Baby Driver; orquestando la acción desde el uso diegético de la música

David Azar: @DavidAzar93

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Antes de la divertida y exótica trilogia Three Flavors Cornetto –Shawn of the Dead (2004), Hot Fuzz (2007) y The World’s End (2013), escritas por Wright y Simon Pegg y protagonizadas por Pegg y Nick Frost- y antes del filme de culto moderno Scott Pilgrim vs. The World (2010), el cineasta británico Edgar Wright había concebido lo que hoy en día es su película más exitosa en taquilla (207 millones de dólares en taquilla con un presupuesto de 34 millones) y también la mejor recibida por la crítica especializada (94% en Rotten Tomatoes con 283 críticas a la fecha de este texto): Baby Driver (2017).

La cinta sigue la historia de Baby (interpretado por Ansel Elgort), un chico con sorprendentes habilidades detrás del volante y con una fuerte obsesión por la música, dos características que lo hacen el mejor en su oficio: conductor de automóviles en una banda de criminales. Dedicarse al robo de bancos no es precisamente la voluntad de nuestro protagonista, sino una condena que surge después de haberle robado un automóvil a un mafioso conocido como Doc (Kevin Spacey) algunos años atrás. Baby ha de prestar sus servicios en una serie de atracos hasta juntar lo equivalente al lujoso auto. La situación se complica cuando Baby se enamora de una mesera llamada Debora (Lily James), pues el crimen no es un mundo fácil de abandonar. En el reparto también aparecen Jamie Foxx, Jon Hamm, Eiza González y Jon Bernthal.

Pero lo más importante de nuestro protagonista, y quizá de la película en sí, es la manera en que éste se relaciona con la música y cómo la incorpora en su trabajo. Baby padece de tinnitus a raíz de un trágico accidente automovilístico que sufrió cuando era niño, lo que hizo que encontrara refugio en la música. Refugio tal vez sea un término insuficiente: no hay momento en que Baby no esté escuchando música en alguno de sus iPods; sus audífonos son casi una extensión de su cuerpo. ¿Y cómo se relaciona esto con ser un virtuoso del volante? Antes de un atraco, Baby se aprende una canción de pies a cabeza y  la utiliza como su cronómetro y guía de precisos movimientos; la música lo mete en un trance donde sus habilidades rebasan las de cualquier otro conductor. ¿La cereza del pastel? La banda sonora de la película (que en palabras de Wright comenzó siendo una lista de diez canciones) es una deliciosa mezcla de diversos géneros y épocas que dan inyectan de adrenalina y humor cada una de las escenas.

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Cuando digo que la música es quizá el elemento más importante de Baby Driver es porque Wright la somete a un experimento para con la audiencia; el director toma las canciones y las fusiona en los planos diegético y extradiegético a través de una serie de ocurrencias narrativas. La música diegética es aquella que existe dentro del universo narrativo (la que escucha Baby), mientras que la extradiegética es aquella reservada para la audiencia, aquella que los personajes de una ficción no pueden escuchar (por ejemplo, la tonadita en Jaws cada que el tiburón está por entrar en escena). En Baby Driver estos elementos auditivos juegan con la narración de una manera muy dinámica, haciendo que las escenas sean visualmente muy estimulantes. Desde la primera escena, en la que Baby espera en el auto a que sus compañeros hagan el atraco mientras él se arma una divertida coreografía al son de Bellbottoms de los Jon Spencer Blues Explosion, hasta la secuencia en la que Baby camina por la calle para ir por los cafés de todos los miembros de la banda entregado en cuerpo y alma al Harlem Shuffle de Bob & Earl (una escena que necesitó 28 tomas), la música la compartimos en todo momento con el protagonista; tanto espectadores como personaje somos parte de ese mismo universo. En este sentido, podríamos debatir que Baby Driver es un musical, o algo así. Para la ejecución de esta idea fue incluso necesaria la labor de un coreógrafo, en este caso Ryan Heffington, conocido por sus colaboraciones con artistas como Sia, Arcade Fire y Florence & The Machine.

Que si Baby Driver es una obra maestra moderna del género de acción, o en su caso más específico del subgénero de persecución de autos -tal y como lo fueron Bullit (1968) o Vanishing Point (1971) en su momento-, puede ser discutible, pero de lo que no cabe duda es que Edgar Wright nos demostró que hay maneras de refrescar el género e incorporar nuevas formas de llevar la adrenalina a la pantalla. La destreza de Baby en el volante junto con la canción que lo acompañe en su momento es evidencia de la genialidad que el cine todavía nos ofrece en ese campo.

Antes de concluir el texto, y como probadita para aquellos que aún no ven la cinta, les compartimos el video musical de Blue Song de la banda británica Mint Royale, mismo que dirigió Wright en 2003 y que sirvió como preludio de lo que hoy en día es Baby Driver. La idea le surgió al director desde 1994. Disfruten: