustraciones de McQuarrie también fueron clave para lograr el apoyo de 20th Century Fox.

El trabajo y la influencia de Ralph McQuarrie sigue siendo clave para la saga Star Wars. Recientemente, muchos de los diseños originales de McQuarrie sirvieron de inspiración para J.J. Abrams y su equipo en Star Wars: The Force Awakens (2015).

Genndy Tartakovsky

Casi todos los fans de Star Wars tratamos de hacer a un lado el recuerdo de las precuelas que Lucas se aventó entre 1999 y 2005. Una dirección de actores terrible, diálogos lamentables al puro estilo de las telenovelas, una absoluta y desenfrenada libertad creativa de Lucas y un exceso de efectos visuales generados por computadora (Lucas olvidó el encanto de los efectos prácticos y tangibles) fueron las críticas que afectaron más a los episodios I, II y III. Pero no todo lo que resultó de esta trilogía fue un total fracaso, pues al menos un proyecto destacó en lo particular que incluso me atrevo a decir que hoy se ha convertido en un tipo de película de culto: la serie animada Star Wars: Clone Wars (2003-2005) de Genndy Tartakovsky.

Producida por Cartoon Networks y ubicándose justo en medio de episodio II y episodio III (arranca desde el final una y concluye en el inicio de la otra), estos 25 micro episodios de aproximadamente 3 minutos de duración demuestran la increíble destreza narrativa y técnica de Tartakovsky. Las tres temporadas juntas suman un total de casi 130 minutos, lo que equivaldría en tiempo a cualquiera de las tres películas que conforman la precuela (por eso me refiero a ella como ‘película’ de culto). A lo largo de la serie, vemos eventos importantes de la saga como a Anakin Skywalker atravesar su última prueba para convertirse en caballero jedi, a Obi-Wan Kenobi luchando bajo el título de General Kenobi y a un ejército de jedis comandado por Mace Windu y Yoda para cazar al General Grievous, entre otras cosas. También conocemos nuevos personajes como Asajj Ventress, una guerrera adepta al lado oscuro de la fuerza.

Siguiendo su estilo minimalista y geométricamente estilizado, el animador y creador de series como El laboratorio de Dexter (Dexter’s Laboratory, 1996-2003), Las chicas superpoderosas (The Powerpuff Girls, 1998-2005) y Samurai Jack (2001-2004; 2017) crea secuencias impresionantes de batallas y momentos dramáticos excepcionales, sin dejar caer el ritmo en un sólo episodio y siempre partiendo de la historia ya iniciada por Lucas. La mano de Tartakovsky eleva el universo de las precuelas a sus mejores niveles. Constantemente me encuentro fantaseando: ¿Qué habría sido de los episodios I, II y III si se los hubieran cedido a Tartakovsky? El hecho de que hubieran sido animación no me habría molestado en lo absoluto.

John Williams

John Williams

Es imposible hacer un recuento general de Star Wars y no mencionar la música ¿Cuántos de nosotros no nos hemos encontrado tarareando la melodía cuando inician las películas? Es casi parte del ritual de las galaxias, un sello que seguirá a la franquicia hasta el final, y todo se lo debemos al compositor de música para cine por excelencia: John Williams.

Williams, quien ha trabajado en la industria a lo largo de seis décadas, ha compuesto gran parte de la música más memorable de Hollywood. Además de Star Wars, sus composiciones más famosas abarcan tres películas que fueron las más taquilleras de la historia en su época: Jaws (1975), E.T. The Extra-Terrestrial (1982) y  Jurassic Park (1993), todas dirigidas por Steven Spielberg. En su currículo encontramos cinco premios Oscar, cuatro Globos de oro, siete premios de la British Film Academy y veintitrés premios Grammy ¿Necesitan algo más? Williams es sin duda un compositor prodigio, y supo plasmar su genialidad en la galaxia muy muy lejana de Lucas.

De hecho, además de la ya mencionada micro-serie de Tartakovsky, la música de Williams  es un elemento destacable (y rescatable) de las precuelas; toda una banda sonora nueva y conmovedora, pero manteniendo resonancias de la trilogía clásica. Es inimaginable pensar en Star Wars si su música hubiera estado en manos de otro artista. Curiosamente, Williams ha declarado que nunca ha visto una sola película de la saga. A continuación, y para cerrar, les comparto el tema Across the Stars de Star Wars: Episode II – Attack of the Clones (2002), interpretado por la orquesta de cine de Praga:

The Get Down; los orígenes del Hip-Hop a través de la ficción

Jose Hernández: @josechj7

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Desde hace unos 12 me he considerado un chico malo del hard-rock. Crecí escuchando canciones de Queen y Kiss con mi papá, Guns-N-Roses con un amigo del vecindario;  descubrí AC/DC gracias a Angus Young  -todo poderoso-, a fuentes como YouTube y Ares. Mientras crecía, mis encuentros con el Hip-Hop fueron escasos, casi nulos. Llegué a escuchar alguna canción del álbum debut de 50 Cent Get Rich Or Die Tryin’ (2003) con un amigo que era fan, y recuerdo la primera vez que me contaron sobre el Babo de Cartel de Santa; pero nunca había desarrollado un verdadero interés por el género y su cultura hasta que vi la serie original de Netflix producida por Sony: The Get Down (2016).

El producto final, que vio la luz en agosto de 2016, tras 10 años que tardase el director Baz Luhrmann en desarrollar el concepto, nos sitúa en el sur del Bronx, en la ciudad de Nueva York, a finales de los 70s. Nuestro protagonista, Ezekiel “zeke” Figuero (Justice Smith), es un joven poeta con ascendencia puertorriqueña que se encarga en guiarnos con sus rimas a través de su historia de éxito musical.

Todo empieza cuando Zeke conoce al artista de graffitti “Shaolin Fantastic” (Shameik Moore), fanático del kung fu y los filmes de Bruce Lee, recién egresado de “la escuela de la vida” y aprendiz de DJ Grandmaster Flash; uno de los pioneros y miembro de la Santísima Trinidad del Hip-Hop junto con DJ Kool Herc y Afrika Bambaataa.

Zeke, Shaolin y tres amigos más, los hermanos Kipling: Miles “Boo-Boo” (Tremaine Brown Jr.), Ronald “Ra-Ra” (Skylan Brooks) y Marcus “Dizzee” (Jaden Smith), forman The Fantastic 4 Plus One, después conocido como The Get Down Brothers. El grupo lucha por posicionar al Hip-Hop en una industria capitalizada por la música Disco, que entre sus representantes se encuentran: Mylene Cruz (Herizen F. Guardiola), novia de Zeke, hija del pastor religioso Ramón Cruz (Giancarlo Esposito, recordado por su papel como Gus Fring en Breaking Bad) y estrella en proceso; el hijo de la narcotraficante para la que también trabaja Shaolin, Fat Annie (Lillias White); Clarence “Cadillac” Caldwell (Yahya Abdul-Mateen ll), un gángster que solo sueña con bailar música Disco y ser jefe de tiempo completo de su sello discográfico, quien sin duda es uno de los personajes más carismáticos de la serie.

The Get Down

Ésta es la segunda producción original más cara de Netflix, (solo atrás de The Crown) costando diez millones de dólares por episodio, de los cuales en su mayoría se emplean en guardaropa de época para personajes y extras, coreografías elaboradas, licencias de música de los 70s y locaciones en el Bronx.

Luhrmann, director de Moulin Rouge (2001) y The Great Gatsby (2013), recurrió a expertos -y leyendas- en el tema del Hip-Hop como Nas, Grandmaster Flash, Kurtis Blow, y Nelson George para representar su visión lo más fielmente posible. También colaboró con los artistas de graffiti Crash y Daze, quienes empezaron su trabajo vistiendo los trenes de Nueva York de colores brillantes y frases con una carga política y cultural tan profunda como el movimiento que representan.

The Get Down mezcla ficción con aspectos reales: la cultura de pandillas, los precursores del género como los DJs, los B-boys y B-girls (breakdancers, llamados así por los bailes que realizaban cuando DJ Kook Herc pinchaba los “breaks”), murales de graffiti con los que adornaban prácticamente toda la ciudad, locaciones como Les Inferno y The Mansion (haciendo alución a los icónicos clubs “Club 731” y “The Royal Mansion”, respectivamente), un excelente sondtrack propio de ambos géneros y el desapruebo por la clase alta, política y blanca estadounidense. En conjunto, estos elementos dejan a cualquiera, sin importar tus antecedentes musicales, con ganas de saber más sobre la cultura, el impacto social y la libertad que representa el Hip-Hop.

