El Gallo de oro; Devoción y superstición en el México post-revolucionario

Willy Sepúlveda: @WillySepu1

EL GALLO DE ORO

La vida no es más que el cúmulo de reacciones ante la tragedia de la incertidumbre, mientras, irónicamente, somos aversivos a la única certeza que tenemos: la muerte. Vacilamos este camino bajo dos componentes. El primero se rige por el grado de esfuerzo y determinación impresos ante cada meta impuesta; obtener una gran nota, conseguir un mejor puesto de trabajo, ahorrar para un automóvil. Esta meritocracia está intrínsecamente ligada al segundo componente vital: la suerte, cuyo juicio de valor dependerá de la congruencia con la que se alinee a nuestros hechos e intenciones.

Hay quienes atribuyen la suerte a una partición divina, otros a una mera aleatoriedad, pero ambos gustan de acotar directa o indirectamente la brecha entre el mérito y la meta. La cosmovisión mexicana nos sugiere antitéticamente una composición de ambas creencias. En junio de 1999 suscitó uno de los terremotos más catastróficos en el Estado de Puebla. El saldo fue de pueblos incomunicados y edificaciones dañadas, entre ellas iglesias del siglo XVI mandadas a hacer por los colonizadores con mano de obra indígena. Al caer y romperse las figuras clericales, descubrieron que los interiores contenían figuras de dioses prehispánicos, refrendando nuestra capacidad de rendir armónicamente dos devociones al porvenir.

A partir del México post-revolucionario, pareciera que la medida de la suerte es la condición socioeconómica, donde los acaudalados heredaron la inercia del éxito y los pobres tan solo una espiral de desgracias, como si la aleatoriedad tendiera a la polarización. Este fue, precisamente, el ADN sinóptico de la época del cine de oro mexicano. Un día apareció la televisión a los hogares, otro desapareció Pedro Infante para siempre, y los premios Ariel fueron cesados. Hay quien dice que esos clavos lapidaron la etapa más brillante de nuestro cine de manera definitiva. Pero un eco llegó cinco años después.

Es correcto apelar justamente a la suerte para justificar su existencia. Fue encontrada la primera obra no publicada de Juan Rulfo tras haber escrito El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), obras con las que inmortalizó la novela revolucionaria. Roberto Gavaldón, considerado uno de los más destacados cineastas de aquella antaña época, se hizo del cuento y decidió dirigirlo. Para adaptarlo, recurrió a dos personajes literarios que no necesitan presentación: Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Para aprisionar tanto colores y escalas de grises como el movimiento, recurrió a un viejo conocido: el maestro Gabriel Figueroa. Para dotar de vida a los personajes, llamaron de actriz secundaria a Lucha Villa, considerada una de las más grandes cantantes de música ranchera y cinematografía del mismo género. Para el papel principal, no dudaron en seleccionar al protagonista de Macario (1960) y actor en más de una decena de obras teatrales: el gran Ignacio López Tarso. Filmaron en el verano de 1964 en Bernal, San Juan del Río, Zacatecas y Tlaquepaque, y el 18 de diciembre del mismo año fue proyectado por vez primera en el cine Alameda la obra consumada: El Gallo de Oro.

“Todo en el mundo es robado, y el que dude, que haga cuentas”

Camina el humilde pregonero Dionisio Pinzón (López Tarso) por entre las calles y mercados de Bernal, haciendo del buen humor el salvoconducto de su expresión en harapos y sandalias. Va a su casa al encuentro de su madre para comer y contarle del trabajo venidero por la apertura de la feria, pero descubre que había fallecido. Ante la búsqueda de un ataúd: “yo se lo pago, don Perfecto, nomás que me toque la suerte”. Pero recibe una respuesta adversa, envuelve a su madre en un petate (de ahí el popular término “se petateó”) y la carga en la espalda para llevarla a una sepultura provisional. Cuando parecía que Dionisio Pinzón había entrado en esa espiral de desgracias, encuentra en el camino a la comitiva de la feria, escoltada por la música del mariachi, un carruaje con la voz de Bernarda Cutiño “La caponera” (Lucha Villa) y un conjunto de charros en la mano, a quienes encontraría más tarde como gritón para una pelea de gallos a las afueras. Antes de sacrificar al gallo vencido y malherido, Dionisio pide quedarse con él y lo lleva a su casa. Noche y día lo cuida con remedios y tratamientos que alegan existir desde siempre, lo entierra hasta el cuello y le da su propio alimento, lo cubre de una caja y la golpea con la palma. Pasados los días, el gallo sale de su agonía y canta a la vida sobre el brazo de quién no lo dejó morir. El gallito de oro renació.

Y es así que se desarrolla la trama con un gritón que se hizo su lugar para tener voz propia y enfrentar a los gallos del cacique Don Lorenzo Benavides (Narciso Busquets), sinónimo del éxito, además de ser esposo de La Caponera, símbolo de la suerte misma por la seducción de su belleza, del alardeo en sus conversaciones plagadas de dichos y la persuasión por sus cantares. Ella, como buena suerte, decidía a qué gallo sonreírle en los palenques, siéndole incondicional tan solo a su libertad. Dionisio se encomendaba al fervor pero se negaba a cualquier pelea si La Caponera no estaba en el graderío, convencido de que la planta que nació en maceta sí pasaría del corredor, aún si esto significara arrebatarle la inercia a los de arriba. Todo envuelto en el folklor de un México de ferias, música de mariachi, centenar de apuestas cruzadas y paisajes de trenes y haciendas, como no podía ser de otra manera.

En la última escena, se observa el inicio de la feria de Bernal un año después, Dionisio –ahora con un traje negro de charro- guiando a un caballo que carga un ataúd de madera, y a La Caponera cantando con un gallo blanco en la mano. El contexto de este cierre es uno que merece ser descubierto a través del filme. No es casualidad que sea considerada una de las 50 mejores películas en la historia del cine mexicano.

La vida no es más que el cúmulo de reacciones ante la tragedia de la incertidumbre. Seguiremos vacilando entre el éxito propio y la aleatoriedad, la devoción y la superstición, la libertad y el determinismo. Sea lo que sea, vivamos lo suficiente para ser dueños de nuestro destino, y para lo restante, dijera un amigo, que Dios reparta suertes.

Isaac Ezban; cargando la estafeta del cine de género mexicano

David Azar: @DavidAzar93

Juan Carlos Valdez Dragonné

En una cinematografía como lo es la mexicana -donde los proyectos subsisten gracias a financiamiento gubernamental y suelen mantenerse poco tiempo en cartelera-, cualquier propuesta de ciencia ficción no solo deja algo de qué hablar, sino que inmediatamente representa una bocanada de aire fresco para el cine nacional. Dicho lo anterior, y aprovechando el reciente estreno de su segundo largometraje, dedicamos este texto a un cineasta que está decidido a ocupar un lugar especial en las pantallas mexicanas. Su nombre es Isaac Ezban.

Tres sujetos se encuentran atrapados en unas escaleras eternas y una familia que deambula por una carretera que se repite una y otra vez comprenden tan sólo la punta del iceberg de El incidente (2014). En su ópera prima, Ezban pone sobre la mesa un juego de destreza y tensión narrativa –o un mindfuck, si prefieren-, en el que dos escenarios paralelos, con un “incidente” similar, están atrapados en un ciclo sin aparente fin. Un argumento bastante simple que resulta genial en manos de su director, quien procura llevar a sus personajes al límite de la condición humana. El incidente dejó mucho de qué hablar el año pasado, haciendo diversas paradas en los festivales de cine de género más prestigiosos del mundo y recopilando críticas y opiniones favorables, como fue la de Guillermo Del Toro:

“El incidente es un potente e ingenioso acertijo y un prometedor debut para Isaac Ezban, un director necesario en el género en México”

Puede que El incidente no haya sido del agrado de algunos otros que claman una innecesaria sobreexposición de la trama en el desenlace de la historia. Sea cual sea la opinión de cada cinéfilo, no se le puede negar a Ezban la victoria que representa debutar con una película de esta índole: actores que entregan intensidad en sus interpretaciones, un guión que cumple con buen ritmo en cada acto y una calidad de producción muy presente en cada fotograma.

