Los rasgos nocivos de nuestra “mexicanidad” en el cine de Luis Estrada

Natalia Martínez A: @NataliaMa2

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Luis Estrada

Antes el cine era diferente: llenaba de ilusión, exaltaba y llevaba al borde de las lágrimas a quien decidiera invertir dos horas de su ocupada jornada en una de esas butacas acartonadas. Los tiempos han cambiado. Ya no volverá Pedro Infante a cantarle a su enamorada con voz melancólica. ¿Habrá otra representación de la belleza mexicana como la del rostro de Dolores del Río? ¿Quién se atreverá a retratar nuestras nubes y paisajes como lo hizo Figueroa? Nadie parece estar interesado en contarnos ya aquellas historias llenas de folclore e indigenismo como lo hizo Emilio el Indio Fernández. La nostalgia por la tan aclamada Época de oro del cine mexicano, por esos tiempos en los que “todo era mejor”, se nos sujeta a la garganta mientras observamos cómo nuestro país se va consumiendo por las injusticias sociales, el sensacionalismo de un internet mal informado y sin argumentos, el miedo a dejar de ser la novia sometida de Estados Unidos, el nuevo PRI cuyo lema parece ser el de “saquear todo porque el 2018 seguro que no lo ganamos”, entre muchos otros dilemas.

Entonces, viéndonos rodeados por un panorama que nos hace dudar si saldremos con vida de este 2017, optamos por mirar atrás y recordar cuando las cosas eran mejores. “Ya no hacen cine así”, nos decimos y alzamos el pecho orgullosos pero melancólicos por lo que algún día fue la industria cinematográfica de nuestro país. ¿Qué es lo que hace del cine de los años 40’s y 50’s tan distinto a las crudas producciones posteriores? Su utopía. Pero recordemos que lo utópico carece de realidad.

La época del cine de oro mexicano expone, en palabras de Monsiváis, “los autos sacramentales de la sociedad”, personajes poco realistas, llenos de coraje, que aprovechan la grandeza de la tierra.

Estas películas, al igual que pasó en Hollywood, se cimentaron sobre las bases del melodrama dejando los problemas sociales como simple escenario. Aquí abundan los enfrentamientos entre el bien y el mal en los que el virtuoso resulta triunfador. La sociedad se ve reducida a un número de personajes estereotipados y a ciertos estilos de vida que caen en el cliché. Un país que convive en armonía a pesar de las abismales diferencias sociales. ¡El acentito ése! Los ambientes rurales, los trajes típicos. El macho con sombrero de charro y la mujer de trenzas largas y negras: la esencia de la “mexicanidad”.

“Los pobres mueren como si fueran ricos, los ricos sufren por no gozar como si fueran pobres, las familias son el infierno celestial, y el amor es la única redención previa a la muerte.” – Carlos Monsiváis

El cine de la época de oro era un mural muy al estilo de Rivera, donde los miembros de esta nación tan problemática confluían en armonía y respeto, navegando con la resignación como estandarte y con la meta última de enamorarse. Siempre es mejor pasar nuestras dos horas en la butaca soñando, en lugar de despertando. Es tal vez por eso que añoramos tanto los tiempos en los que nuestro cine se caracterizaba por la belleza de una sociedad hegemónica y no una en caos. Pero una dosis de realidad nunca hace daño para caer en la cuenta de quienes somos en realidad. Un poco menos de amores prohibidos, de héroes valerosos, y más de cómo funcionan las cosas en el país es primordial para despertar nuestra conciencia tan adormecida. Para esto recomendamos tres películas incómodas de un cineasta claramente inconforme: Luis Estrada.

La Ley de Herodes (1999)

La ley de Herodes

Culpamos al gobierno de todas nuestras penas e infortunios, pero: si el gobernador te pidiera incorporarte al partido para hacerte el presidente municipal de tu pueblo, ¿qué harías? Y… ¿Cuánto robarías? Fue eso lo que le pasó al personaje principal de esta película. A Juan Vargas (Damián Alcázar) le ofrecen ser el nuevo presidente municipal de San Pedro de los Saguaros. “Modernidad, paz, progreso y justicia social” entona al tomar posesión, creyéndose cada palabra.

“Esto no es una dictadura. No, no, no, perdónenme. Si para eso hicimos una revolución. En este país el voto se respeta, no es nuestra culpa que la gente siempre vote por mi partido.” – Juan Vargas, La Ley de Herodes.

Al poco tiempo, el pobre, se da cuenta de lo corrompido que está el sistema. Y por sistema no nos referimos únicamente a los gobernantes, sino al padrecito del pueblo, al prostíbulo y a la manera de resolver problemas por los habitantes de San Pedro de los Saguaros. Juan Vargas entiende que la cosa en el país funciona según la Ley de Herodes: O te chingas, o te jodes. Recordemos que Herodes llega a la corona por medio de la sangrienta persecución de la antigua familia reinante para así quedarse en el trono. ¿Qué fue capaz de cometer un partido para consolidarse como la única opción política? ¿Y si tú fueras parte de ese partido en el poder, qué tanto hubieras concedido para que no se te quite de tu puesto?

