You’re Next: un delicioso licuado de ‘slasher’, ‘gore’ y ‘home invasion’

Jorge Durán: @JEDZ1138

youre next 1.jpg

Lo que comienza como una reunión familiar en una remota casa de campo para la familia Davison terminará en una cacería sangrienta donde no todo es lo que parece. El sub-género de “home invasion” ha demostrado ser un terreno fértil para muchos seguidores del horror y You’re Next (2011) es el exponente ideal para ejemplificar el trabajo de una nueva generación de cineastas.

You’re Next (2011) es dirigida por Adam Wingard y escrita por Simon Barret, una mancuerna que ha demostrado ser capaz de sostener un balance con diferentes proyectos a lo largo de su carrera, equilibrando horror, acción, humor torcido y una estética visual llena de energía. Conocidos por largometrajes como The Guest (2014) y por participaciones en cintas de antología como V/H/S (2012) y The ABCs of Death (2012), Wingard y Barret pertenecen a una nueva ola de realizadores como Ti West (quien coincidentemente actúa en esta cinta), Michael Dougherty (director de Trick r’ Treat), Fede Alvarez y E.L. Katz que han encontrado diferentes maneras de inyectar energía a un aclamado género.

Wingard y Barret toman el concepto del juego de “el gato y el ratón” y modifican las reglas para llevar a la audiencia en un viaje cuyo destino final podría parecer predecible, pero logran manipular ingeniosamente el desarrollo de la historia y de los personajes para otorgar un giro inesperado lleno de tensión. Es difícil hablar del personaje principal sin entrar en terreno de spoilers, pero basta decir que, en esta historia, una presa fácil es la trampa más segura.

A pesar de no haber recibido una distribución formal hasta 2 años después de su adquisición por Lionsgate en el Festival de Toronto en 2011, You’re Next mantuvo una fuerte recepción por parte de la audiencia y la crítica. Uno de los aspectos mas característicos de esta cinta es la capacidad de revitalizar un género y honrarlo al mismo tiempo. La banda sonora, por ejemplo, es un homenaje directo a las películas de John Carpenter de la década de los 80’s (una característica que Wingard y Barret mantendrían para su siguiente proyecto, The Guest).

Es por todo lo anterior que You’re Next es una buena alternativa para aquellos dispuestos a explorar una faceta nueva dentro del horror. A continuación, les compartimos el tema de Erin, parte de la música original de la película:

Terror: La filosofía detrás del miedo ¿Qué es lo que hace del misterio un placer irresistible?

Natalia Martínez: @NataliaMa2

Terror 6
Poltergeist (1982) de Tobe Hooper.

Una de cada tres personas, disfruta de pasar dos horas sentado en un sofá o una butaca, en la oscuridad, viendo un filme en donde el protagonista corre atemorizado por estrechos callejones siendo perseguido por un ser de aspecto inhumano, abominable, que, con un enorme cuchillo, anhela cortar por la mitad a nuestro tan querido personaje principal. ¡Sí, hay personas que se regocijan al ver asesinos llevar a cabo su sanguinaria cadena de crímenes! Gente que ama la tortura, que desea ver explosiones de órganos en pantalla. Las casas embrujadas, los fantasmas. La adrenalina que viene acompañada de sudoración, sentir el corazón a mil por hora. La paranoia que nos hace mirar atrás, porque sentimos que alguien nos observa, que alguien respira detrás de nuestro oído.

Este género cinematográfico tiene como única ambición la de posicionar al espectador al borde del ataque de pánico. Una buena película de terror debe sumergir a su público en su mundo, no importa qué tan inverosímil sea. Nos debe hacer querer huir, saltar sobre el asiento, cerrar los ojos, desesperarnos, jalarnos los pelos. Vivir a través del personaje esa situación que de pronto comienza a tornarse misteriosa e inaudita. Al situarnos en los zapatos de los personajes de la película e imaginar todas aquellas anomalías ocurriéndonos en carne propia, es normal que sudemos, chillemos y no queramos ver más. Sin embargo, hay algo que nos hace seguir ahí, que impide que nos levantemos y salgamos de la sala o que optemos por apagar la televisión o cambiar de canal.

     “A la gente le gusta tener miedo, cuando se sienten seguros”. Alfred Hitchcock.

¿Por qué? Somos tan raros: encontramos un bizarro placer en el temor, en el misterio, en los actos de violencia. ¿Masoquismo? ¿Depravación? ¿Qué es ese factor humano que hace de películas como Saw (2004) o Poltergeist (1982) hitos de la cultura popular? ¿Qué hace que tantos se interesen por el Gore? ¿Serán las reacciones fisiológicas tan intensas que éstas nos contagian? ¿La necesidad de excitación física o emocional, de conmociones contrastantes? ¿Será el aburrimiento o el tedio de una vida rutinaria y precaria de exaltaciones? ¿Será por su poder catártico? ¿El que nos haga revivir traumas del pasado? Es probable que sean todas estas razones las que eviten que la lamparilla del terror se mitigue.

