Mia madre, la dualidad de una vida afrontando la muerte

Natalia Martínez Alcalde: @NataliaMa2

Nanni Moretti y Margherita Buy en Mia Madre (2015)

“Todos creen que soy capaz de comprender todo lo que sucede… de interpretar la realidad, pero la verdad es que yo ya no entiendo nada” responde el inconsciente de Margherita (Margherita Bay) en voice off mientras un tumulto de periodistas arremete con preguntas sobre su más reciente filme. Es que al director de cine, al escritor, al artista, se le atañe la responsabilidad de dar respuesta al único misterio de la existencia: la razón detrás de la vida misma.

Nanni Moretti, en su catorceavo filme, Mia madre (2015), mete en juego la figura del cineasta, lo vuelve humano, irracional, emocional, incapaz de comprender lo que lo llevó a dedicarse al séptimo arte. Lo baja del pedestal para retratarlo torpe al afrontar la lánguida experiencia de la muerte. “¿Cuánto hay de autobiográfico en la cinta?” le preguntaron a Moretti en el estreno de la cinta. “Hay” se limitó a responder. Mia madre es, pues, el filme sobre como éste, uno de los directores con más renombre y carisma de Italia, afronta el estado delicado de salud de su propia madre e intenta trenzar sus largas noches en el hospital con su trabajo como realizador de cine. Tan personal y convencional a la vez, tan cotidiano y humano, tan ajeno y agotado ante el largo proceso de vejez que lleva a su propia madre al deceso. Moretti no solamente rompe con la idea mesiánica del director, opta a la vez por romper paradigmas al representarse con cuerpo femenino.

“Tú me interpretarás a mí” dice el realizador, en una de sus entrevistas, de haberle revelado a la Margherita Buy. “¿Y cómo estás tan seguro de que yo pueda hacerlo?”

La actriz de teatro Giulia Lazzarini es quien le da vida al personaje de la madre de Moretti, quien falleció mientras él se encontraba en pleno rodaje de su película anterior Habemos Papam (2011). Fiel a los hechos de su propia vida, el cineasta italiano diseña a la madre de Margherita como una ex profesora de latín y griego de la secundaria Visconti en Roma. La trama se reparte, entonces, en las dos líneas narrativas que pasan a constituir los días de la protagonista. La primera podría catalogarse como su entorno personal que se ve consumido por las horas que la directora pasa en el hospital. Se muestra aquí, con una simpleza que hace que el espectador se sitúe sin problemas a un lado de Margherita, el desalentado dolor filial que provoca la vejez terminal de los padres a sus descendientes. Proceso de vida natural, pero incomprensible, a fin de cuentas. En una segunda línea narrativa se concentra el trabajo mismo de Margherita: la realización de un filme sobre una enorme fábrica que es comprada por un empresario americano. Margherita, intentando conservar su papel como cabeza a cargo de un inmenso equipo de producción, se traga su dolor para toparse y pelearse con el engreído actor estadounidense que viaja desde el otro lado del atlántico para darle vida al terrible empresario. Es gracias a este actor anglosajón brillantemente interpretado por otro actor anglosajón (valga la redundancia), John Turturro, que el filme goza de las risas que caracterizan el trabajo de Moretti.

Giulia Lazzarini y Margherita Buy en Mia Madre

La muerte por vejez comienza mucho tiempo antes de la defunción de la persona. “Mi madre dejó de ser mi madre hace ya muchos años” explicó la actriz. Es a lo largo de esta evolución que la protagonista se encuentra con algunos de los alumnos que estudiaron latín con su madre, alumnos que a pesar del paso de los años seguían yendo a visitarla para contarle “un poco de todo.” En otro gesto autobiográfico, el personaje de la madre enferma se construyó tomando como punto de referencia a la madre difunta de Moretti, también profesora de lengua en el liceo.

Me atrevo a decir que es una de mis películas italianas preferidas, quizá por su humanidad, por su sinceridad, por su simpleza y porque hace no más de unas semanas fui testigo de cómo mi propia madre atravesó con una fuerza similar a la de Margherita ese camino con mi abuela.

Moretti, para una de las escenas, recubre las estanterías de una biblioteca con los volúmenes que pertenecieron a sus padres en vida, ambos humanistas, ambos profesores de lengua. Al llenar esa biblioteca nos hace enumerar las más preciadas pertenencias de quien se nos ha escapado de este mundo. Hoy, yo, al igual que el director, elegiría una biblioteca, la llenaría con los libros de thriller de Agatha Christie que tanto adoraba mi abuela.

Para aquellos interesados en ver Mia Madre, pueden encontrarla a la renta en FilminLatino.

Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha: El despiadado rostro de la impunidad hecho película.

Natalia Martínez: @NataliaMa2

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“(…) la ciudad está enferma. A otros les espera el deber de cuidar y de educar. ¡A nosotros el deber de reprimir! ¡La represión es nuestra vacuna! ¡La represión es civilización!” – Il Dottore, Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto.

Son dos los grupos que deben coexistir para que el orden social funcione. Así como lo explica Hobbes en Leviatán, las masas, conscientes de que la violencia es parte inexorable de la esencia humana y respondiendo a su instinto de conservación, crean un contrato en el que la mayoría de los individuos ceden su libertad a una autoridad que dirima entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. En un intento por hacer que la vida en sociedad funcione, nos fraccionamos entre los que obedecen la ley y los pocos que hacen valer la ley. Yo, ciudadano civil, obedezco y soy vigilado. Tú, policía, juez, alcalde, gobernador, senador, diputado; tu historia es diferente a la mía. Tú vigilas, le agregas una que otra nueva regla al juego, haces cumplir la ley.

¿Qué sucede, entonces, cuando uno de ésos que rigen por encima de lo legal, que preservan los estatutos sociales, que juzgan y condenan al criminal, comete un delito? Digamos, por ejemplo, el traspaso de millones del erario público a su cuenta personal para mantenerse a él mismo y a sus demás amistades, los vínculos económicos con el crimen organizado, el mandar matar a varios periodistas por haberlo intentado inculpar o (¿Por qué no?) un homicidio pasional que sabe a thriller.

A ése que ha tenido el privilegio de redactar y hacer valer la ley ¿Quién lo juzga? ¿Quién lo vigila? ¿Quién lo condena? ¿Será que hace y deshace gozando de inmunidad legal? ¿A quién obedece la autoridad? Cuestionarse esto no hace más que reafirmar la escalofriante teoría del panóptico de Michel Foucault. La sociedad, para el filósofo francés, se parece bastante a una unidad carceralia que se construye en torno a un panóptico que todo lo ve. El vigilante hace del encarcelado una cosa a vigilar, a controlar, a la que imponer disciplina. El vigilante ve, pero no es visto. El encarcelado es visto, pero no ve.

***

Allí está él. El jefe del departamento de homicidios de Roma camina erguido, su expresión dura parece inmutable. La majestuosa música de Ennio Morricone, acompaña los movimientos corpóreos del comisario. Éste entra a un inmueble barroco, un apartamento desordenado, caótico, hogar de una bella mujer joven y de cabello oscuro. En pleno encuentro sexual, el sujeto asfixia a su amante. Ella cae muerta. Él se lava las manos, se viste. Comienza a repartir, relajado, pruebas de su culpabilidad de esquina a esquina.

El filme Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto (Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha, 1970) de Elio Petri, nos presenta un estudio exhaustivo, preciso pero grotesco de la impunidad con la que ejercitan sus funciones muchos de los miembros de la esfera del poder. El personaje principal del filme es el inspector jefe del departamento de homicidios de Roma, Il Dottore. Es un fascista sin nombre, representante de la institución, carismático, despiadado que busca, a como dé lugar, hacer cumplir la ley. Magníficamente personificado por Gian Maria Volonté, este oficial decide demostrar el teorema del poder estrangulando a su caótica amante. Deja, voluntariamente, una cadena de pistas que no hacen más que inculparlo, en manos de los investigadores de su propio departamento. Con cinismo, este electrizante personaje quiere reafirmar su condición de indemnidad ante la ley, de ciudadano incapaz de ser juzgado, libre de toda sospecha.