Para complementar tanto The Get Down como la historia detrás de este tema en general, les invito a leer el texto que escribió mi compañero David Azar sobre Hip-Hop Evolution, serie documental de la misma casa productora que trata más específicamente los aspectos reales del movimiento cultural.

Trainspotting; drogas en exceso durante un día nublado

Jose Hernández: @josechj7

Trainspotting 3 copy

Hace diez años, uno de mis mejores amigos llevó a mi casa una película de la que había pasado los últimos meses hablando, convenciéndome de que si la veía me iba a gustar tanto como a él. Ésta era una de las referentes por excelencia del director británico Danny Boyle: Trainspotting (1996). El filme nos presenta a Mark Renton (interpretado por Ewan McGregor) y a su grupo de amigos: Spud (Ewen Bremner), Sickboy (Jonny Lee Miller), Begbie (Robert Carlyle) y Tommy (Kevin McKidd). Todos en sus veintes, todos escoceses y todos, a excepción de Begbie, drogadictos.

Renton abre la cinta con un monólogo en el que establece que él eligió la heroína a diferencia de las personas que por convención social eligen la vida, tener una familia, un carro, una casa, etc. En cuanto termina la voz en off, nuestro protagonista se propone a dejar la droga de una vez por todas, por lo que prepara un tratamiento inusual con música sedante, sopa de tomate (10 latas), sopa de hongos (8 latas, consumir frías), helado de vainilla (grande), leche de magnesia (1 botella), paracetamol, enjuague bucal, vitaminas, agua mineral, pornografía, un colchón, un balde para orina, otro para cagar, uno más para vomitar, una televisión y una caja de Valium. Tan pronto se instala en su búnker de rehabilitación, Renton decide salir en busca de un último golpe. Lo único que le consigue su dealer Mikey Forrester (interpretado por Irvine Welsh, autor de la novela homónima en la que se basa la cinta) es un supositorio de opio, dando pie a una de las escenas más emblemáticas de la película. Renton pesca una terrible diarrea a causa de la droga y se ve obligado a buscar un retrete imaginando un gran baño reluciente con camillas de oro, mármoles blancos, un inodoro de ébano, una cisterna llena de Chanel Nº5 y un lacayo que le pase papel higiénico de seda. Como única alternativa, Renton encuentra el baño asqueroso de un pub, o lo que él llama: El peor inodoro de Escocia. Una vez ahí, sintiendo un gran placer al liberarse de su tormento, escucha caer los supositorios de opio y decide sumergirse -literalmente- en su búsqueda. Desde esta secuencia somos ya testigos de la bien lograda fotografía de Brian Tufano. Planos como el nadir, el punto de vista y el plano general logran transmitir esa sensación de estar en un ambiente frío y nublado, muy característico del Reino Unido.

La obra de Dany Boyle nos presenta algo más que una historia sobre el problema de adicción a las drogas que se vivía en la época, y que el gobierno escocés combatía con apoyos económicos para que la gente consiguiera empleo más fácilmente (como en el caso del personaje de Spud). Por sobre todas las cosas, Trainspotting nos presenta una historia de amistad disfuncional nutrida por excesos.

La banda sonora, además de las excelentes actuaciones, es de lo que más destaca en la cinta; canciones como Lust For Life de Iggy PopPerfect Day de Lou Reed y Born Slippy (Nuxx) de Underworld denotan puntualmente el sentir del filme. El ingenio de Boyle y de su equipo se resume en la sensación que tiene el espectador de ser “absorbido por la tierra”, a través de diversas técnicas que son muy características de su estilo visual y estética de videoclip.

Han pasado veintiún años desde el estreno de Trainspotting y ocho desde que mis amigos y yo tomamos caminos distintos, por lo que no podía esperar para reunirme con ellos una vez más y disfrutar del nuevo filme de Danny Boyle T2: Trainspotting (2016), la secuela de uno de los filmes noventeros con los que crecimos. Y así lo hicimos.