Alfred In The Arches
Alfred Hitchcock (Foto de Peter Dunne)

No obstante, entre las miles de justificaciones psicológicas y físicas que le podemos dar a esta fascinación tan quirky de la sociedad actual por lo sangriento y desagradable, existe una que, a mi parecer, es la más atinada. El cine de terror tiene un enorme poder catalizador: es la manera moralmente abordable de darle rienda suelta a nuestros instintos más agresivos, violentos o descabellados. El cineasta busca hacer sufrir, el público busca sufrir.

Según Friedrich Nietzsche, así como nos lo explicaron alguna vez en primaria, cada persona tiene, sentado en el hombro derecho, un angelito que lo guía por el mundo de la luz y la justicia, llamémoslo como el dios griego de la rectitud: Apolo. Tenemos también, cada uno de nosotros, un diablito que se acomoda sobre el hombro izquierdo y nos incita a la violencia, a la oscuridad. A éste pongámosle como al dios griego Dionisio, la deidad del desenfreno y las pasiones carnales. Así que dentro de cada ser humano coexiste un lado apolíneo y otro dionisiaco que se encuentran en constante conflicto.

El ser humano, consciente de esa naturaleza bélica, pasional y violenta, intenta ocultar lo dionisiaco, creando un sinfín de legalidades sociales, morales y religiosas. Apolo debía aplastar al dios del “mal”, de no ser así, acabaríamos matándonos. Preferible decir que debemos amarnos los unos a los otros, que matarnos los unos a los otros. Como bien dijo Thomas Hobbes en Leviathán “El hombre es el lobo del hombre”. Así que para lograr convivir en armonía colectiva hay que ceder nuestra voluntad a un grupo que nos indique cómo es que hay que vivir, qué es lo que tenemos que hacer.

“Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura”. Edgar Allan Poe

El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, basándose en la dualidad del ser humano presentada por Nietzsche, escribe en 1930 una de sus principales obras, El malestar en la cultura. Nos explica cómo la cultura para lograr realizarse debe, reglamentariamente, sofocar nuestros instintos primitivos. Para Freud la cultura vive en perpetuo malestar, ya que funciona solo a través de la represión. ¿Darle rienda suelta a ese lado dionisiaco? ¡No, no! Tú se apolíneo, trabaja, estudia, ríe con amigos y pórtate bien. ¡Ama, se gentil! Pero ¿funciona erradicar nuestros instintos? ¿Qué es el Ying sin el Yang? Imaginen una vida sin la pierna izquierda. “El hombre de la cultura es un neurótico” – Freud. Esa cultura, esa vida en sociedad, no hace más que amputar una parte inherente de nuestra naturaleza y es por esto que cada vez hay más dementes.

“Como especie, somos esencialmente dementes. Si juntas a más de dos en un cuarto, elegimos un bando y empezamos a soñar motivos para matarnos. ¿Por qué crees que inventamos la política y la religión?”. Stephen King

Terror 7
Shutter Island (2010) de Martin Scorsese.

Nietzsche admira a las sociedades antiguas, porque en ellos aun no existía el sentido de culpa. No se avergonzaban de sus inclinaciones carnales. No rechazaban la crueldad. Para el ser humano moderno el sufrimiento es un impedimento a la vida, para sociedades antiguas hacer sufrir era algo imprescindible, fuente de alegría, un ingrediente humano. Hoy, lo dionisiaco de cara a la sociedad, da pena, temor, culpa, vergüenza: es ese lado aplastado de cada uno de nosotros, que de vez en cuando susurra algo, nos da alguna idea desagradable, nos tienta.

“Saber que vamos a morir lo cambia todo. Sientes las cosas de un modo diferente y las hueles muy distintas. Sin embargo la gente no aprecia el valor de sus vidas. Siguen bebiendo un vaso de agua, pero no la saborean”. Saw (2004)

El cine de terror es uno de los poquísimos cultos a lo dionisíaco que son moralmente aceptados en la sociedad. Detrás de esa pantalla color escarlata, el espectador se entrega al mundo de lo instintivo, de la violencia, el sufrimiento. Pierde la centralidad del Yo. Aplasta la razón de un mundo esquematizado y controlado en donde todo el tiempo se te dice lo que se debe y no se debe hacer.

