Mustang; la poesía de un crecimiento enjaulado

David Azar: @DavidAzar93

Mustang

A pesar de la opinión pública y profesional acerca de la falta de expectativa en los nominados al Óscar este año (a excepción del ruido que han creado cintas como The Revenant y Mad Max: Fury Road), hay una categoría que luce muy bien y, curiosamente, se luce por medio de su noción internacional: los filmes nominados a Mejor Película Extranjera.

Sin embargo, se trata de una categoría cantadísima; se apuesta a lo seguro que la representante de Hungría Son of Saul (László Nemes, 2015) será la ganadora de la estatuilla dorada. Nemes triunfó en Cannes con este poderoso debut acerca del Holocausto, un tema que ha sido fetiche de la Academia, llevándose el premio del jurado. De igual manera, el resto de las nominadas fueron muy bien recibidas en distintos festivales alrededor del mundo, destacando en especial dos filmes: la colombiana El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, 2015) y la película a analizar en este texto, Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015). Las dos películas restantes en obtener la nominación son Theeb (Naji Abu Nowar, 2014) de Jordania y A War (Tobias Lindholm, 2015) de Dinamarca. Al igual que con Son of Saul, Mustang es un debut de dirección y tuvo su estreno en el marco del Festival de Cannes el año pasado, en la sección Quinzaine des Réalisateurs.

La película es una coproducción entre Turquía, Francia y Alemania, y cuenta la historia de cinco hermanas huérfanas que viven con su abuela y su tío en la Turquía rural, victimas de la cultura conservadora que ha prevalecido en la región generación tras generación. En un primer plano, podríamos decir que se trata de un melodrama juvenil el cual tiene como motor central la rebeldía y oposición a la ideología anticuada de la sociedad, pero Mustang toca fibras más sensibles por medio de temas aún más universales como la frustración y estrés de un infante y el aprendizaje de conductas en el núcleo familiar. Es de esta manera que podemos hablar de Lale, la hermana menor de las cinco niñas (interpretada por la genial Günes Sensoy), como el personaje central de la obra, el punto de vista predominante. Al ser la más chica de las hermanas, Lale observa muy de cerca el significado de crecimiento dentro de la cultura a la que pertenece: el casamiento obligado de cada una de sus hermanas, el contexto machista de su sociedad y la doctrina conservadora que su abuela predica, entre otras cosas más. Sus hermanas mayores son también personajes individualmente construidos, con sus propias motivaciones y conflictos, y no sirven tan solo como un molde para comprender y definir al personaje de Lale, pero es cierto que gracias a sus experiencias Lale comprende la vida y enfrenta sus dilemas.

Por supuesto que presenciamos una película que trata distintos matices de la sororidad, pero si fijamos más la reflexión tenemos una historia acerca de cómo influyen las figuras autoritarias, y las no tan autoritarias pero sí cercanas, en la vida de una persona sin que los demás se den menor cuenta. Es así como por una parte tenemos el lado fuerte de Lale al ser la primera de las cinco hermanas en aprender a conducir para escapar de su realidad y soñar con irse a Estambul, y por el otro su lado frágil cuando sus hermanas abandonan el hogar, una tras una, al casarse.

Yo le brindo una ovación de pie a la realizadora Deniz Gamze Ergüven, turca de nacimiento y francesa de profesión, quien además de hacer un excelente debut dirigió la película estando embarazada, situación que no es muy fácil teniendo en cuenta la condición humana que se necesita para vivir un rodaje. Cabe mencionar que la historia es una vivencia personal de la directora. De la misma manera, les invito a ver esta película tan humana que doy por hecho que amarán apenas aparezcan en pantalla los créditos finales.

The Lobster: Una mirada peculiar al amor desde Lanthimos

David Azar: @DavidAzar93

The Lobster 1

Cuando un director de habla no inglesa incursiona por primera vez en la palestra del idioma anglosajón, es muy curioso ver como traspasa el mismo universo que lo define a este otro del registro internacional. Este año, entre muchos otros realizadores, Yorgos Lanthimos hizo ese gran salto con su nueva película The Lobster (2015). Este director griego ya se había hecho de una fama mundial concisa, primero con Dogtooth (2009), parte aguas acreedor del premio Un Certain Regard y de una nominación al Óscar como Mejor película extranjera, y Alps (2011), menos impactante que la anterior pero con el mismo reflector en el circuito internacional.

Lanthimos, con tan sólo esas dos películas en su filmografía, había ya conseguido construirse una firma que lo identificara; su sello artístico se basa en la crítica social a través de la sátira y humor negro, y técnicamente podemos apreciar uno que otro plano que rompe la armonía de las reglas del encuadre. Sus personajes siempre son muy decididos y firmes, hasta llegar al punto del quiebre emocional, del escape de la frustración y el punto crítico. Lanthimos cuenta con una voz original que está dejando mucho de qué hablar, y esto hizo que las expectativas de su proyecto en inglés aumentaran exponencialmente.

Si se trata de conservar su estilo de rascar la sátira social para hacer visible una herida, puedo decirles que Yorgos Lanthimos sigue de pie y mejor que nunca. The Lobster logra la concientización a través de lo absurdo y un humor más negro que en las películas que lo preceden. El realizador centra en su nueva obra las exigencias de la sociedad sobre la búsqueda de pareja en el individuo, explorando tanto la presión que la misma sociedad ejerce sobre la persona como el estrés y temor del presionado. Lanthimos nos presenta a estos personajes sartrianos que buscan, bajo las expectativas de la gente, la simetría como núcleo de la relación amorosa. El filosofo existencialista por excelencia Jean Paul Sartre decía que el ser humano busca que sus gustos e intereses se reflejen en la persona que ama para complementar su sentimiento de identidad, sin saber que lo único que logra es engañarse a sí mismo y esto se convierte en el error base de cualquier relación; este concepto filosófico se conoce como “mala fe” y es el mismo que Lanthimos aplica en los personajes de este universo. Si algo resalta en la nueva cinta de Lanthimos es el acertado uso de la metáfora como columna vertebral; por medio de situaciones absurdas y violentas, nos damos cuenta de que la idea que se plantea es realmente como en la vida real; la sociedad es la máxima regidora de muchas de nuestras decisiones y desesperaciones, y la película lo plasma de manera muy divertida.

Todo es deleite hasta llegar alrededor de la tercera parte del filme, donde el ritmo se le resbala un poco de las manos a Lanthimos y nos vemos dando vueltas con el conflicto principal de David, el protagonista (interpretado por un Collin Farrel apto para el universo lanthimosiano). Sin embargo, la forma en que el director decide concluir la película es, pienso yo, la más acertada teniendo en cuenta el concepto de toda la obra. Lanthimos nos abandona al borde de una decisión crucial que David debe tomar para definir su persona, haciendo del cierre un final abierto que nos reta e invita a reflexionar con un “¿y tú qué harías?, ¿tú te atreverías?”. No conocemos la decisión de David, nunca lo haremos y tendremos que vivir con eso. Aunque, realmente, es irrelevante lo que él decida en este dilema. Lo importante para Lanthimos es plantarnos a nosotros, la gente real, el mismo dilema y dejarnos ir de la sala reflexionando acerca de cómo nosotros tomamos nuestras decisiones. The Lobster nos divierte, critica, reta y, más importante, concientiza. Es por esto mismo que el cine de Yorgos Lanthimos es uno que vale la pena tener en el radar.

Cementerio de esplendor: Lo onírico desde Weerasethakul

David Azar: @DavidAzar93

Cemetery of Splendour 2

Cuando se trata llevar el cine contemplativo a un plano místico y metafísico, nadie lo hace mejor que Apichatpong Weerasethakul, ganador de la Palma de oro por Uncle Boonme Who Can Recall His Past Lives (2010).