“Recuerda que en este país el que no tranza, no avanza” – el gobernador Sánchez, La Ley de Herodes.

En 1999, el año de su estreno, se intentó vetar la película, por lo que renunció Eduardo Amerena a su puesto como director del Instituto Mexicano de Cinematografía, lo cual, obviamente, llevó al filme a ser uno de los más taquilleros de la historia. Podríamos decir que con este estreno dimos el primer paso hacia la liberación de una censura a la que llevábamos esposados más de 70 años.

El Infierno (2010)

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“Esa guerra contra el narco ha dejado más muertos que la revolución.” – El Infierno

Volvemos a lo mismo, pasar dos horas en una butaca para asumir que el país se encuentra secuestrado por la violencia no es fácil, pero sí necesario. Con dosis de sarcasmo y un humor muy negro, Luis Estrada nos muestra lo que es crecer y vivir en un rancho sumido en la pobreza y la negligencia en el que la única manera de ganar algo de dinero es vendiéndole tu alma al capo de alguno de los cárteles de la zona.

El filme narra el regreso de Benjamín García (otra vez Damián Alcázar) de los Estados Unidos a su pueblo San Miguel Narcángel con la ilusión de montarse, con sus ahorraditos, un negocio y ponerse a trabajar. Al volver nada es como él recordaba: la pequeña empresa en el país ya no subsiste, su rancho se ve conquistado por una ola de terror y muerte y la única manera de salir adelante es sumándose al crimen organizado.

El país es incapaz de proveer oportunidades de superación por medio de calidad educativa, trabajo y salarios dignos, a un elevado porcentaje de la población. Con decir que el 43% de los mexicanos de 15 años o más no cuenta con la educación básica completa. El gobierno, en lugar de erradicar el problema desde la raíz, opta por comenzar una “guerra contra el narcotráfico”. El infierno nos muestra la tan cruda realidad de las comunidades marginadas, rezagadas, esas a las que tantos no miran porque irritan. La vida desde el punto de vista del narcotraficante al que no le quedó de otra más que desmoralizarse por completo para así lograr darle de comer a sus cinco hijos, como es el caso del Cochiloco, un padre amoroso pero capaz de matar a su hermano. “En esta vida a todo se acostumbra uno, menos a no comer.”

En el 2014 el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres nos posicionó como el tercer país con más muertos por conflictos armados en el mundo. En el 2016 batimos record, según el reporte del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), en el país hay 56 asesinatos por día.

En el bicentenario de nuestra independencia Luis Estrada lanza esta película cuestionándonos: ¿Hay algo que celebrar?

La dictadura perfecta (2014)

El título de la película hace referencia a la manera en que describió Marío Vargas Llosa al país en cadena nacional el 30 de agosto de 1990.

“La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la unión soviética, no es Fidel Castro, es México, porque es la dictadura camuflada de tal modo que parece no ser una dictadura, pero que tiene, si uno escarba, todas las características de una dictadura: la permanencia de un partido inamovible.” – Marío Vargas Llosa

Un cuarto de siglo después de las declaraciones del Premio Nobel de Literatura, en el 2014, se estrena este filme y utiliza como título la denominación de Vargas Llosa a nuestro país: “La dictadura perfecta”. La última película de Luis Estrada no ha sido un éxito para la crítica especializada. No obstante, a pesar de la opiniones encontradas, el filme saca a relucir algunos elementos que hay que tomar en cuenta.

Estrada señala la mancuerna que utilizan los dictadores y la principal cadena de televisión de nuestro país para influir en la opinión pública y el voto de la población: ese sensacionalismo mediático tan barato con el que los políticos tapan sus errores y muestran sus escasas gracias. El melodrama telenovelezco hecho noticiero. En el filme Carmelo Vargas (Damián Alcázar, para no variar) en el afán de lavar su imagen firma un costoso contrato con la principal empresa televisiva de México. Así los medios se dedican a distraer al público de sus actos de corrupción y destruir a la oposición.

El filme atina en retratar el miedo tan poco fundamentado que se respira del norte al sur de la nación, señalar el creciente número de líderes de opinión que en vez de utilizar la verdad o el argumento como medida de valor usan la viralidad, nuestra afición por el escándalo por encima de la justicia y cómo el gobierno y los medios de comunicación se aprovechan de esto para prevalecer en el poder.

Por encima de su caricaturización y sus lugares comunes, esta cinta se encarga de desnudar a ese nuevo-viejo PRI que regresa a la silla presidencial con una Ley de Herodes renovada para que parezca estar ad hoc a los tiempos del Facebook.