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Parecía un excelente comienzo para la carrera cinematográfica de este joven director, y así se concretó con la inesperada y pronta salida de su segundo proyecto: Los parecidos (2015). En palabras de Ezban, su nueva película es una carta de amor al cine de ciencia ficción de los años sesenta. Vaya redacción la de esta carta: Los parecidos suelta referencias del género por doquier. La atmósfera lúgubre y misteriosa de la famosísima serie The Twilight Zone (Rod Sterling, 1969-64) sirve de columna vertebral en la estación de autobuses donde “los parecidos” están encerrados por culpa de una lluvia torrencial. La ligera desconfianza entre los personajes respecto a sus identidades, y que posteriormente se convertirá en un salvaje frenesí de todos contra todos, nos remonta a lo que John Carpenter plasmó en su aclamada cinta de terror The Thing (1982). Finalmente, la estética retro de terror, lograda en la fotografía de Isi Sarfati y la música original de Edy Lan, es la de Philip Kaufman en Invasion of the Body Snatches (1978). Nuevamente, a través de un excelente manejo de tensión, la razón detrás de la enredadera narrativa cierra la historia con broche de oro. La película viaja con nosotros al salir de la sala, y eso ya constituye otro gran logro por parte de Ezban.

Así es como con dos largometrajes –y sus temáticas originales- en tan sólo dos años, Isaac Ezban se posiciona como una de las voces más destacadas en el cine mexicano de hoy en día. Al igual que un joven Del Toro con su debut Cronos (1993) hace ya dos décadas, lo que Ezban está logrando -además del reconocimiento de sus películas- es evidenciar que el cine de género, cuando se hace bien, tiene éxito en este país.

Actualmente, sabemos que el prolífico director ya está rodando su tercer proyecto. Mientras esperamos los detalles al respecto, les recomendamos sus dos primeros trabajos. El incidente lo pueden encontrar a la venta en su formato casero o a la renta en las plataformas FilmIn Latino, Cinepolis Klick, FoxPlay y iTunes. Por su parte, Los parecidos está de momento en cartelera. Les compartimos el trailer:

Perdidos: el ‘found footage’ en el cine mexicano

David Azar: @DavidAzar93

Perdidos 3

El festival de cine de género Macabro FICH 2015 trajo consigo una propuesta muy fresca y revitalizadora para el cine de terror mexicano: Perdidos (2015), una película de Diego Cohen.

El filme se categoriza en el found footage, subgénero que vio la luz del día con la cinta que algunos consideran un bodrio y otros una joya del cine de terror y del cine independiente en general: The Blair Witch Project (1999). El found footage apuesta por un enfoque tipo realista que invita al espectador a un recorrido vertiginoso, casi tangible, contado a través de una narración en primera persona tipo documentalista, sin dejar de ser ficción. Las películas found footage juegan con la premisa del espeluznante material que ha sido encontrado en una cámara de video amateur extraviada. Algunos ejemplos del subgénero son la caótica épica de Matt Reeves Cloverfield (2008) y la exitosa saga de terror Paranormal Activity (2007-2015), de la cual la primera entrega recaudó más de siete mil veces su austero presupuesto. Si a la información anterior agregamos la escasa producción de cine de género en México, podemos entonces decir que Perdidos es, si acaso no un triunfo, una hazaña para la innovación cinematográfica del país.

Cohen nos cuenta la historia de cuatro estudiantes de cine que se reúnen para filmar un cortometraje documental acerca de unos baños olvidados en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Nunca se ha registrado material de este establecimiento que supuestamente está embrujado, y los protagonistas pretenden hacerla de caza fantasmas (incluyendo chistes locales de esta película) para realizar una tesis única. El realizador nos notifica acerca de los hechos ocurridos en torno a la parte paranormal de la película justo al inicio, a manera de prólogo, adjuntando una grabación de audio que nos pone prepara mentalmente para lo que veremos a lo largo de sus 93 minutos de duración. Lo siguiente es la aventura de estos estudiantes, con actuaciones precisas, diálogos pertinentes y naturales, y un ritmo muy eficiente y acorde a la premisa a desarrollar; a mi parecer, los atributos más fuertes de Cohen. No todo apunta a una experiencia inmaculada, pues las vacas flacas del director se manifiestan en la repetición de algunos elementos que pretenden espantar a su audiencia y en una aceleración desmesurada en su tercer acto.

¿Qué puedo concluir de Perdidos? Que es una propuesta con todas las de valer la pena por su valor fuera de lo convencional y por su frescura para el cine mexicano de terror contemporáneo, una propuesta percibida por el ojo de un artista que parece que brinda hasta el último gramo de su entusiasmo para brindarnos un espectáculo aterrador. No solo espero, sino también supongo que Diego Cohen mejorará de proyecto en proyecto. Por el momento les invito a ver Perdidos, que tendrá su estreno comercial en algún momento del 2016, nos comenta el joven director, además de la confidente noticia de estar trabajando ya en la secuela.