T2 me pareció precisa respecto a la continuidad con su antecesora. Cabe resaltar que con tan sólo una vez que la haya visto, el director originario de Manchester me dio una cátedra sobre cómo hacer la secuela de un éxito y no morir en el intento. Dejando el tema de la drogadicción (al menos sólo un poco), Boyle se concentra ahora en la amistad de un grupo de individuos que se conocen desde niños, probablemente desde la primaria o incluso antes, cuya relación se encuentra destrozada por el hecho definitorio con el que termina la primera película. Los protagonistas nos llevan de la mano, reviviendo con y a través de ellos la nostalgia de su precuela, logrando así una experiencia que puede gozar tanto el fan familiarizado con esta pequeña saga como el espectador sin referentes. La banda sonora no baja en calidad y la estética del filme nos regresa nuevamente a ese día nublado que pasamos al norte de Inglaterra en 1996; Boyle se encargó firmemente de que el estilo audiovisual de Trainspotting no muriera en esta nueva entrega. Uno de mis temores cuando anunciaron T2 era si la película tendría escenas tan memorables e impresionantes como la primera parte, así como un alma individual que no debiera recargarse en ésta para encontrar su encanto. Mi veredicto final es que Boyle hizo un excelente trabajo.

T2: Trainspotting reúne no sólo a los actores principales del filme original, sino que también a personajes secundarios como Diane (Kelly Macdonald), Gail (Shirley Henderson) e incluso el mismo autor de la novela nuevamente encarnando a Mikey Forrester. T2 logra trascender gracias a la pasión y el amor que la producción le tiene al arte y cuyo esfuerzo en conjunto deja a Danny Boyle y Trainspotting como un referente importante del cine británico contemporáneo.

Trainspotting 2

El cine y el nuevo feminismo; El sexismo subsiste en el séptimo arte.

Natalia Martínez: @NataliaMa2

guys-and-dolls

Los condicionamientos culturales nacen de necesidades contextuales. Fue hace unos cuantos milenios, por cuestiones de supervivencia, que se estableció la idea de que la mujer era la que debía quedarse en casa haciendo los deberes. El hombre, por lo contrario, proveía. Esto, repito, hace unos cuantos milenios: cuando la fuerza física era el atributo indispensable para la supervivencia, cuando lo que se llevaba a la mesa venía del esfuerzo que requiere la caza.

Demasiados años han pasado desde entonces. Años de civilizaciones, de guerras y pleitos, de imperios, de “descubrimientos”, colonizaciones, independencias y revoluciones, de la creación de naciones y potencias, de leyes y parlamentos, de urbanización, de uniones políticas, de democracias, de globalización, de una supuesta evolución y progreso, para llegar al mundo en donde nos encontramos hoy. Una sociedad que ya no se rige por la fuerza física, sino por la capacidad intelectual, la innovación, por la creatividad, la inteligencia; características que en definitiva no tienen nada que ver con los cromosomas X o Y.

Sin embargo, y muy a pesar del supuesto triunfo de la civilización, al sexo masculino y al femenino se le han adjudicado y se le siguen adjudicando un sinnúmero de condicionamientos religiosos, culturales y sociales, que venimos arrastrando desde los tiempos de las cavernas. El varón prueba su masculinidad con la capacidad de proveer que en nuestros días se traduce a su poder adquisitivo. ¡Cuánta presión! Tener que demostrar que estás hecho todo un hombre pagando la cuenta de la cena y, eso es lo de menos, porque después te tocará pagar las deudas de la casa, la colegiatura y bueno… casi todo. Las mujeres, en cambio, cargan con la responsabilidad de convertirse en objetos de deseo para el hombre. Ser puras, anheladas, bellas, para lograr encontrar a un marido que quiera pagárselos todo. Y créanme, teniendo en cuenta que esto de la belleza física es pura suerte, también es mucha presión. Hoy, a pesar de nuestra supuesta evolución, para una mayoría significativa el éxito económico es cosa de hombres, mientras que el éxito sentimental es más bien femenino.

¿Qué no es cierto? Siendo el monstruo de las producciones cinematográficas, hablemos de Hollywood. Hablemos de cine. El séptimo arte no es solo un claro reflejo de la sociedad y de nuestras predisposiciones culturales, lo que vemos en la pantalla grande retrata lo que somos. Los filmes son hoy el método de educación cultural más efectivo. El contenido mediático moldea nuestra sociedad y condiciona al niño, al adolescente y al adulto a normalizar ciertas actitudes, ideas o prejuicios.

