Cementerio de esplendor: Lo onírico desde Weerasethakul

David Azar: @DavidAzar93

Cemetery of Splendour 2

Cuando se trata llevar el cine contemplativo a un plano místico y metafísico, nadie lo hace mejor que Apichatpong Weerasethakul, ganador de la Palma de oro por Uncle Boonme Who Can Recall His Past Lives (2010).

Con Cemetery of Splendour (2015), el realizador tailandés explora un mundo onírico, ligado siempre al misticismo que tanto lo caracteriza. La historia sigue a Jenjira, una voluntaria en un hospital de soldados improvisado dentro de una escuela primaria. El terreno de la escuela estaba siendo excavado por los soldados hasta que, por alguna extraña razón, uno a uno fueron cayendo dormidos por una especie de condición de narcolepsia. Jenjira visita a Itt, un soldado muy apuesto quien no tiene familiares que lo visite. A través de una serie de apariciones sobrenaturales y de Keng, otra voluntaria con poderes de médium, Jenjira va descubriendo el porqué de la extraña condición narcoléptica de los soldados, y se va sumergiendo en un viaje de romance y sueños donde poco a poco se borra la línea divisoria entre estos.

Uno tiene que adentrarse, o por lo menos interesarse en la cultura y mitología tailandesa y laosiana para poder atrapar ciertas referencias culturales y apreciar la película más de cerca. La firma del director sigue vigente: el ritmo es contemplativo, a base de planos sostenidos y largos, dialogo escaso y muy, pero muy meditabundo.

El cine de Weerasethakul es un viaje trascendental y onírico; se necesita paciencia para digerir estas películas, y Cemetery of Splendour sigue siendo evidencia concreta de esta cuestión. No les puedo asegurar que será del agrado de todos, ¿qué película lo es?, pero sí que será muy diferente a cualquier otra cosa que hayan visto.

Carneros; retrato de una hermandad conflictuada

David Azar: @DavidAzar93

Hrutar 3

Mi primera función en el primer día de la edición 13 del Festival Internacional de Cine de Morelia. Bueno, siendo sincero, se trata de mi primera vez en el Festival y en Morelia también, y la cinta que me recibió con los brazos abiertos fue la ganadora del premio Un Certain Regard de este año en el Festival de Cannes: Carneros (Hrútar, 2015), de Grímur Hákonarson.

Mejor bienvenida no pude haber tenido con esta cinta de corte austero e íntimo que, a pesar de sus sencillos escenarios y elementos de producción, trasciende por el mensaje emocional. Un homerun tanto para Hákonarson como para el festival por traerla a las pantallas de la capital michoacana.

La historia sigue a dos granjeros y hermanos que cargan con una enemistad por más de cuarenta años, al grado de no cruzar palabra el uno con el otro y tratan de evitarse lo más que puedan. Como ubicación, la película cuenta con la escena rural islandesa, donde desafortunadamente cohabitan los hermanos con sus respectivos ganados, muy de cerca. Todo en el mundo de los hermanos son sus ovejas; la vida tan formulada y laboral que llevan se concentra plenamente en estos animales que sirven, en el sentido humano, como la compañía más fiel y, en el sentido significativo del filme, como un símbolo muy importante para la resolución del problema que plantea la historia. El realizador no pierde el tiempo con sus intenciones y estrategias narrativas, pues con apenas cinco minutos de metraje presenciamos la rivalidad de los hermanos de la manera más natural y acertada. La semilla se nos planta enseguida, y Hákonarson se encarga de regarla constantemente con tintes humorísticos y otros un tanto nostálgicos.

Hrútar, en sí, es una reflexión de las prioridades que uno mismo impone en su esquema familiar; el egoísmo y la fraternidad sanguínea como amistad privilegiada y trascendental. Hákonarson tiene muy claro el mensaje que quiere transmitir, y lo hace con eficacia y con una simbología poética muy visual. La relación de estos dos hermanos nos parece muy familiar y si a momentos tierna; nos proyectamos todo el tiempo y comprendemos que al final del día el valor de un lazo familiar es lo bastante poderoso para superar cualquier golpe de la vida, o que al menos debería ser así. La puesta en escena de Hrútar triunfa como retrato fiel de la relación entre dos hermanos y seres humanos.