“El cine no es para las élites, sino para la masa. Hablar para una élite intelectual es como no hablar para nadie. No considero que pueda hacerse una revolución por medio del cine. Creo, en cambio, en un proceso dialéctico que debe comenzar entre las grandes masas, por medio de las películas y otros medios posibles.”-  Elio Petri

Es importante que nos situemos en la época en que fue filmada esta obra maestra. Indagine surge después de la fiebre estudiantil del año 1968 y durante los famosos Anni di Piombo en Italia, un periodo de turbulencia social y política marcado por graves incidentes debido a la lucha entre conservadores e izquierdistas. Petri, tras su participación activa en los levantamientos estudiantiles, apunta en el filme su esperpento en dirección a la policía. Los primeros a cargo de la reprimenda ante cualquier indicio de insurrección.

La película es un análisis desde todos los ángulos del personaje principal. La narración se suministra entre el trabajo del Dottore como autoridad irrefutable, la investigación del crimen y recuerdos que nos develan cómo era su romance con Augusta Terzi, la mujer a la que asesinó. Petri nos presenta así al protagonista de la trama, uno de los personajes más paradójicos y seductores de la historia del cine. Un asesino que cree irrefutablemente en la ley, Dostoievskiano, que ejerce un poder absoluto mediante la intimidación, un ser que jamás será llamado culpable a pesar de que todos los indicios lo apunten.

El homicidio sucede el mismo día en que el Dottore es nominado como el nuevo jefe de policías. En su discurso, una de las escenas emblemáticas del filme, proclama que “la libertad amenaza a los poderes tradicionales, a la autoridad constituida. Estamos aquí para hacer valer la ley, que es inmutable, tallada en el tiempo”. Una manera de hablar y elección de palabras que recuerda a la de Juan Domingo Perón y la de Augusto Pinochet, en el que el protagonista sitúa a los manifestantes, a los que muestran cualquier tipo de rebelión contra la autoridad, al nivel de un homicida.

“El uso de la libertad intenta convertir a cualquier ciudadano en un juez, nos impide desarrollar libremente nuestras funciones sacrosantas.”– Il Dottore, Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto.

Con esta obra Elio Petri deja frío a su público. Le hace ver que la impunidad es el primero de los males de una sociedad. Un ciudadano, que según la ley debe ser juzgado como cualquier otro, pero que goza de la posición idónea para mancharse de sangre su camisa blanca, gritar su culpabilidad a los siete vientos y aun así no tener represaría alguna. El director nos presenta una película que es de admirar desde todos los ángulos: por su calidad de cine convencional, por sus tintes de giallo, por la tan acertada música de Ennio Morricone, la interpretación de Volonté, por su fotografía y su trama, por el guion, por su denuncia clara y audible que le da un giro de tuerca nunca antes visto al género policiaco. Por su punto de vista sarcástico pero Orwelliano de un poder que está dispuesto a todo por mantener la disciplina.

Ha pasado casi medio siglo desde que Elio Petri llevó a la gran pantalla su obra maestra. Casi medio siglo y seguimos escuchando en la voz de Il Dottore a muchos de los representantes de la autoridad. Ha pasado casi medio siglo y la etiqueta de inmunidad sigue llenando de tranquilidad las mentes retorcidas de los que dictan la ley. La neurosis del poder que dibuja Petri, por lo menos en mi país, sigue latente. La arbitrariedad, la impunidad, se manifiesta escondida detrás del logotipo de partidos políticos con ilusorios discursos de progreso que a final de cuentas se mantienen a costa del sudor de sus compatriotas, se disfraza del policía que omite su multa a cambio de un billete de cuatro dígitos, de un juez que deja libre a un violador porque es su pariente o el hijo de su amigo. Se manifiesta en el número de ladrones, criminales, asesinos, que gozan de un poder que los libera de consecuencias legales.

El cine, así como cualquier otra forma de arte, debe denunciar y hacer ver lo que tanto nos gustaría ignorar. Esta obra maestra de la cinematografía italiana es un estudio exhaustivo del poder y sus técnicas de represión. ¡Es una maravilla del séptimo arte!

El ciudadano civil debe premeditar cada acción, ya que si arremete contra la ley puede ser aspirante a la condena. Hay a quienes se les permite actuar como se les dé la gana, destruir, abusar de su nivel de autoridad, hacer y deshacer. Lo más peligroso de ésos pocos insolentes, neuróticos del poder, como Il Dottore, es que son muy conscientes de su calidad de ciudadanos al di sopra di ogni sospetto.

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