Cubrirse los ojos con la venda de la nostalgia por un ayer sobrevalorado para evitar postrarnos ante nuestro escalofriante presente es fácil. Queremos ser ese pueblo de charros y de adelitas, de ideales revolucionarios con las ilusiones de la época de oro del cine mexicano. Abrir los ojos, caminar conscientes del bagaje tan vergonzoso que como mexicanos nos corresponde a todos y cada uno, siempre resulta mucho más difícil. Para dejar a un lado nuestras obsesiones y carencias, es necesario sobrepasar la etapa de negación colectiva en la que nos encontramos (nuestro constante creer que la culpa la tiene el de arriba o el de abajo o el de alado, pero nunca yo). Son necesarias las historias que no intenten cubrir los baches de nuestra sociedad con tintes de conformismo, con estereotipos simples y vidas quiméricas. Una dosis de realidad cinematográfica, de humor negro, de sarcasmo, de ironía política, puede ser un buen primer paso hacia la autoevaluación: ¿Ponemos de nuestra parte para que prevalezca La ley de Herodes mexicana? ¿Cuánto seriamos capaz de auxiliar a la corrupción con tal de llevarnos una mochadita? ¿Qué tanto ignoramos o colaboramos en que la inequidad del país continúe nutriendo con personal al crimen organizado? ¿Qué hacemos para cambiar todo lo que nos muestra Estrada en su cine, aparte de subirnos al tren del altruismo cibernético con cada share o cada tuit pseudo-humanitario y poco objetado? Si formáramos parte del grupo que ahora gobierna este país, ¿Seríamos tan cínicos y desvergonzados como ellos?

El cine de Estrada es, al contrario de la época del cine de oro, pesimista. Retrata, sin maquillaje, a un país que se encuentra hundido en un caos cíclico y constante. Sin embargo, la realidad no siempre tiene que ir orientada al pesimismo: ojalá la próxima película de Luis Estrada contenga aunque sea un poquito de esperanza, pero, bueno, eso no depende más que de nosotros.

The Riot Club: Reflejo inglés del Mirreynato mexicano

FILTHY, RICH, SPOILED, ROTTEN.

The Riot Club douglas booth sam claflin max irons

Natalia Martínez: @NataliaMa2

Elitismo, prepotencia y machismo son tres de las muchas características que describen a los miembros de The Riot Club, una sociedad exclusiva y ancestral de la Universidad de Oxford a la que solamente pueden acceder los hijos de los personajes más relevantes o económicamente privilegiados de Gran Bretaña. Los requisitos para lograr formar parte de este grupo universitario que ha logrado prevalecer generación tras generación, son estar en la cumbre socio-económica, ser hijo de algún político o personalidad distinguido, lucir siempre bien, haber ido a algunos de los colegios posh de Inglaterra y tener la actitud y las ganas de llevar tus impulsos hedonistas al extremo. Diez niñatos, guapos, atléticos y siempre bien vestidos, que parecen inofensivos pero bien son capaces de quebrajar cualquier ley, destruir lo que deseen, conseguir lo que apetezcan, sin encontrarse con ninguna represalia. They can always pay their way out of every mess. El resultado: la impunidad que llevará a aquellos jóvenes atroces a posicionarse detrás de los escritorios más influyentes de la nación. ¿Por qué será que este filme me huele tanto, pero tanto, a México?

“El Mirreynato es un régimen moral donde predominan la ostentación, la prepotencia, la impunidad, la corrupción, la discriminación, la desigualdad, el desprecio por la cultura del esfuerzo, el privilegio que otorgan las redes familiares y un pésimo funcionamiento del ascensor social. El Mirreynato es un régimen en el que todos los mexicanos, de alguna manera, participamos.” Ricardo Raphael, El Mirreynato 

El viernes pasado, en la sala de proyecciones de la Academia de las Ciencias Cinematográficas de España se proyectó por primera vez en la península Ibérica y como parte del 25 Festival de Cine de Madrid, la película de Lone Scherfig: The Riot Club (2014). El filme es un crudo retrato de la alta sociedad británica. Contaba la directora, en la presentación del filme, que lo que quería era poner un espejo frente a las personas que conforman las altas esferas inglesas; hacerlos darse cuenta de su manera de pensar y actuar.

El exclusivo grupo universitario, conformado por diez de los “mejores” niños de Oxford, está claramente inspirado en el Bullingdon Club – grupo al que perteneció el ex primer ministro David Cameron y el anterior alcalde de Londres, Boris Johnson. La fraternidad, así como en el filme, se caracteriza por festejar una cena al año en la que destruyen, bandalizan, el restaurante o el sitio donde hayan decidido llevar a cabo el suntuoso festejo. Al final, no importa qué tanto daño material, físico o psicológico hayan causado, pagarán lo que sea para que nadie se entere del altercado, salir impunes y continuar con sus ambiciosos planes profesionales como si nada nunca hubiera pasado.

Intentaré no entrar en detalles, así compararán ustedes mismos – con algo de nauseas – lo que se narra en The Riot Club con el nepotismo y la impunidad ya esencial en naciones como la nuestra.

Ver el filme, es enfadarse con la dinámica colectiva que carece notoriamente de cualquier lógica humana, de empatía. Es también un excelente pretexto para interesarse aunque sea un poco por los problemas sociales que aquejan y hunden a este país que alguna vez fue grande.

Hace apenas dos años, Ricardo Raphael publicó su libro Mirreynato, la otra desigualdad, su lectura podría formar parte de un ejercicio de estudio sociológico que se remataría con el screening de esta película de Lone Scherfig.

Raphael, a través de este libro, cimentó un análisis de la construcción, acceso y permanencia en el poder mexicano: un estudio de las élites, de la corrupción, la impunidad, el nepotismo y, por ende, la falta de democracia. Esto a través de un montón de extravagantes anécdotas muy parecidas a las de los miembros de The Riot Club. El espectáculo que dan estos jóvenes en sus viajes al extranjero, las reglas que rompen a sabiendas de que no habrá castigo alguno por su comportamiento. “…una tribu urbana que desde fines del siglo pasado comenzó a ser un síntoma vergonzoso de la ostentación mexicana.”

La presunción de arremangarse la camisa para que se asome el rolex, la prepotencia de creerse superior solamente porque papá paga para reparar sus vidrios rotos o porque el hombre de la cadena en el antro se sabe su nombre. El que recaiga su valor como persona en la enorme hebilla de un cinturón Gucci de mal gusto, o en el patrón de un bolso Louis Vuitton. La ostentosidad de un Moët recorriendo los pasillos del antro con luces de bengala que atraiga a mujeres que buscan una copa de esa champaña y, con suerte, ser después madres que inculquen la tradición hedonista. Los proyectos tan banales que financia el progenitor y ese poco interés por saber más, conocer más, informarse más, ser humanamente más que un tipo que va y viene en coches de lujo, sin capacidad de crítica o empatía. Ser los únicos que pueden hacer algo por que las cosas en el país mejoren, pero que su mente siga centrada en factores triviales, fútiles. Si la elegancia es el atributo de la belleza sencilla y culta, todo lo anteriormente mencionado puede bien ser catalogado como naco.

Le comenté a Lone, la directora danesa, lo mucho que se parece su filme al sistema de poder “hereditario” de mi país. Cómo la actitud de los miembros de este grupo se parece en gran medida a la postura de muchos jóvenes mexicanos que no tienen idea del esfuerzo que implica para la gran mayoría el llevar comida a casa. Ricos, bien vestidos, guapos, que consiguen siempre lo que quieren- capaces de pagar su boleto de salida de cualquier complicación- nuestros gobernantes del mañana.

“Mientras se escribía el guión, pensamos en darle a la película un desenlace que le agradara más al público. Optamos, al final, por acercarla lo más posible a la realidad. Y la realidad, la mayoría de las veces, no es algo que guste.” Me comentó.

Así que, por más sorprendente que parezca, esta producción, relativamente nueva y con un reparto que va desde Sam Claflin, Max Irons hasta Natalie Dorman, se parece más de lo que debería a nuestro México actual.

Lo único que me queda decir es que así como hay que leer el libro de Ricardo Raphael, hay que dedicarle dos horas de nuestro tiempo a esta película. Porque es raro que un filme británico se parezca tanto a la realidad en México. Es raro que un largometraje deje a su público con los ojos nublados, la cabeza divagante y un nudo de vergüenza atrancado en la garganta. Es raro, pero para eso está el arte, para denunciar, para sacudir, para despertar y Lone Scherfig lo logró. No en vano fue galardonada en esta edición del Festival de Cine de Madrid con el premio Mirada Internacional.

Luis Buñuel; el cine mexicano ganó la guerra civil española.

Natalia Martínez: @NataliaMa2

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La guerra civil en España dejó a un montón de personas deambulando entre dos patrias. Los hijos del exilio, nacidos en tierras americanas, seguimos sintiendo ese lazo sanguíneo que nos une a un país que no quiso vernos nacer sobre su tierra árida. Somos los nietos de esos a los que en México llaman gachupines, porque siguen usando boinas, jugando dominó y ceceando, pero que al pisar España los confunden con mexicanos. Es como tener dos madres, la biológica y la adoptiva. Una les dio la vida, la otra los recibió con los brazos abiertos, les dio un techo, sopa y una cama con cobija.

En febrero de 1939, el México posrevolucionario de Lázaro Cárdenas aceptó acoger a una parte importante de los exiliados de la península ibérica. Se embarcaron a nuestro país los intelectuales, científicos y artistas que no encajaban con los preceptos de Franco. Eran miembros de centros que nacieron de la claridad intelectual y de un insaciable deseo por lograr el progreso social a través de la educación como la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes, el Museo Pedagógico Nacional, entre muchos otras. Una fuga de cerebros que empobreció la vida cultural de la posguerra española y enriqueció en gran medida a Hispanoamérica.

            “Fue a Daniel Cosío Villegas – encargado de negocios de Portugal, a quien antes que nadie, se le ocurrió la idea que México debía acoger a científicos e intelectuales españoles, para que continuaran sus actividades.”

– Antonio Alarotte, académico del Colegio de México.

Se embarcaron hacía el nuevo continente personalidades como el compositor Rodolfo Halffter, la pintora surrealista Remedios Varo, el arquitecto Roberto Fernández Balbuena, el oftalmólogo Manuel Márquez Rodríguez, el historiador Carlos Bosch García, el ingeniero Oscar Buen, el químico Francisco Giral González. México se nutrió con la llegada de filósofos como María Zambrano, poetas como León Félipe, narradores como Francisco Ayala. Y a esta lista le faltan alrededor de 20,000 nombres más de hombres y mujeres que huyeron para después adquirir el apellido de su patria adoptiva. ¡Cuánto nos regaló España! Basta con decir que el mejor director de cine que ha tenido la península ibérica, nuestro querido Luis Buñuel, se naturalizó Mexicano.

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El exilio republicano español en México aconteció entre 1939 y 1942. Hilando cabos, recordemos que debido a la Segunda Guerra Mundial, las enormes industrias cinematográficas de Estados Unidos y Europa cayeron en picada. Esto brindó la oportunidad a países como México de situarse en el pedestal de las producciones audiovisuales. La renombrada Época de Oro del Cine Mexicano comprendió entre los años 1936 y 1959, este periodo benefició el surgimiento de grandes directores y actores que ahora son íconos de talla global.

Luis Buñuel pisó el ombligo de la luna en 1940, en plena Época de Oro del cine nacional. El padre del surrealismo cinematográfico trabajaba en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, cuando se quedó sin empleo debido a las fuertes declaraciones de uno de sus amigos más cercanos: Salvador Dalí. En la autobiografía La vida secreta de Salvador Dalí, el catalán describe a Buñuel como un ateo de izquierdas, un hombre cuya presencia era peligrosa para una institución como en la que laboraba.

“Tengo ganas de hacer una película que vaya en contra del gusto de todos, a contracorriente de todas las ideologías. Sí. Una película en contra de los comunistas, de los socialistas, de los católicos, de los liberales, de los fascistas. Pero yo no entiendo de política.  Una película en la que quedara patente mi nihilismo. Una película en contra de Cristo, de Buda, de Siva…” – Luis Buñuel

Sin planes ni un ingreso estable, el cineasta se reunió con Denise Tual. Ella tenía un proyecto en París e invitó a Buñuel a participar. Para ir a la capital francesa había que pasar por México: así fue como este cineasta se topó con un mundo raro del que se enamoró, al que decidió adoptar como su nueva patria. Unos días después ya estaba por comenzar a dirigir el primero de los muchos filmes que haría en tierra mexicana.

Buñuel describía a México como un país surreal, tal vez fue eso lo que lo convenció a quedarse. Comenzó, entonces, el recorrido del controversial creador de Un perro andaluz (1929)empezando por su fallida cinta Gran Casino (1946) hasta Simón del desierto (1964).

Comentemos, pues, algunos de estos filmes. Recordemos que a lo largo de su trayectoria, Buñuel se caracteriza por historias que parten de la crítica social, burlándose constantemente de las prácticas y creencias de la burguesía. Busca remover de los ojos de su público la venda de los preceptos sociales. Nos y se burla de ese mexicano adinerado que predica la caridad cristiana pero se siente cómodo con la discrepancia social, con el vivir rodeado de personas en pobreza.

Los olvidados (1950)

La cinta nos muestra a Jaibo, un joven que recién salido de la correccional mata a Julián, su delator. Vemos esa miseria desesperanzada que convive de la mano con la abundancia en las grandes orbes como la Ciudad de México. Los protagonistas, niños delincuentes, viven en un clima de delincuencia casi natural. Nos muestra la criminalidad juvenil de manera sobria, realista, comprendiéndola desde un contexto social poco incluyente, repleto de disparidades.

“Los gallos o las gallinas forman parte de muchas visiones que tengo, a veces compulsivas. Es inexplicable, pero el gallo y la gallina son para mi seres de pesadilla.” – Luis Buñuel.

Él (1952)

Trata de un hombre rico, católico y piadoso, que consigue contraer matrimonio con Gloria, la novia de su amigo. Contando con la exquisita fotografía de Figueroa, el filme narra la historia de un matrimonio caótico. Vemos a un hombre que parecía ser calmado y refinado, pero que se ve inundado por unos celos que lo llevan a tocar los síntomas de la psicosis, de la esquizofrenia. Un filme repleto de metáforas surrealistas.

Narazín (1958)

Buñuel fue quien dijo “Soy ateo, gracias a Dios”, pero eso no le impidió comprender la importancia de la espiritualidad humana, ponerse en los zapatos del creyente mexicano y llevarlo con maestría a la gran pantalla. El filme, adaptación la novela homónima de Benito Pérez Galdós, cuenta la historia de un sacerdote que tras dar cobijo a una prostituta perseguida por la ley, se ve obligado a marcharse de su pueblo.

“Yo no creo en el progreso social. Solo puedo creer en unos pocos individuos excepcionales de buena fe aunque fracasen, como Nazarín.”

– Luis Buñuel.

El ángel exterminador (1962)

Un grupo de burgueses se reúnen para cenar en una elegante mansión. La fiesta termina y por alguna razón fuera del entendimiento del espectador, los asistentes no logran marcharse. Buñuel, con esta historia, mezcla perfectamente el surrealismo con la denuncia social. Hay humor negro, absurdo y un montón de personas encerradas en un enorme comedor opulento, gente aborregada por las pautas de conducta de las altas esferas. ¿Una cárcel mental?

Fue así como la cinematografía de nuestro país se vio triunfante debido a la recepción de inmigrantes que, agradecidos con tener un lugar al que llamar su patria, nos dejaron riquezas culturales y artísticas sin precedentes.

***

Luis Buñuel, a pesar de haber producido sus últimas obras en Francia, nunca se mudó definitivamente de su casa en la colonia del Valle de la Ciudad de México, a la que llamó hogar hasta el día de su muerte. El padre del surrealismo cinematográfico fue mexicano, como lo son los miles de refugiados que ahora se pasean sobre este suelo con el rostro arrugado y con bastón en mano. Son grandes, como lo fue Buñuel y como fue toda la gente que los recibió con los brazos abiertos.

“Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba.”

– Luis Buñuel

¡Qué bueno sería que se le cumpliera ese deseo a Buñuel! Porque seguro se sorprendería al toparse con los cinéfilos mexicanos que aún lo admiran y enaltecen su legado, sus imágenes imperecederos, sus historias inolvidables. Se encontraría con un pueblo que se enorgullece de llamarlo su paisano.

Desde allá: el fin justifica los medios con Lorenzo Vigas

David Azar: @DavidAzar93

Desde allá 1

Como bien ya había mencionado anteriormente, los frutos de Lucía Films se lucieron en la edición 13 del Festival Internacional de Cine de Morelia, y una de sus producciones en particular llamó mucho mi atención. Se trata de la ganadora del León de oro de este año en Venecia: Desde allá (2015) del venezolano Lorenzo Vigas. Se trata de una coproducción entre México y Venezuela en donde Gabriel Ripstein, Guillermo Arriaga y Michel Franco ejercieron de productores por el lado mexicano, y Vigas, Rodolfo Cova y el actor Edgar Ramírez por el venezolano.

La cinta cuenta con los elementos anatómicos típicos de las producciones de Franco: planos sostenidos por mucho tiempo; diálogo seco, golpeado y preciso; travellings por la espalda; y la explosión narrativa al final que libera la tensión que carga toda la cinta a lo largo de su metraje. En mi opinión personal, Vigas maneja mejor tanto la cuestión técnica como la narrativa que el resto de los directores en la cantera de Lucía Films; encuentro en él a un realizador más maduro y con un estilo sobrio que sobresale por encima de sus colegas, incluso cuando incursiona apenas al largometraje con la película en cuestión.

Desde allá es un engaño elegante desde el principio. Se nos pinta de thriller pasional para luego jugar con nuestras percepciones. El personaje de Armando (interpretado por un magnífico Alfredo Castro) representa el arquetipo del minucioso, maquiavélico y determinado a fin de extirpar una espina de la vida. Por medio de rutinas cotidianas y convencionales y prácticas fetichistas e indiscernibles, nos cuesta mucho trabajo definir su personalidad, y esto lo convierte interesante hasta el último momento. El contraste entre Armando y Elder (caracterizado por un joven y talentoso Luis Silva) es brillante; Vigas explora la frontera de las personas en muchos aspectos, desde algo tan imprescindible como la edad hasta conceptos más complejos como el estatus socioeconómico y el entendimiento de la estructura familiar y el patrimonio que ésta representa.

El estudio psicológico de estos dos personajes se concentra en el enfoque humano, sobre todo en el caso de Elder. La relación entre ambos personajes desnuda poco a poco los traumas, temores, deseos y culpas de ambos, pero Elder es el que cuenta con la debilidad emocional más fuerte de los dos, y la manipulación juega un rol importantísimo en la trama. Prefiero no extenderme en este ámbito, pues puede que amortigüe la sorpresa que Vigas tiene preparada para ustedes, de la que puedo presumir que gocé mucho. El final de la película es impactante.

Hay cuestiones inconclusas que el director plantea y nunca termina de explorar, pero que curiosamente no resulta necesario el revelarlas. Por ejemplo, el significado del padre de Armando en sus traumas. Este detalle de la película nos puede llegar a carcomer la curiosidad y muchos dirían que Vigas no supo atar bien sus cabos; yo, más bien, me voy por la idea de una estrategia narrativa que resulta eficaz en el campo del thriller, y que, para ser el primer largometraje del director venezolano, lo ejecutó de manera excelsa.

Quiero concluir con una amplia recomendación de la película que, hago notarles, no es un thriller que todos pudiéramos disfrutar en su totalidad, pero los que lo hagamos lo apreciaremos mucho, entre tantas otras cosas, por su original acercamiento a uno de los temas que siguen siendo tabú incluso en el séptimo arte: la homosexualidad. Desde allá representa una fresca mirada al thriller latinoamericano y también es evidencia de la expansión territorial de Lucía Films.