Y sí, al escuchar esto citarán algunos ejemplos de cine comercial en donde el personaje principal es alguna mujer poderosa, porque los hay. Pero si prestamos atención a la mayor parte de los personajes femeninos en los filmes, se darán cuenta de lo mal que andan las cosas. Hay que comenzar por recalcar que hasta el año 2011 solamente un 16% de los protagonistas en las películas fueron mujeres.

“Por lo general el contenido fílmico son historias de hombres, sobre la vida de estos hombres, y después tenemos el subgénero de las chick-flicks. Ésas parecen ser historias sobre mujeres. Pero si las analizas, te darás cuenta que también giran en torno a los hombres. ¿Cómo encontrar al hombre? ¿Cómo embarazarte? ¿Casarte?” – Caroline Heldman, Profesora de Ciencias políticas.

¿Un filme que le muestre a un hombre cómo encontrar y agradar a la mujer de sus sueños? No se me ocurre más que Hitch (2005). A la inversa, en cambio, este tipo de filmes abundan.

Entre 1937 y 2005, solamente hubo 13 mujeres protagonistas en películas de animación, y todas ellas, a excepción de una, tenían como única y principal aspiración la de encontrar el romance. Aprovechando que es el nuevo fenómeno mundial, pongamos como ejemplo la adaptación del cuento de La Bella y la Bestía de Disney. Una historia pseudo-feminista, que presenta a una protagonista “adelantada para su tiempo”, solamente porque le gusta leer, se atreve a rechazar al galán del pueblo y tiene inquietudes por abandonar la pequeña aldea donde vive con su padre. “Necesito aventura… Necesito más que esta vida provincial” canta Emma Watson, la feminista en voga. Pero sus inquietudes se ven saciadas cuando se queda con el príncipe dueño de un inmenso castillo.

Si se trata de retratar lideresas en las películas, nos encontramos con esas jefas demandantes, escalofriantes, de corazón de piedra. Las que han renunciado al amor y que descuidan de la familia para llegar al puesto en donde están. Es esa soledad lo que las hace tan frías. ¿Acaso existe alguna película de un hombre que haya tenido que renunciar a tener esposa por su alto rango? Un soltero, a sus cincuentas, con un gran puesto de trabajo: eso me suena más a sex appeal.

El más descarado de los géneros para ilustrar la tesis de este artículo es, sin lugar a dudas, el terror. En estas películas, por lo regular, el hombre es el asesino que carga con el hacha y la mujer es la que corre por los bosques mojada en sudor, con una blusa semitransparente y desgarrada que deja notar sus pezones estáticos. En los remotos casos en los que la mujer resulta ser la asesina, el estereotipo es más bien el de una femme fatale seductora, vampiresa, que atrae a su victima con juegos sexuales.

Continuando por el camino del horror, en más del 95% de los casos, las víctimas de posesiones demoniacas, son pequeñas niñas o jovencitas. ¿O has visto acaso que le pase esto a algún chico joven? Esto se debe al sentido de fragilidad femenino.

“Una niña poseída, despierta un instinto protector en el público. Los niños adolescentes son percibidos como violentos y peligrosos, así que si decidimos que sean ellos los que son poseídos, el público por lo regular no es capaz de percibir la diferencia.” Comentó Eli Roth, el director de películas como Hostel (2005), The Green Inferno (2013) y Knock, Knock (2015).

Por lo regular, las mujeres en las películas son bastante estereotípicas, simples, sosas, sin aspiraciones por encima del deseo de encontrar el amor. ¿Por qué será? Son poquísimos los guionistas, los directores que saben retratar a sus personajes femeninos como los seres humanos complejos que son en la vida real. Mientras más alto escalas, menos mujeres hay. Solamente un 19% de los guionistas en Hollywood son mujeres. ¿Y directoras? Las estadísticas son aún más desesperanzadoras. Estamos hablando de 7 mujeres por cada 93 hombres.

Al día de hoy, la cosificación mediática de la mujer ha pasado a justificarse con la máscara de un feminismo hueco y mal fundamentado. Escuchamos discursos de actrices de series o de Hollywood, cantantes pop, sobre un supuesto poder femenino que parece estar muy de moda. Estas nuevas feministas tienen el cutis perfecto, piernas largas y firmes, ojos pardos, nariz afilada y en sus películas o vídeos musicales dejan mostrar sus atributos usando ropa demasiado ajustada o escasa: tal como lo dicta el gusto sexual masculino.