Como lo sugerí anteriormente, para que una película de terror impresione, funcione como catalizador y, por ende, logre su cometido, es necesario introducir al espectador en el universo que ésta relata, ponerlo en los zapatos del personaje, construir una trama que transforme lo ficticio en algo viable. Es aquí que se complica un poco la cosa.

Afortunadamente, como dijo Kubrick, “si puede ser escrito o pensado, puede ser filmado”. Todo está en la creatividad y en el buen uso de los elementos que nos provee el séptimo arte. ¿Qué sería de Shutter Island (2010), el filme de Scorsese, sin su estridente banda sonora? ¿The Shining (1980) sin Jack Nicholson como el demente de cejas alzadas que intenta matar a su esposa con un hacha? ¿Quién más pudo haber dicho la emblemática frase Here’s Johnny asomándose por una puerta rajada? ¿Causaría tanto asco Sheitan (2006), de Kim Chapiron, sin esa selección de imágenes tan brutales?

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”. H.P. Lovecraft

Terror 5
The Exorcist (1973) de William Friedkin.

El montaje –como bien explicó Hitchcock– tiene que ir develando la atmósfera poco a poco para sumergir al espectador en un mundo terrorífico pero veraz. William Friedkin, en El Exorcista (1973), nos muestra a una madre afligida que cree que algo extraño le sucede a su niña. El padre Merrin sube las escaleras lentamente mientras se escuchan ruidos en la habitación de ella. Otro ejemplo sería el de Spieldberg con Jaws (1975), en una de las primeras escenas de la película, cuando Chrissie se mete a nadar: la pasa bien, sonríe. De pronto algo la sumerge. Ella lucha, intenta tomar aire. Chrissie sacude los brazos mientras algo la mueve por debajo. ¿Qué hay ahí? El ritmo de la música aumenta, se vuelve más audible, más violenta. Más gritos, más llantos, más llamadas de auxilio. De pronto, silencio: atributo esencial de la muerte.

Son pocos los filmes de este género que realmente logran impresionar lo suficiente, ser verdaderas odas a esa parte malévola y sanguinaria que viene adherida a nuestra naturaleza humana. Pero si lo consiguen, se convierten en sellos inamovibles del imaginario popular. El género que, gracias a su capacidad de impresionar, se vuelve inmortal y perpetuo en la mente de su afligido público.

“Los monstruos son reales, y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan”. Stephen King

La existencia de creaciones como las de Friedrich Willhelm Marnau, director de Nosferatu (1931), Hitchcock, el maestro del suspenso, o James Wan, creador de la nueva y escalofriante The Conjuring (2013), recalca la existencia de ese lado oscuro y prohibido en el ser humano. El cineasta o escritor de lo sombrío desea, por sobre todas las cosas, hacer sufrir a su espectador. El espectador busca el sufrimiento o la emoción que le es arrebatada por las reglas morales. Es así cómo el cine de terror se convierte en una oda al lado dionisiaco del ser humano, a esa parte que subsiste ignorada, ese lado oculto al que no le permitimos salir a la luz, pero que vive, obligado a vagar entre los rincones más sombríos de nuestro cerebro. Nuestros deseos carnales, nuestras obsesiones. Esa parte muy nuestra que nos avergüenza tanto, a la que le encantaría tener dos colmillos afilados para clavar en la yugular de quien sea que tengamos a un lado.

Crimson Peak; la cumbre del romanticismo en el cine de Guillermo Del Toro

David Azar: @DavidAzar93

Crimson 3

Esta majestuosa del terror gótico y esencia victoriana marca un salto olímpico entre la pasada cinta de Del Toro, Pacific Rim (2013), pero al mismo tiempo representa un regreso estilístico del director mexicano que ha plasmado ya en otras películas como El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006): lo fantasmagórico.

A pesar de su reparto de grandes ligas, donde figuran Tom Hiddleston, Mia Wasikowska y Jessica Chastain, y el excelso trabajo en sus decorados y dirección de arte, Crimson Peak cuenta con cerca de la tercera parte del presupuesto del homenaje kaiju que Del Toro vislumbró hace dos años. Y sí, visualmente es exquisita y bien aterrizada, pero otro elemento que resalta en esta historia de fantasmas es la elaboración psicológica de sus personajes, teniendo en cuenta la base del romanticismo gótico en la que Del Toro trabaja.

La película es romántica, desde los personajes hasta las tragedias, y debe ser tomada por lo mismo para poder ser apreciada como una cinta de terror. En este sentido, no es una película de terror para todos. El guión hace justicia en lo que al romanticismo respecta, revelando meticulosamente los puntos clave con una construcción de trama muy rítmica, que también hace mancuerna con diálogos que en su momento parecen carecer de importancia, pero conforme se aprietan los nudos de la historia es conveniente regresar a ellos. Para esta característica creativa se necesitó de Matthew Robins, con quien Del Toro comparte el crédito de guionista. Robbins es un veterano del guión cinematográfico, responsable de cintas como The Sugarland Express (1974) y Close Encounters of the Third Kind (1977) de Steven Spielberg, y no es novedosa su colaboración con el cineasta mexicano; ya han hecho mancuerna previamente con Mimic (1997) y más recientemente con Don’t Be Afraid of the Dark (2010), dirigida por Troy Nixey y producida por Del Toro.

Una vez más, el cineasta nos da una cátedra de Historia, específicamente sobre el desarrollo tecnológico de la revolución industrial, y lo hace con elegancia y sutilidad, jugando con una dinámica muy interesante: los conocimientos científicos para probar la existencia de los fantasmas. Esta amalgama de elementos narrativos le da un toque peculiar a la cinta de Del Toro, donde incluye artefactos como los cilindros de cera, precursores de la grabación de audio, y técnicas fotográficas de la época para el registro de seres del más allá. Muchos fanáticos apreciarán este detalle del director.

Las aportaciones de Thomas Sanders y Kate Hawley en el diseño de producción y vestuario, respectivamente, son de altísimo valor narrativo; te transportan a las locaciones lúgubres y frías, y sientes la historia llena de vida en todo momento. Me atrevería a decir, como dijo Edith (Wasikowska) en una de las escenas, que Crimson Peak no es una historia de fantasmas, sino una historia con fantasmas. La película trasciende en tantos otros temas como el amor y el perdón, haciendo del terror tan sólo la forma y no el contenido. Podría confesar que, junto con El laberinto del fauno, se trata de la película más humana de Del Toro.

Perdidos: el ‘found footage’ en el cine mexicano

David Azar: @DavidAzar93

Perdidos 3

El festival de cine de género Macabro FICH 2015 trajo consigo una propuesta muy fresca y revitalizadora para el cine de terror mexicano: Perdidos (2015), una película de Diego Cohen.

El filme se categoriza en el found footage, subgénero que vio la luz del día con la cinta que algunos consideran un bodrio y otros una joya del cine de terror y del cine independiente en general: The Blair Witch Project (1999). El found footage apuesta por un enfoque tipo realista que invita al espectador a un recorrido vertiginoso, casi tangible, contado a través de una narración en primera persona tipo documentalista, sin dejar de ser ficción. Las películas found footage juegan con la premisa del espeluznante material que ha sido encontrado en una cámara de video amateur extraviada. Algunos ejemplos del subgénero son la caótica épica de Matt Reeves Cloverfield (2008) y la exitosa saga de terror Paranormal Activity (2007-2015), de la cual la primera entrega recaudó más de siete mil veces su austero presupuesto. Si a la información anterior agregamos la escasa producción de cine de género en México, podemos entonces decir que Perdidos es, si acaso no un triunfo, una hazaña para la innovación cinematográfica del país.

Cohen nos cuenta la historia de cuatro estudiantes de cine que se reúnen para filmar un cortometraje documental acerca de unos baños olvidados en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Nunca se ha registrado material de este establecimiento que supuestamente está embrujado, y los protagonistas pretenden hacerla de caza fantasmas (incluyendo chistes locales de esta película) para realizar una tesis única. El realizador nos notifica acerca de los hechos ocurridos en torno a la parte paranormal de la película justo al inicio, a manera de prólogo, adjuntando una grabación de audio que nos pone prepara mentalmente para lo que veremos a lo largo de sus 93 minutos de duración. Lo siguiente es la aventura de estos estudiantes, con actuaciones precisas, diálogos pertinentes y naturales, y un ritmo muy eficiente y acorde a la premisa a desarrollar; a mi parecer, los atributos más fuertes de Cohen. No todo apunta a una experiencia inmaculada, pues las vacas flacas del director se manifiestan en la repetición de algunos elementos que pretenden espantar a su audiencia y en una aceleración desmesurada en su tercer acto.

¿Qué puedo concluir de Perdidos? Que es una propuesta con todas las de valer la pena por su valor fuera de lo convencional y por su frescura para el cine mexicano de terror contemporáneo, una propuesta percibida por el ojo de un artista que parece que brinda hasta el último gramo de su entusiasmo para brindarnos un espectáculo aterrador. No solo espero, sino también supongo que Diego Cohen mejorará de proyecto en proyecto. Por el momento les invito a ver Perdidos, que tendrá su estreno comercial en algún momento del 2016, nos comenta el joven director, además de la confidente noticia de estar trabajando ya en la secuela.