The Lobster: Una mirada peculiar al amor desde Lanthimos

David Azar: @DavidAzar93

The Lobster 1

Cuando un director de habla no inglesa incursiona por primera vez en la palestra del idioma anglosajón, es muy curioso ver como traspasa el mismo universo que lo define a este otro del registro internacional. Este año, entre muchos otros realizadores, Yorgos Lanthimos hizo ese gran salto con su nueva película The Lobster (2015). Este director griego ya se había hecho de una fama mundial concisa, primero con Dogtooth (2009), parte aguas acreedor del premio Un Certain Regard y de una nominación al Óscar como Mejor película extranjera, y Alps (2011), menos impactante que la anterior pero con el mismo reflector en el circuito internacional.

Lanthimos, con tan sólo esas dos películas en su filmografía, había ya conseguido construirse una firma que lo identificara; su sello artístico se basa en la crítica social a través de la sátira y humor negro, y técnicamente podemos apreciar uno que otro plano que rompe la armonía de las reglas del encuadre. Sus personajes siempre son muy decididos y firmes, hasta llegar al punto del quiebre emocional, del escape de la frustración y el punto crítico. Lanthimos cuenta con una voz original que está dejando mucho de qué hablar, y esto hizo que las expectativas de su proyecto en inglés aumentaran exponencialmente.

Si se trata de conservar su estilo de rascar la sátira social para hacer visible una herida, puedo decirles que Yorgos Lanthimos sigue de pie y mejor que nunca. The Lobster logra la concientización a través de lo absurdo y un humor más negro que en las películas que lo preceden. El realizador centra en su nueva obra las exigencias de la sociedad sobre la búsqueda de pareja en el individuo, explorando tanto la presión que la misma sociedad ejerce sobre la persona como el estrés y temor del presionado. Lanthimos nos presenta a estos personajes sartrianos que buscan, bajo las expectativas de la gente, la simetría como núcleo de la relación amorosa. El filosofo existencialista por excelencia Jean Paul Sartre decía que el ser humano busca que sus gustos e intereses se reflejen en la persona que ama para complementar su sentimiento de identidad, sin saber que lo único que logra es engañarse a sí mismo y esto se convierte en el error base de cualquier relación; este concepto filosófico se conoce como “mala fe” y es el mismo que Lanthimos aplica en los personajes de este universo. Si algo resalta en la nueva cinta de Lanthimos es el acertado uso de la metáfora como columna vertebral; por medio de situaciones absurdas y violentas, nos damos cuenta de que la idea que se plantea es realmente como en la vida real; la sociedad es la máxima regidora de muchas de nuestras decisiones y desesperaciones, y la película lo plasma de manera muy divertida.

Todo es deleite hasta llegar alrededor de la tercera parte del filme, donde el ritmo se le resbala un poco de las manos a Lanthimos y nos vemos dando vueltas con el conflicto principal de David, el protagonista (interpretado por un Collin Farrel apto para el universo lanthimosiano). Sin embargo, la forma en que el director decide concluir la película es, pienso yo, la más acertada teniendo en cuenta el concepto de toda la obra. Lanthimos nos abandona al borde de una decisión crucial que David debe tomar para definir su persona, haciendo del cierre un final abierto que nos reta e invita a reflexionar con un “¿y tú qué harías?, ¿tú te atreverías?”. No conocemos la decisión de David, nunca lo haremos y tendremos que vivir con eso. Aunque, realmente, es irrelevante lo que él decida en este dilema. Lo importante para Lanthimos es plantarnos a nosotros, la gente real, el mismo dilema y dejarnos ir de la sala reflexionando acerca de cómo nosotros tomamos nuestras decisiones. The Lobster nos divierte, critica, reta y, más importante, concientiza. Es por esto mismo que el cine de Yorgos Lanthimos es uno que vale la pena tener en el radar.

Crimson Peak; la cumbre del romanticismo en el cine de Guillermo Del Toro

David Azar: @DavidAzar93

Crimson 3

Esta majestuosa del terror gótico y esencia victoriana marca un salto olímpico entre la pasada cinta de Del Toro, Pacific Rim (2013), pero al mismo tiempo representa un regreso estilístico del director mexicano que ha plasmado ya en otras películas como El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006): lo fantasmagórico.

A pesar de su reparto de grandes ligas, donde figuran Tom Hiddleston, Mia Wasikowska y Jessica Chastain, y el excelso trabajo en sus decorados y dirección de arte, Crimson Peak cuenta con cerca de la tercera parte del presupuesto del homenaje kaiju que Del Toro vislumbró hace dos años. Y sí, visualmente es exquisita y bien aterrizada, pero otro elemento que resalta en esta historia de fantasmas es la elaboración psicológica de sus personajes, teniendo en cuenta la base del romanticismo gótico en la que Del Toro trabaja.