Una buena manera de mantener los malos hábitos es disfrazándolos de activismo social. Así como lo dijo el ministro de propaganda de la Alemania Nazi, Joseph Goebbels, “Una mentira mil veces repetida se transforma en verdad”.

El nuevo feminismo construido por y para que los medios de comunicación no cambien su trato hacia la imagen femenina para seguir vendiendo, es obviamente aceptado y aplaudido por las masas. ¿Qué pasa si una reportera seria decide no usar una mini falda y cuestionar a un hombre en su programa? ¿Y si una mujer se atreve a llevar pantalones de sastre y postrarse en un debate presidencial frente a un político? Contará con mucho menos aceptación de la que logran esas feministas que encajan con los estereotipos de belleza comercial. ¿Las niñas pequeñas prefieren ser representadas por Beyoncé o por Rigoberta Menchú? Cuestiónenselo ustedes.

La mujer ha sido criada para competir con otras mujeres en belleza, en estilo, en clase y porte. Ella triunfa si logra conquistar al amor de su vida. El hombre por el contrario debe ser fuerte, atrevido, intimidar a otros hombres, y contar con una buena cantidad de billetes en la cartera. Cuestiones que de genético no tienen nada, que no son más que creencias culturales. Estos condicionamientos afectan tanto al hombre como a la mujer.

“Alabamos a la mujer por su virginidad, pero no al hombre. Y siempre me he preguntado cómo se supone que esto debe funcionar porque la pérdida de la virginidad es, por lo general, una práctica que necesita a un hombre y a una mujer.” – Chimamanda Ngozi Adichie.

¿Me pregunto a veces dónde queda la calidad humana fuera del género? A la mujer se le educa en la vergüenza sexual, se le inculca una especie de culpabilidad por despertar el apetito masculino. A él en cambio se le justifica que se comporte como un verdadero predador desesperado. El padre puede felicitar a su hijo por haber estado con tres mujeres en una noche. ¿Qué diría el mismo padre si su hija hace lo mismo? ¿Cuestiones genéticas? No. Prescripciones sociales. Y éste es solamente uno de mil ejemplos. Hay muchas más de esas disposiciones mentales con las que cargamos que nos impiden ver al individuo por su condición de humano. Somos expertos en juzgar por lo que alguien como “mujer” hace, posicionándola bajo el degradante calificativo de niña bien. Si ser una niña buena o una niña bien requiere una dosis de sumisión y renuncia a mis propias aspiraciones intelectuales, profesionales o personales, para así no intimidar a los miembros del sexo opuesto, espero jamás serlo.

El feminismo no se traduce en un odio o la constante búsqueda por desacreditar al sexo masculino, como muchos creen. No es la que comienza con la alegata entre quién tiene la culpa de haber sido echados del paraíso, si yo Eva o tú, Adán. Tampoco la que acusa o achaca al hombre. El feminismo real, el feminismo bien argumentado, ése que es tan vital, busca la equidad. Se quita la venda del rol del género y mira las injusticias que se cometen tanto a hombres como a mujeres. Adopta un estilo de vida que se basa en el respeto, por encima de las condiciones biológicas. La dignidad humana por encima del género.

Según el diccionario de Oxford, feminista es una persona que cree en la igualdad económica, social y política de los sexos. Ser llamada feminista no debe ser un reproche, ni tampoco una banderola que justifique actitudes de desdén. Ser llamada feminista es un halago, porque quiere decir que eres lo suficientemente consciente de las falsedades, las arbitrariedades y velas por el respeto y la igualdad. Es la mujer que reparte la cuenta, que trabaja como equipo con su pareja, porque es consciente de la dificultad que implica el mantener a una familia. Es el hombre que no se siente intimidado por estar con una mujer exitosa, sino lo contrario. ¡Sí, he dicho hombre! El feminismo no es algo que se le debe atribuir únicamente a las mujeres. Hay que admitirlo, no hay cosa más bella que un hombre feminista.

“We should all be feminists” – Chimamanda Ngozi Adichie.

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