Con Cemetery of Splendour (2015), el realizador tailandés explora un mundo onírico, ligado siempre al misticismo que tanto lo caracteriza. La historia sigue a Jenjira, una voluntaria en un hospital de soldados improvisado dentro de una escuela primaria. El terreno de la escuela estaba siendo excavado por los soldados hasta que, por alguna extraña razón, uno a uno fueron cayendo dormidos por una especie de condición de narcolepsia. Jenjira visita a Itt, un soldado muy apuesto quien no tiene familiares que lo visite. A través de una serie de apariciones sobrenaturales y de Keng, otra voluntaria con poderes de médium, Jenjira va descubriendo el porqué de la extraña condición narcoléptica de los soldados, y se va sumergiendo en un viaje de romance y sueños donde poco a poco se borra la línea divisoria entre estos.

Uno tiene que adentrarse, o por lo menos interesarse en la cultura y mitología tailandesa y laosiana para poder atrapar ciertas referencias culturales y apreciar la película más de cerca. La firma del director sigue vigente: el ritmo es contemplativo, a base de planos sostenidos y largos, dialogo escaso y muy, pero muy meditabundo.

El cine de Weerasethakul es un viaje trascendental y onírico; se necesita paciencia para digerir estas películas, y Cemetery of Splendour sigue siendo evidencia concreta de esta cuestión. No les puedo asegurar que será del agrado de todos, ¿qué película lo es?, pero sí que será muy diferente a cualquier otra cosa que hayan visto.

Carneros; retrato de una hermandad conflictuada

David Azar: @DavidAzar93

Hrutar 3

Mi primera función en el primer día de la edición 13 del Festival Internacional de Cine de Morelia. Bueno, siendo sincero, se trata de mi primera vez en el Festival y en Morelia también, y la cinta que me recibió con los brazos abiertos fue la ganadora del premio Un Certain Regard de este año en el Festival de Cannes: Carneros (Hrútar, 2015), de Grímur Hákonarson.

Mejor bienvenida no pude haber tenido con esta cinta de corte austero e íntimo que, a pesar de sus sencillos escenarios y elementos de producción, trasciende por el mensaje emocional. Un homerun tanto para Hákonarson como para el festival por traerla a las pantallas de la capital michoacana.

La historia sigue a dos granjeros y hermanos que cargan con una enemistad por más de cuarenta años, al grado de no cruzar palabra el uno con el otro y tratan de evitarse lo más que puedan. Como ubicación, la película cuenta con la escena rural islandesa, donde desafortunadamente cohabitan los hermanos con sus respectivos ganados, muy de cerca. Todo en el mundo de los hermanos son sus ovejas; la vida tan formulada y laboral que llevan se concentra plenamente en estos animales que sirven, en el sentido humano, como la compañía más fiel y, en el sentido significativo del filme, como un símbolo muy importante para la resolución del problema que plantea la historia. El realizador no pierde el tiempo con sus intenciones y estrategias narrativas, pues con apenas cinco minutos de metraje presenciamos la rivalidad de los hermanos de la manera más natural y acertada. La semilla se nos planta enseguida, y Hákonarson se encarga de regarla constantemente con tintes humorísticos y otros un tanto nostálgicos.

Hrútar, en sí, es una reflexión de las prioridades que uno mismo impone en su esquema familiar; el egoísmo y la fraternidad sanguínea como amistad privilegiada y trascendental. Hákonarson tiene muy claro el mensaje que quiere transmitir, y lo hace con eficacia y con una simbología poética muy visual. La relación de estos dos hermanos nos parece muy familiar y si a momentos tierna; nos proyectamos todo el tiempo y comprendemos que al final del día el valor de un lazo familiar es lo bastante poderoso para superar cualquier golpe de la vida, o que al menos debería ser así. La puesta en escena de Hrútar triunfa como retrato fiel de la relación entre dos hermanos y seres humanos.