La película es romántica, desde los personajes hasta las tragedias, y debe ser tomada por lo mismo para poder ser apreciada como una cinta de terror. En este sentido, no es una película de terror para todos. El guión hace justicia en lo que al romanticismo respecta, revelando meticulosamente los puntos clave con una construcción de trama muy rítmica, que también hace mancuerna con diálogos que en su momento parecen carecer de importancia, pero conforme se aprietan los nudos de la historia es conveniente regresar a ellos. Para esta característica creativa se necesitó de Matthew Robins, con quien Del Toro comparte el crédito de guionista. Robbins es un veterano del guión cinematográfico, responsable de cintas como The Sugarland Express (1974) y Close Encounters of the Third Kind (1977) de Steven Spielberg, y no es novedosa su colaboración con el cineasta mexicano; ya han hecho mancuerna previamente con Mimic (1997) y más recientemente con Don’t Be Afraid of the Dark (2010), dirigida por Troy Nixey y producida por Del Toro.

Una vez más, el cineasta nos da una cátedra de Historia, específicamente sobre el desarrollo tecnológico de la revolución industrial, y lo hace con elegancia y sutilidad, jugando con una dinámica muy interesante: los conocimientos científicos para probar la existencia de los fantasmas. Esta amalgama de elementos narrativos le da un toque peculiar a la cinta de Del Toro, donde incluye artefactos como los cilindros de cera, precursores de la grabación de audio, y técnicas fotográficas de la época para el registro de seres del más allá. Muchos fanáticos apreciarán este detalle del director.

Las aportaciones de Thomas Sanders y Kate Hawley en el diseño de producción y vestuario, respectivamente, son de altísimo valor narrativo; te transportan a las locaciones lúgubres y frías, y sientes la historia llena de vida en todo momento. Me atrevería a decir, como dijo Edith (Wasikowska) en una de las escenas, que Crimson Peak no es una historia de fantasmas, sino una historia con fantasmas. La película trasciende en tantos otros temas como el amor y el perdón, haciendo del terror tan sólo la forma y no el contenido. Podría confesar que, junto con El laberinto del fauno, se trata de la película más humana de Del Toro.

Perdidos: el ‘found footage’ en el cine mexicano

David Azar: @DavidAzar93

Perdidos 3

El festival de cine de género Macabro FICH 2015 trajo consigo una propuesta muy fresca y revitalizadora para el cine de terror mexicano: Perdidos (2015), una película de Diego Cohen.

El filme se categoriza en el found footage, subgénero que vio la luz del día con la cinta que algunos consideran un bodrio y otros una joya del cine de terror y del cine independiente en general: The Blair Witch Project (1999). El found footage apuesta por un enfoque tipo realista que invita al espectador a un recorrido vertiginoso, casi tangible, contado a través de una narración en primera persona tipo documentalista, sin dejar de ser ficción. Las películas found footage juegan con la premisa del espeluznante material que ha sido encontrado en una cámara de video amateur extraviada. Algunos ejemplos del subgénero son la caótica épica de Matt Reeves Cloverfield (2008) y la exitosa saga de terror Paranormal Activity (2007-2015), de la cual la primera entrega recaudó más de siete mil veces su austero presupuesto. Si a la información anterior agregamos la escasa producción de cine de género en México, podemos entonces decir que Perdidos es, si acaso no un triunfo, una hazaña para la innovación cinematográfica del país.

Cohen nos cuenta la historia de cuatro estudiantes de cine que se reúnen para filmar un cortometraje documental acerca de unos baños olvidados en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Nunca se ha registrado material de este establecimiento que supuestamente está embrujado, y los protagonistas pretenden hacerla de caza fantasmas (incluyendo chistes locales de esta película) para realizar una tesis única. El realizador nos notifica acerca de los hechos ocurridos en torno a la parte paranormal de la película justo al inicio, a manera de prólogo, adjuntando una grabación de audio que nos pone prepara mentalmente para lo que veremos a lo largo de sus 93 minutos de duración. Lo siguiente es la aventura de estos estudiantes, con actuaciones precisas, diálogos pertinentes y naturales, y un ritmo muy eficiente y acorde a la premisa a desarrollar; a mi parecer, los atributos más fuertes de Cohen. No todo apunta a una experiencia inmaculada, pues las vacas flacas del director se manifiestan en la repetición de algunos elementos que pretenden espantar a su audiencia y en una aceleración desmesurada en su tercer acto.

¿Qué puedo concluir de Perdidos? Que es una propuesta con todas las de valer la pena por su valor fuera de lo convencional y por su frescura para el cine mexicano de terror contemporáneo, una propuesta percibida por el ojo de un artista que parece que brinda hasta el último gramo de su entusiasmo para brindarnos un espectáculo aterrador. No solo espero, sino también supongo que Diego Cohen mejorará de proyecto en proyecto. Por el momento les invito a ver Perdidos, que tendrá su estreno comercial en algún momento del 2016, nos comenta el joven director, además de la confidente noticia de estar trabajando ya en la secuela.